Estaba celebrando la Eucaristía o Cena del Señor y hacía no más de una hora y media que había ido a que su médico lo revisara de los oídos, pues en los últimos días le molestaba un dolor. De ahí pasó a la casa de los sacerdotes jesuitas en Santa Tecla, pues uno de ellos era su confesor; al verlo le dijo: “Vengo, padre, porque quiero estar limpio delante de Dios”. Ya en la misa, era el momento del ofertorio cuando sonó un disparo que le quitó la vida. Eran las 18:25 hrs., de aquél fatídico 24 de marzo de 1980. Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez tenía 62 años y era el Arzobispo de San Salvador.
Esto ocurrió durante los años convulsos que vivía su país, devastado por la violenta lucha fraticida en que se encontraba sumergido este país centroamericano. Como pastor estuvo cada vez más atento a los acontecimientos de su país y de sus fieles, buscó ser siempre fiel al evangelio en un proceso de discernimiento evangélico en comunión con sus sacerdotes y laicos. Eran tiempos llenos de ideologías pero él optó por defender desde el evangelio a los más pobres y desprotegidos, por una defensa de los derechos humanos. El sábado anterior a su muerte se reunió con son su equipo de asesores que había convocado para preparar la homilía del domingo siguiente, sus homilías se habían hecho famosas, pues eran transmitidas por la radio. El tema que ofrecía la liturgia era sobre el mandamiento “no matarás”. El día 19 de ese más le habían entregado una carta firmada por casi cuarenta de sus sacerdotes, donde le pedían que bajara el tono de las denuncias, que las matizara y que hiciera contrapeso con el anuncio de la esperanza. Pero en la misa del domingo anterior a su muerte, pronunció entre otras, estas palabras:
“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: «No matar». Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.
No quiso hacer política partidista como a veces se le ha tachado, no quiso ser comunista, no le puso apellido a la teología (“de la liberación”); quiso simplemente ser fiel a Jesucristo, y como su Maestro llegó al punto en que se fue quedando solo en el camino hacia la cruz. Él acostumbraba cenar a las 18:30 hrs., doce años antes, haciendo una meditación sobre la muerte durante un retiro espiritual, había escrito estas palabras tomadas del libro del Apocalipsis: “Y cenaré con él” (Ap 3, 20). Entre las varias biografías sobre Mons. Romero se encuentra la que su secretario de ese entonces escribió: Oscar A. Romero. Biografía. Ediciones Paulinas 19862, Madrid; para leer en este tiempo de Pascua. Se hizo también una excelente película: Romero, 1989, 105 min., Estados Unidos, Director: John Duigan, Reparto: Raúl Juliá, Richard Jordan, Ana Alicia, Eddie Vélez. Productora: Paulist Pictures
Su proceso de beatificación continúa.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes