A Don Mario de Gasperín, de cuya manos recibí el Sacramento del Orden
En el “Nacimiento” que se construye en los Templos y hogares para estos días de Navidad se manifiesta el deseo y la esperanza de paz anunciada por el profeta Isaías (11, 1-10) en el texto que se proclama el segundo domingo de Adviento: “[…] Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirá juntas. El león comerá paja con el buey…”.
Este deseo y promesa de paz mesiánica que se refiere no sólo a la relación entre las personas y entre un pueblo y otro, sino en primer lugar a las contiendas que vive en su interior el corazón humano, ha sido descrita este día de Navidad por el Papa Francisco en su Mensaje “A la Ciudad y al mundo” como “un empeño de todos los días, como algo artesanal que se lleva adelante como un don de Dios, de su gracia que nos ha dado en Jesucristo”. Afirmó también: “La verdadera paz —nosotros lo sabemos— no es un equilibrio de fuerzas contrarias. No es una bella «fachada», detrás de la cual existen contrastes y divisiones”. Y es que esta Navidad se ha manchado de sangre para los cristianos, pues en la Iglesia de san Juan, en Bagdad, Irak, país de minoría cristiana, estalló un auto bomba al final de la misa de nochebuena, dejando al menos 24 feligreses. Siria también ha visto crecer la violencia y los muertos en estos días recientes, más de 400 entre el 15 y el 24 de diciembre.
En 1871 aparecía publicado un relato de Ignacio M. Altamirano intitulado “Navidad en las montañas”, en el que los protagonistas principales son un soldado que por una parte, se presenta a sí mismo con su “rudeza militar y republicana: yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he hecho la guerra; la estoy haciendo todavía a favor de la Reforma, porque he creído que eran una peste”[1]; y por otra, afirma: “Yo aquí digo a usted, en presencia de Dios, que respeto las verdaderas virtudes cristianas”. El otro personaje, un sacerdote de origen español que impacta al militar por su coherencia de vida evangélica al grado de recibir elogios de su parte. Este relato tiene lugar en las montañas en una noche de Navidad en la que el militar recuerda su infancia, refleja las preocupaciones y vicisitudes de nuestra Patria de la época: apenas pasada la lucha de Reforma muchos católicos influenciados por las ideas liberales (e ilustradas de corte francés) de progreso y democracia no alcanzan a conciliarlas con sus convicciones religiosas, sobre todo las nacidas de una fe sencilla en un ambiente rural, lo que llamamos hoy piedad popular. No olvidemos que Altamirano era de origen indígena, por eso, orgulloso de ello, presenta en el relato a un matrimonio indígena: el tío Francisco, hombre sabio y respetado, y su espesa, la Tía Juana, ambos pobres y trabajadores, virtuosos, y que por eso mismo tienen el respeto de la comunidad y todos buscan en ellos consejo. La admiración del hombre de las armas por el sacerdote se expresa cuando le dice: “Señor Cura, ¡usted es un demócrata verdadero![2]” Este conflicto interno de muchos católicos de cómo conciliar su fe con ideales de libertad religiosa y de conciencia, democracia y educación “científica” es tratado expresamente en el relato en ocasiones y otras de modo indirecto. El autor expresa cosas que no comprende, como la veneración a los santos, a quienes llama “medianeros horrorosos”[3], con una actitud directa y lenguaje nada tímido.
El relato propone la convivencia pacífica de los actores y mutua comprensión y admiración, así como la unión anhelada de una pareja de novios en esa noche de navidad. El militar en medio de sus recuerdos de la infancia y de la situación actual que vive —la Misa de gallo— dice: “Yo no había asistido a una misa desde mi juventud, y había perdido, con la costumbre de mi niñez, la unción que inspiran los sentimientos de la infancia, el ejemplo de los padres y la fe sencilla de los primeros años”, y en medio de todo el ambiente litúrgico dice “y oré como cuando era niño”. Es esa infancia espiritual de la que nos habla el Evangelio y que se ha hecho Carne la que siempre llevamos en lo más profundo de nuestro ser, más allá de toda ideología.
Está toda la Doctrina Social de la Iglesia para saciar la necesidad de pensamiento adulto en lo político y social desde una perspectiva eclesial, y la necesidad de recuperar lo que el Papa Francisco tanto insiste: la ternura de Dios que acaricia nuestra debilidad humana, nuestras incoherencias que muchos, como Altamirano reclaman con razón.
Feliz Navidad
Filiberto Cruz Reyes
[1] Ignacio M. Altamirano, Clemencia y La Navidad en las montañas; México, Porrúa 1999. p. 234.
[2] Ibi. . 244
[3] Ibi. p. 260