Homilía en Misa del XXV Aniversario de Ordenación Presbiteral del Padre Raymundo Frausto Hurtado
1 Cor 15, 1-8; Sal 18; Jn 14, 6-14

Es en el valle donde más crecen por el agua que le inunda, pero es en la loma donde más queda expuesta a la mirada humana la planta y la flor, el árbol y la caña. Es donde más fuerte pega el viento y les sacude (cfr. Mt 11, 7).
Kálamon es la palabra griega que Mateo utiliza para decir que Juan el Bautista no es una caña sacudida por el viento; es el mismo concepto que utiliza para decir que pusieron una caña en la mano derecha de Jesús (Mt 27, 29) a modo de cetro real cuando lo golpeaban en el pretorio y también cuando dice que con la misma caña lo golpearon en la cabeza (Mt 27, 30). La utiliza también cuando afirma que tomaron una esponja empapada en vinagre y la ataron a una caña para darle de beber cuando estaba en la cruz (Mt 27, 48).
Es en La Loma (El Marqués, Qro.) donde un 23 de enero de 1973 nació un niño a quien pusieron por nombre Raymundo el 11 de febrero del mismo año al ser bautizado; hijo de Don Manuel Fraustro y doña Ma. Elena Hurtado.
Años más tarde, cuando ingresó al Seminario Diocesano, ese niño era tan flaco que sus compañeros le llamaron con afecto “Cañas”. Ahí nuestras vidas se cruzaron en convivencia fraterna en el proceso de formación sacerdotal. Padre Ray, la vida y sus circunstancias alegres y fecundas, pero también adversas y dolorosas, más de alguna vez nos sacuden como el viento a las cañas; recuerda lo que dijo el Señor Jesús a Pedro: “¡Simón, Simón! Mira que satanás ha solicitado el poder zarandearlos como trigo” (Lc 22, 31).
Pero el Señor que es bueno con todos, te empezó a fortalecer y madurar con el fuego del Espíritu en Pentecostés, tu primera misión como Vicario en esa Parroquia; dejaste tu pueblo, La Loma, para ir a verdaderas y enormes montañas en la Sierra de Xichú: ¿recuerdas las subidas a Bernalito o esa vista de las montañas casi azul profundo desde El Rusio? Tu proceso fue gradual: Vicario, Administrador parroquial y luego Párroco allá en San Francisco de Asís. El Señor te ha mostrado que también hay que florecer con poca agua, como en el semi desierto de Cadereyta, en donde caminaste bajo la guía de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Luego de tu ministerio junto a otra loma, ésta hecha por mano de hombre, la pirámide, dejaste también parte de tu vida en otro San Francisco y bajo el manto de Nuestra Señora del Pueblito. Hoy, ya no eres tan “cañas”, has adquirido densidad y peso, madurez a fuerza de los vientos de la vida. San José te lleve de la mano y te enseñe a recibir con fe y obediencia al Verbo encarnado, para que como el Padre adoptivo puedas transmitir al que es la Vida. Como el Apóstol Pablo. Nunca olvides, somos solo administradores y por lo mismo frágiles cañas de barro, sin embargo, Dios nos llama a ser dispensadores de sus dones.
Después de 25 años de Ministerio, hoy, como Felipe puedes preguntarte, podemos preguntarnos: “Señor… ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Has caminado, has descubierto que hay que subir una loma más grande que otra, que hay cansancios que nos dejan más exhaustos que los ya experimentados, que tenemos la tentación de deslumbrarnos confundiendo una frágil caña con un cetro de poder; experimentarás tal vez cañas más duras que nos pueden golpear o cañas que se extiendan para ofrecernos bebidas que no nos quitan la sed ni el dolor… Nada te turbe, si estás atento siempre escucharás esa voz amorosa y fiel que nos repite: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Nuestra vida y ministerio no son un fin en sí mismos, vamos en el Camino cuyo fin es llevarnos al Padre. La verdad supone un contenido, y es Jesucristo mismo; nuestra identidad sacerdotal más profunda es “permanecer”, “vivir” en Jesucristo, por eso, si es necesario, reorientemos nuestros pasos; nos falta llegar a la última “loma”, la más alta: El “Tabor-Calvario”. Sólo si logramos subirla ayudados por los hermanos y Apóstoles alcanzaremos lo único absoluto: la Vida.





Damos gracias a Dios por tu ministerio de 25 años, bajo la protección de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago te seguimos encomendando a la misericordia del Señor, “para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo” (Ef 4, 14-15).
Padre Raymundo, gracias por tu gesto de fraternidad al invitarme a compartir estas sencillas palabras.
Gracias Señor Obispo, Don Fidencio López Plaza, por su bondad de enseñarnos a ser fraternos, al permitirme tomar la palabra en medio de la asamblea de hermanos. Gracias, pues su generosidad nos muestra al Padre.
Felicidades a esta comunidad parroquial llena de fe, oren por los sacerdotes.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
San José Galindo, 4 de mayo de 2024