Gracias Mandela

El mundo vuelve los ojos en estos últimos días hacia Nelson Mandela (Rolihlahla Dalibhunga Mandela), que se encuentra en estado crítico de su salud en un hospital; el 18 de este mes cumplirá 95 años, 27 de los cuales pasó en prisión por luchar en contra del apartheid que reinaba en su patria, Sudáfrica.

Al contemplar su trabajo por la libertad de su pueblo y luego siendo ya presidente de su país, por la necesidad de una reconciliación nacional, surgen esperanzas para nuestra patria y sentimientos de gratitud: ese sentimiento agudo e intenso que experimentamos cuando sabemos que somos destinatarios de la acción benéfica y desinteresada de una persona; más no es un sentimiento pasajero, sino un estado constante de la personalidad, un modo de ser que predispone a la persona a tomar conciencia con estupor de haber recibido un don no buscado, de alguien que no espera nada a cambio; en este sentido no se coincide con la psicología dinámica que afirma que cada acción humana es egoísta. La verdadera gratitud es imposible en aquellos que son incapaces de empatía, incapaces de hacerse cargo de los sentimientos de los otros. No hay mayor enemigo de la gratitud que el narcisismo, esa actitud del que cree que todo se le debe y vive en un mundo sin diálogo. La vida de Mandela es una de esas que parecen estar destinadas totalmente a los otros.

De fe cristiano metodista, Mandela ha ensanchado su corazón en el respeto de todas las religiones, de tal manera que en 1995 ya como Jefe de Estado agradecía a Juan Pablo II su condena al apartheid y el apoyo de la Iglesia católica al pueblo sudafricano con estas palabras: “Su condena al apartheid nos inspiró para lograr la libertad y erradicar ese sistema político racista […] Usted retrasó sus visitas deliberadamente por despreciar un sistema que despreciaba a los seres humanos. Sin embargo, su mensaje de paz, esperanza, justicia y democracia nos llegó con fuerza y nos inspiró para lograr la libertad, la unidad y la reconciliación que son las marcas indelebles de nuestra joven democracia. También quiero reconocer la contribución de la Iglesia católica local a la lucha para erradicar el apartheid. Muchos sufrieron las peores privaciones posibles, pero se mantuvieron firmes en seguir la senda de Cristo de verdad y justicia y hoy lo recibimos como una nación libre en la que los derechos y la dignidad de todos son reconocidos” (González, Antonio; Nelson Mandela, Editorial CCS, Madrid 2008, pp. 20-21). Esa gratitud sincera de Mandela a Juan Pablo II nos invita a la gratitud con él, por su testimonio de amor (buscó la reconciliación de su patria a través del perdón), libertad (su celda medía aproximadamente dos metros cuadrados), justicia (“Hemos nacido para manifestar la Gloria de Dios, que acide dentro de nosotros”), humanidad y humildad, esa que tienen los grandes hombres.

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

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