En su reciente viaje a Brasil, el Papa Francisco decía casi al final de su mensaje a la comunidad de la favela de Varginha, en donde la pobreza acampa, dirigiéndose especialmente a los jóvenes: “no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar”. Esta invitación a la esperanza y al cambio la han percibido incluso quienes tenían reservas sobre su desempeño, al afirmar por ejemplo que Francisco “con su estilo simple ha provocado que la palabra “cambio” flote entre los cerca de 3 millones de jóvenes que participaron en la jornada mundial de la juventud […] El mensaje del Papa no sólo fue pastoral, sino político: pone sobre la mesa la opción por la justicia social, los derechos humanos que protejan a los excluidos, los pobres y las víctimas del sistema; principalmente los jóvenes y los viejos.” (La Jornada, 32 de Julio 2013. Papa Francisco: después de Brasil, la reforma de la curia).
En 1964 aparecía un libro de uno de los teólogos evangélicos del siglo pasado que más confianza y cercanía ha creado con la iglesia católica, Jürgen Moltman: “Teología de la esperanza”. Esta obra se inscribía en el contexto de los movimientos libertarios existentes dentro y fuera de la Iglesia, de manera especial como diálogo con otro texto ya también clásico de otro alemán: “El principio esperanza”, de Ernst Bloch. Los ensayos de ese texto se “interrogan por el fundamento de la esperanza de la fe cristiana y por la responsabilidad que ésta tiene en el pensar y el obrar profanos”. Ese pensar distinto al del cristianismo tiene muchas expresiones; afirmaba Aristóteles acerca de la esperanza: “es el soñar del hombre despierto”. Por eso para Moltman, la esperanza de los cristianos tiene algo específico: “En la escatología cristiana lo presente y lo futuro, la experiencia y la esperanza entran en mutua contradicción, de tal manera que aquélla no le proporciona al hombre conformidad y armonía con lo dado, sino que lo introduce en el conflicto entre esperanza y experiencia” (Moltman, J; Teología de la esperanza. Ediciones Sígueme, Salamanca 1989, p. 23).
En nuestra patria por cuestiones históricas la teología sigue ausente en la reflexión de muchos intelectuales, y viejos prejuicios siguen pretendiendo ignorar la acción social de la iglesia, sí, de esa que en muchos de sus miembros manifestamos limitaciones y errores, mas no por eso podemos negar aciertos en el pensamiento y la acción. El cristiano está llamado a transformarse continuamente iluminado por la luz del evangelio y a transformar el mundo de forma activa de acuerdo a lo que espera, por eso la esperanza deviene caridad, acción, en todos los ámbitos de la vida, también en la política. Los clérigos de la Iglesia católica, en razón del derecho propio de la Iglesia están impedidos para ejercer una política partidista, mas no así los laicos.
Moltman conoció la dura realidad de la prisión cerca de tres años (1945-1948), por razones de guerra, y eso marcó profundamente su vida y obra, pues otro de sus libros fundamentales es “El Dios crucificado”, en el que reflexiona el sentido del sufrimiento y la presencia de Dios en el mismo. El Dios de Moltman es un Dios que tiene “el futuro como carácter constitutivo” (E. Bloch), de ahí que la esperanza es creadora de presente, ese mismo que se debe oponer a todo lo inhumano y libra al hombre de toda tentación de inmanentismo o determinismo o de un dios extramundano, en otras palabras, como afirma Francisco: “La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar”. En ese sentido, el mensaje del Papa contiene algo de político.
Aunque no se coincida exactamente con la visión de Moltman sobre la esperanza (él mismo ha marcado los límites en “Horizontes de Esperanza: una crítica a la Spe salvi), es innegable que más allá de la confesión de la propia fe nos hermano todo lo que de humanos tenemos y así encontramos personas de todas las confesiones trabajando por un mundo más humano, más justo, más fraterno. Y viene a la memoria lo que dijo Pablo VI al Patriarca Bartolomé de Constantinopla en el contesto del desarrollo del Concilio Vaticano II: “Hermano, son más las cosas que nos unen que las que nos separan”. Caminemos con esperanza.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes