Francisco y el exterminio de los Armenios

El 3 de Junio del presente, el Papa Francisco recibió en audiencia a su Beatitud Nersès Bédros XIX Tarmouni, Patriarca de Cilicia de los Armenios católicos y una comitiva que le acompañaba. Cinco días después, el periodista italiano Marco Tosatti escribía en el diario La Stampa que durante la audiencia una persona le comentó al Papa que era descendiente de las víctimas del genocidio que los turcos cometieron contra los armenios a partir, principalmente, de 1915 en adelante, hasta el fin de la primera guerra mundial, en el que muchos afirman murieron más un millón y medio de personas. A esto el Papa habría respondido diciendo que este es “el primer genocidio del siglo XX”. Esta es una cuestión discutida y al respecto varios país e instituciones internacionales, siguiendo las indicaciones de las Resoluciones votadas tanto por la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos del Hombre (1985) como del Parlamento Europeo (noviembre de 2000) se han pronunciado oficialmente reconociendo el genocidio para que Turquía reconozca los hechos, cosa que los turcos niegan. En cuanto al Papa, no es la primera vez que se pronuncia sobre el tema, ya en 2006 siendo Arzobispo de Buenos Aires y con motivo del 91 aniversario del inicio del genocidio lo calificó como “el más grave crimen de la Turquía otomana contra el pueblo armenio y toda la humanidad”.

Según Tosatti, citando al diario turco Hürriyet, Turquía reaccionó “airadamente” ante la declaración del Papa, incluso oficialmente a nivel diplomático.

Durante el verano de 1915 llegaron al Vaticano, al Papa Benedicto XV, noticias de lo que estaba sucediendo en Turquía por obra del Gobierno de los “Jóvenes Turcos”, para que el Papa alzara su voz. El Delegado Apostólico en Estambul, Mons. Angelo Dolci, escribía al Secretario de Estado, Cardenal Pietro Gasparri: “Horrores espeluznantes han sido cometidos por este Gobierno contra los armenios al interior del Imperio. En algunas regiones han sido masacrados, en otras, deportados a lugares desconocidos para que mueran de hambre durante el trayecto [… ]”. En septiembre de ese año el Papa escribía una carta al Sultán Mahoma V, en la cual le pedía tuviera “piedad e interviniera a favor de un pueblo, el cual por la religión misma que profesa, está obligado a mantener una fiel sujeción hacia la persona misma de Vuestra Majestad” (Giovanni Sale, Lo sterminio degli armeni, en La Civiltà Cattolica 2002 I 107-118, p. 114).

La Revista La Civiltà Cattolica (fundada en 1850) de los padres Jesuitas (Bergoglio es Jesuita) denunció todas esas tragedias, sobre todo la de Adana en 1909, pues ellos tenían colegios en la ciudad, en los que unos 4 000 armenios encontraron refugio. Y denunció también la quietud de los países occidentales frente a esta barbarie.

De entre los testimonios documentados sobre el tema se pueden leer cosas como: “En Armenia muchos católicos amarrados uno enfrente de otro fueron precipitados desde una colina situada frente a la ciudad al río que pasaba abajo. Entre ellos estaba también un sacerdote católico, Don Emmanuel Giukunian, y para mayor ignominia, atado a un perro y arrojado así en las aguas para morir ahogado” (p. 117).

“Lo que se espera de la oficina del Papa, con la responsabilidad de la autoridad espiritual que tiene es contribuir a la paz mundial, en lugar de promover la enemistad por los acontecimientos históricos” afirmó el ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Ahmet Davouto Alu en días pasados. Recordar estas cosas dolorosas no es para promover enemistades, es para como decía Juan Pablo II con motivo del Jubileo del año 2000 al reconocer la Iglesia las culpas del pasado, purificar la memoria; aceptar las propias culpas como paso ineludible para la justicia, la paz y la reconciliación.

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

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