Cuadro comparativo de dos textos
| ¿Versión posterior? | ¿Versión original? |
|---|---|
| Himno del Seminario de Querétaro Letra del M. I. Sr. Cango. Dr. D. Salvador Septién Música del I. Sr. Manrio. Lic. D. Cirilo Conejo Roldán | A la memoria de mis Superiores Y compañeros del Seminario Himno de los Seminaristas Letra del M. I. Sr. Cango. Dr. D. Salvador Septién Música de C. Conejo Roldán |
| 1. Venid, venid: a nuestra alma madre, himno de amor cantemos a porfía; venid, venid, inunda nuestro pecho júbilo santo, júbilo santo. 2. Tierna progenie de la Iglesia Santa caros levitas entonad festivos. Al Dios que os llama con amor excelso himno ferviente, himno ferviente. 3. Somos de Dios embriáguenos su cáliz, sea el Señor nuestra heredad querida: grato es vivir en el santuario augusto bajo sus alas, bajo sus alas. 4. Cantad las glorias del solar vetusto, que amante alberga vuestra edad florida. Y sus blasones celebrad con gozo Jóvenes píos, jóvenes píos. 5. Del Tepeyac la Estrella refulgente es nuestro honor: a sus destellos vivos, el vasto mar de la sublime ciencia raudos crucemos, raudos crucemos. 6. Hijos dichosos de varones grandes, dignos seréis de sus preclaros nombres. Si sus virtudes emuláis viviendo siempre por Cristo, siempre por Cristo. 7. Es nuestro afán hasta el altar bendito al fin llegar, la dulce voz siguiendo del Buen Jesús; por Él morir luchando Dios nos conceda, Dios nos conceda. | 1. Venid, venid: a nuestra alma mater, himno de amor cantemos a porfía. Venid, venid. Inunda nuestro pecho júbilo santo, júbilo santo. 2. Tierna progenie de la Iglesia Santa, caros levitas entonad festivos. Al Dios que os llama con amor excelso himnos fervientes, himnos fervientes. 3. Somos de Dios embriáguenos su calix, será el Señor nuestra heredad querida: grato es vivir en el santuario augusto bajo sus alas, bajo sus alas. 4. Cantad las glorias del solar vetusto, que amante alberga vuestra edad florida. I sus blasones celebrad con gozo Jóvenes píos, jóvenes píos. 5. Del Tepeyac la refulgente estrella es nuestro honor: a sus destellos vivos, de la sublime ciencia por los mares raudos boguemos, raudos boguemos. 6. Hijos dichosos de varones grandes, dignos seréis de sus preclaros nombres. Si sus virtudes emuláis viviendo siempre por Cristo, siempre por Cristo. 7. Es nuestro afán hasta el altar bendito al fin llegar, la dulce voz siguiendo del buen Jesús: por Él morir luchando Dios nos conceda, Dios nos conceda. |

1. En días recientes y con motivo del centenario que hoy celebramos, los responsables de los archivos musicales e historiadores se han dado a la tarea de investigar acerca del texto original del Himno en cuestión; y para nuestra grata sorpresa encontraron un texto que al parecer es de puño y letra de nuestro Músico, el Padre Cirilo. Hay también otra versión que tal vez sea posterior pues está editada de modo más formal. Que ellos nos digan cuál es la versión más antigua.
Esto viene al caso porque hay algunas ligeras variaciones entre un texto y otro, pero esencialmente es lo mismo. Para esta breve reflexión tomaré el texto que parece ser el posterior y que es el que hemos conocido nosotros en los tiempos recientes.
2. En las culturas antiguas los himnos cantaban las glorias de los dioses y los héroes; fue hasta después de la segunda mitad del siglo XVIII que surgió el concepto de “himno nacional” (Reino Unido [1744], Francia [1795], Estados Unidos [1814]). En el ambiente bíblico se usó ya en la Septuaginta para referirse al “salmo” 231. En el ambiente cristiano se encuentran himnos en la Sagrada Escritura y en la liturgia más antigua. En la Carta a los Colosenses (3, 16) aparecen tres conceptos semejantes salmos (psalmois), himnos (‘ymnois) y cánticos (odais).
3. El 20 de septiembre de 1923 nuestro poeta y teólogo, el Pbro. Dr. Salvador Septién Uribe, cuatro días antes de cumplir 37 años y con doce de ordenado, daba a conocer el texto del Himno de nuestro Seminario de Querétaro, en el contexto de la entrega de premios a los alumnos de la institución. Diez años antes, el 10 octubre de 1913 había obtenido el Doctorado en Teología dogmática por la Universidad Gregoriana de Roma cuando contaba con 27 años.
¿Qué sucedía en la Iglesia Universal y en el contexto mexicano en 1923? ¿Qué veía y sentía nuestro poeta y sacerdote que hicieran surgir de su mente y corazón tan bello y profético texto?
En 1923, hace cien años, el Romano Pontífice era Pío XI, en el siglo Ambrogio Damiano Achille Ratti (31 de mayo de 1857-10 de febrero de 1939). Pío XI entró al Seminario a la tierna edad de diez años (5 de noviembre de 1867), el autor de nuestro Himno del Seminario ingresó al Seminario a los 17 años (1903). Hombre de cultura e inteligencia notables, el Padre Achille Ratti el 1 de septiembre de 1914 fue nombrado Prefecto de la biblioteca vaticana. Le tocó vivir la crudeza de la primera guerra mundial. El 1 de diciembre de 1921 siendo ya Cardenal arzobispo de Milán inauguró la Universidad Católica del Sagrado Corazón. El 6 de febrero de 1922 fue elegido Romano Pontífice y adoptó el Nombre de Pío XI; el día del inicio de su pontificado impartió la tradicional bendición “Urbi et orbi” desde el balcón externo de la plaza de San Pedro que había permanecido cerrado desde 1870 cuando el Reino de Italia se había apoderado del Vaticano. Siete años más tarde, el 11 de febrero de 1929 se firmará el tratado de Letrán, por el que la Santa Sede “reconoce al Reino de Italia bajo la dinastía de la Casa de Savoia con Roma como capital del Estado Italiano” y a su vez “Italia reconoce al Estado de la Ciudad del Vaticano bajo la soberanía del Sumo Pontífice”2. Achille Ratti fue también diplomático de la Santa Sede y ya como Papa denunció vehementemente las dictaduras de su tiempo, incluidas las atrocidades que sucedían en México en contra de la Iglesia.
En México, luego de diez años de conflicto armado por la Revolución, el 1 de diciembre de 1920 llegaba a la presidencia de la República el caudillo revolucionario y General Álvaro Obregón Salido. En esa época hubo un renacimiento de grupos “anticatólicos en algunas regiones del país en donde llegaron al poder gobernadores que se caracterizaban por su anticlericalismo, como fue el caso de Garrido Canabal en Tabasco, Múgica en Michoacán y el propio secretario de Gobernación, Calles, quien se distinguía por su férrea postura anticatólica”3.
El 2 de febrero de 1921 hubo un atentado con bomba en la casa del arzobispo de la Ciudad de México, luego un acto similar en el arzobispado de Morelia en junio y finalmente otro acto parecido el 14 de noviembre en la Basílica de Guadalupe. Todo esto en el mismo año.


En 1923, el 11 de enero, en el Cerro del Cubilete fue colocada la primera piedra para erigir una Iglesia a Cristo Rey; este acto fue presidido por el delegado apostólico Ernesto Filippi y puesto que según la Constitución no se podían realizar actos de fe en lugares públicos, el presidente Álvaro Obregón lo expulsó del país. Esto ocasionó protestas y empezaron a dibujarse situaciones más complicadas que terminarían en la persecución religiosa.
4. Así las cosas podríamos tratar de imaginar lo que sentían la mente y el corazón de nuestro poeta.a. Frente al violento arribismo del sonorense triunvirato: De la Huerta, Obregón y Calles, y su propuesta jurídica positivista, arbitraria y tiránica, el poeta invoca un llamado Divino: “Venid, venid: a nuestra alma madre, himno de amor cantemos a porfía”. Imagina un entorno familiar y amoroso, donde hay un espacio para todos los hermanos, donde todos y cada uno puede ser nutrido por la madre común (el Seminario, la Iglesia), sin excluir a nadie. Un llamado en que resuena la Sagrada Escritura, como podría ser el salmo 94: “Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva, entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos”. Sueña una Patria (casa del padre, en latín) común donde reina la alegría de los hermanos: “¡Oh qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos! (Sal 133, 1). El Padre Septién habitó en el Colegio Pío Latinoamericano y convivió con hermanos de américa latina, eso seguramente marcó su corazón sacerdotal con el deseo y sueño de la patria grande, católica, con un mismo idioma. Se siente en este primer verso el deseo de una koinonía de donde brote la sinodalidad: “Porque, así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros, muchos, constituyen un cuerpo, así como con respecto a Cristo” (1 Cor 12, 12). Mons. Septién será conocido por su gran caridad para con todos.
b. Ante la ambición rampante (se hizo célebre la expresión “carrancear” para indicar el robo con violencia y desde un rango de poder) el sacerdote queretano recuerda las palabras del Maestro: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor” (Mt 20, 25-26). Este pasaje recuerda el de Dt: “Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni heredad con Israel: vivirán de los manjares ofrecidos a Yahveh y de su heredad. Esta tribu no tendrá heredad entre sus hermanos; Yahveh será su heredad, como él le ha dicho”. (Dt 18, 1-2).
En un contexto de un nacionalismo naciente, que de cierto modo pretendía proponer que con ese momento empezaba toda la historia, nuestro poeta amplía la visión de la historia sin negar el momento de vehemente esperanza y escribe: “Tierna progenie de la Iglesia Santa, caros levitas entonad festivos”. Deja entrever el llamado a una vida sencilla y entregada totalmente al servicio, que el seminarista —y luego futuro sacerdote— debe tener como norma de vida. Una idea que madurará a través de tiempos duros en toda américa latina y que llegará a dar fruto y sonará potente desde la sede de San Pedro: “Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia» […] Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres.” (EG 198), como afirmó el Papa Francisco.
c. Ser seguidor de Cristo implica no solo un estilo de vida, sino también uno de morir, como lo afirma el apóstol Pablo: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos” (Rm 14, 8). La afirmación “Somos de Dios embriáguenos su cáliz, sea el Señor nuestra heredad querida” parece hacer eco de esta gran verdad de fe que ilumina la vida y la muerte del cristiano: “Del Señor somos”. Eran como presagio de la tormenta que se aproximaba en la persecución religiosa, en la que miles de mexicanos ofrendaron su vida buscando hacer la voluntad de Dios. Nuestro Seminario tiene la palma de un doble exilio por esos mismos motivos. Mientras el régimen se embriagaba con la sangre de sus compatriotas católicos, éstos respondían a la pregunta del Señor: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?”, diciéndole: “Sí, podemos” (Mt 20, 22).
d. “Cantad las glorias del solar vetusto, que amante alberga vuestra edad florida”. “Solar” puede significar “casa, hogar, vivienda”, pero también “casta, abolengo, blasón”; por lo que el trovador de casa invita a los “jóvenes píos” a recordar nuestros orígenes, que hunden su raíz en el vetusto “tronco de Jesé”: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh” (Is 11, 1-2). Nuestra “alma mater” es el colegio insigne antiguo de Querétaro, en donde abrevaron muchos e insignes queretanos —también laicos—antes de que existieran todas las grandes y bellas escuelas queretanas que hoy son portadoras de civilización. El Seminario ha sido un lugar donde se han cultivado las letras y humanidades, la música y la historia; no habría porqué temer insidia alguna. Es cierto, es una institución humana como muchas otras, en la cual las personas han tenido sus luces y sombras. Es una pequeña parcela desde donde se ha buscado siempre comprender la “oikoumene”.
Los griegos tenían un concepto fundante de toda una cosmovisión: oikos (que significa casa, vivienda, habitación, pueblo) y del que se derivan entre otros: oikeiotes (relación, emparentado, amistad), oikeioo (habitar, cohabitar, reconciliarse, estar familiarizado), oikonomeo (administración, encargo, responsabilidad de la casa), oikoumene (tierra habitada, mundo conocido y civilizado, universo).
Oikos significa, pues, casa, lugar donde se mora, espacio habitable y habitado. De este concepto los griegos derivaron, dijimos, el de oikoumene, que en un sentido primigenio significó el mundo habitado hasta donde se extendía la influencia griega, la cosmovisión helénica; más allá era el mundo de los bárbaros. Es un poco la idea que siempre ha tenido el imperio en turno, que impone su cosmovisión y cultura: su lengua, su moneda, su comercio, etc. La oikoumene llegó después a significar el mundo habitado en el que coexiste una variedad de pueblos con sus respectivas lenguas y culturas.
En tiempos de nuestro poeta ya se había iniciado el “movimiento ecuménico”, es decir, la búsqueda de la unidad de todos los cristianos, por lo que podríamos decir que en estos versos resuena también este deseo de construir y habitar en paz la casa común.
e. Para el año que el Dr. Septién compuso el Himno del Seminario, ya nuestra Diócesis tenía varias décadas de peregrinar a pie al Tepeyac y desde el siglo XVII ya se erguía monumental en la ciudad de Querétaro el Templo de la Congregación, dedicado ex profeso a la Virgen de Guadalupe. En 1923 ya hacía más de cien años que el Cura Hidalgo había enarbolado la imagen de la Guadalupana al inicio del movimiento independentista y el Cura y Generalísimo Morelos la había proclamado “Patrona de nuestra libertad” en sus “Sentimientos de la Nación”. Por estas y muchas razones más, no podía ser de otro modo y así nuestro Seminario está bajo el patrocinio de “Nuestra Señora de Guadalupe”, Reina de México y Emperatriz de América y de las Islas Filipinas, y el poeta canta: “Del Tepeyac la Estrella refulgente/ es nuestro honor: a sus destellos vivos,/ el vasto mar de la sublime ciencia/ raudos crucemos, raudos crucemos.
f. Preclaros personajes ha tenido nuestro Seminario: sus Obispos, sus Rectores, sus Maestros, sus Bienhechores, etc; todos los hijos que aquí germinaron. Pensemos sólo en algunos nombres recientes: Mons. Mario de Gasperín Gasperín, Obispo Emérito de Querétaro; Mons. Florencio Olvera Ochoa, de feliz memoria; primero Obispo de Tabasco y luego de Cuernavaca; Mons. Rogelio Cabrera López, Obispo de Tacámbaro, después Tapachula, posteriormente Arzobispo de Tuxtla Gutiérrez y hoy Arzobispo de Monterrey y actual Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano; Mons. Domingo Díaz Martínez, primero Obispo de Tuxpan y hoy Arzobispo de Tulancingo. Y en este momento de la historia nos preside como Padre y Pastor diocesano Mons. Fidencio López Plaza, quien primero transitó por nuestro Seminario como alumno, posteriormente como sacerdote y maestro y hoy le imprime sus huellas como el X Obispo de Querétaro. Por todo esto y mucho más, cantamos: “Hijos dichosos de varones grandes, dignos seréis de sus preclaros nombres, si sus virtudes emuláis viviendo”.
g. Conscientes profesamos que Jesucristo es el Señor de la Historia, que ésta se forja cada día bajo su providencia y nuestra libertad, aceptando nuestras limitaciones no podemos dejar de decir en oración por la mañana:
Gracias por este camino,
donde caigo y me levanto,
donde te entrego mi canto
mientras marcho peregrino,
Señor, a tu monte santo.
(Himno de Laudes)
y en los grandes días solemnes, nos reunimos como hoy para cantar hasta el cielo con todos nuestros mayores e invocar de Dios la fidelidad hasta el final de la sinfonía:
“Es nuestro afán hasta el altar bendito
al fin llegar, la dulce voz siguiendo
del Buen Jesús; por Él morir luchando
Dios nos conceda, Dios nos conceda”.
Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes
20 de septiembre de 2023
En el solar vetusto
- Cfr. etimologico.com.mx, voz: himno, oda a los dioses. Consultado 11 de septiembre 2023, 14: 10 hrs. ↩︎
- https://www.vatican.va/content/pius-xi/it/biography/documents/hf_p-xi_bio_20070330_biography.html ↩︎
- Ávila, Felipe; Álvaro Obregón. Luz y sombra del caudillo. Siglo XXI Editores, México 2023, p. 309. ↩︎