Que todos sean uno

Durante la última cena Jesucristo pide al Padre, orando por sus discípulos: «Que todos sean uno […] para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17, 21); la unidad es pues esencial a la Iglesia de Jesucristo; así lo profesa también San Pablo en una experiencia y reflexión de pocos años más tarde: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef. 4,5). Esta unión con Cristo y la Iglesia (comunidad de discípulos) se expresa también con el concepto “comunión” (koinonía en griego y communio en latín), que significa participar del mismo ser, por tanto, no es algo que se reduzca a un sentimiento o a los meros afectos, que se suponen también, pues la comunión tiene que ser efectiva y afectiva, por eso la disciplina de la Iglesia afirma: “Los fieles están obligados a observar siempre la comunión con la Iglesia, incluso en su modo de obrar (c. 209 § 1). Esta obligación hunde sus raíces en el ser mismo del cristiano: la vida en Cristo es necesariamente vida con todos los hermanos hijos del mismo Padre que se ha recibido como un don en el bautismo.

Esta comunión debe darse no sólo en el ámbito espiritual, sino también en el histórico-social, por eso la Iglesia expone los vínculos esenciales para permanecer siendo parte de la única Iglesia que Jesucristo quiso fundar: “Se encuentran en plena comunión con la Iglesia católica, en esta tierra, los bautizados que se unen a Cristo dentro de la estructura visible de aquélla, es decir, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del régimen eclesiástico” (c. 205). La vocación del cristiano es una vocación a la Unidad, a la Comunión: con Dios y con los hermanos, cosa que el Señor Jesús presenta en el mayor de los mandamientos: amor a Dios y amor al prójimo, y por eso, santo Tomás de Aquino llegó a afirmar que el infierno no es otra cosa que la eterna soledad, es decir, estar sin Dios y sin los hermanos.

La Iglesia ha vivido tristemente grandes desacuerdos entre sus hijos, entre los hermanos, mismos que se han traducido en divisiones, mismas que se manifiestan como expresión de negar pertinazmente uno de los vínculos que nos obligan como cristianos, es decir, negar una verdad de fe (lo que causó en parte la separación de la Iglesia ortodoxa), la negación de los pastores legítimos del régimen eclesiástico (en parte el problema de la Comunión anglicana) o la negación de alguno de los 7 sacramentos; la verdad es que al paso del tiempo la negación de uno de los vínculos lleva a negar los otros, o en todo o en parte.

Hubo un gran cristiano en el siglo III, Cipriano, Obispo de Cartago, que en pocos años después de su conversión, llegó a comprender profundamente el misterio de la unidad de los cristianos. Perseguidos los cristianos por el emperador Decio, Cipriano tuvo que gobernar su diócesis ocultándose, hacia el año 250, para evitar ser víctima del odio persecutorio; aprovechando la falta de su plena presencia algunos miembros del clero, el presbítero Novato y el Diácono Felicísimo entre otros, lo acusaron de cobardía y empezaron a promover una cierta división entre la comunidad cristiana al grado de llegar a promover la consagración como Obispo de Cartago de un tal Fortunato. Eso hizo que el luego mártir y santo Cipriano escribiera un tratado Sobre la unidad de la Iglesia, mismo que ampliará con motivo del cisma de Novaciano en Roma (251). Entre oras cosas afirma el Santo: “Este misterio de unidad, este vínculo de concordia inseparablemente coherente quedó manifestado cuando, según el Evangelio, de ninguna manera fue dividida ni rota la túnica de Cristo, sino que se echaron suertes sobre ella para ver quién preferiblemente sería revestido de Cristo […] No puede poseer el vestido de Cristo quien rompe y divide la Iglesia de Cristo […] Con el misterio y símbolo de su túnica, Cristo reveló la unidad de la Iglesia[1]”. El Obispo Cipriano conoció varias veces el destierro como castigo por ser cristiano, hasta que bajo el reinado de los Emperadores Valeriano y Galiano sufrirá el martirio, lejos de toda cobardía de que lo acusaban; al pedírsele que delatara a sus Presbíteros contestó al juez que lo interrogaba: “Soy cristiano y soy Obispo […] Como nuestra disciplina (la ley romana) prohíbe entregarse espontáneamente, y como eso también repugna a tu oficio de sensor, no pueden presentarse por sí mismos, pero si los buscas los encontrarás”. Desafiar así al imperio le costó la vida.

Es por eso que promover la unidad de los cristianos es parte esencial de la misión de la Iglesia, y lo hace a través del ecumenismo, cosa que han promovido incansablemente los últimos Pontífices. Recordemos por ejemplo las palabras de Pablo VI al Patriarca de Constantinopla Atenágoras en una de las tres ocasiones que se reunieron: “Hermano, son más las cosas que nos unen que las que nos separan”.

En este octavario de oración por la unidad de los cristianos pidamos a Dios nos regale la gracia de ser instrumentos de unidad y promotores de justicia y paz.

Filiberto Cruz Reyes

[1] San Cipriano, La unidad de la Iglesia Católica. Los renegados; Apostolado Mariano, Sevilla 1991, p. 30.

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