La teología rápida como respuesta al cambio de época

De Andrea Monda1

 (Traducción: Mtro. Filiberto Cruz Reyes)

Entrevista con el Pbro. Antonio Spadaro.

“La teología rápida puede llegar a ser una inteligencia viviente en la Iglesia capaz de intervenir el cambio sin perder la unión con la tradición”. Este es el tema central de la intervención del Padre Antonio Spadaro en el Congreso del próximo sábado, que el 19 de enero pasado en el “Avvenire” inició un debate sobre tal argumento, proponiendo ésta “aceleración” de la reflexión teológica. Esta provocación recuerda la famosa imagen de la filosofía que según Hegel era como la lechuza de Minerva que alzaba el vuelo al fin del día; ha llegado el tiempo, según el padre Spadaro, en el cual el pensamiento, filosófico y teológico, debe transformarse en el gallo que anuncia el día y,  posiblemente, el inicio de todas las horas de la jornada, acompañando e iluminando el camino acelerado de los hombres. Un camino rápido, dice Spadaro, pero no veloz.

¿En qué sentido la teología debería ser rápida pero no veloz?

La distinción entre rapidez y velocidad para mí es esencial. “Veloz” indica un traslado rápido, pero lineal y medible, como un tren lanzado sobre las únicas vías de alta velocidad. 

“Rápido”, por el contrario, reclama a la etimología de “rapire (en italiano)2”, esto es, aferrar y arrastrar algo: describe cualquier cosa que arrastra y lleva consigo personas, estilos de vida y prospectivas. Los cambios modernos no son simplemente veloces, sino rápidos porque nos toman por sorpresa, arrastrándonos en situaciones nuevas. Por ejemplo, la invención de la luz eléctrica ha “raptado” el ritmo natural del día y las redes sociales han alterado nuestras relaciones. La velocidad es un parámetro cuantitativo externo, mientras que la rapidez impacta la cualidad del tiempo vivido, es una experiencia interior: la llegada de internet, por ejemplo, si bien aparecido apenas hace pocos decenios, ha sido rápido por el impacto disruptivo que ha tenido en la sociedad. Si la sociedad se mueve en aguas tumultuosas y rápidas, la teología está llamada a entrar ahí sin tardanza. Teología rápida no significa teología apresurada o superficial, más bien una reflexión que acompaña en tiempo real el fluir de la historia, sin esperar a hablar ante hechos consumados. Y es “apetecible” porque tiene el gusto de la historia, dejándose involucrar por los desafíos actuales para iluminar desde dentro las situaciones.

Una teología que no sea más re-flexión sino “flexión” sobre la realidad ¿Pero esto no sería una traición de su misma naturaleza que reclama un “retorno” sobre la experiencia apenas realizada? ¿Imaginar que en el curso de la experiencia se deba estar en grado de analizar, comprender y por lo tanto decir, no es ilusorio, utópico?

Una “teología rápida” no reniega la reflexión, antes bien la ejercita de un modo nuevo. El desafío es cultivar un pensamiento que reflexione mientras se vive la experiencia, en vez de que sólo después. El Papa Francisco ha repetido muchas veces que el discernimiento se realiza sobre las historias no sobre las ideas. La espiritualidad ignaciana enseña precisamente a ser “contemplativos en la acción”, uniendo la profundidad interior con la presteza en el actuar. La Iglesia debe habitar no solo puertos seguros, sino también lugares expuestos a vientos y tormentas que agitan el mundo. Esto significa que la teología debe ser capaz de “pensar las olas” y de arrojarse en los rápidos, enfrentando los desafíos actuales con prontitud y discernimiento. En términos modernos la memoria eclesial ⎯el patrimonio de la fe⎯ va unida al instinto pastoral, generando intuición: la capacidad de advertir, discernir, evaluar con rapidez una situación en su devenir. Der este modo la teología permanece reflexiva, pero su reflexión sucede contextualmente a las acciones pastorales y al desarrollo de los eventos, gracias a un discernimiento ágil sustentado por la memoria viva del Evangelio. No se trata de improvisar sin pensamiento, sino de tener un pensamiento tan entrenado y radicado en la verdad para poderse mover con lucidez también en la vorágine del presente. Llamar utópica a esta prospectiva es comprensible a primera vista, pero diversos observadores subrayan que ésta es en realidad necesaria y practicable. Como ha observado Vittorio Lingiardi comentando la propuesta de teología rápida, no se trata de alimentar la agitación frenética o el actuar impulsivo, más bien de sintonizarnos con los tiempos rápidos… del mundo en el cual vivimos, desarrollando una mayor empatía hacia la realidad actual. La propuesta requiere un cierto cambio de mentalidad, y estimula a los teólogos a no adaptarse a los ritmos lentos del pasado cuando el mundo a nuestro alrededor acelera. Y no es en absoluto ilusorio confiar en la asistencia del Espíritu Santo también en esta aceleración de la reflexión teológica, el mismo Espíritu que está siempre trabajando y sopla en las tempestades de la historia. En síntesis, la teología rápida es exigente pero no imposible: se trata de ejercitar un discernimiento oportuno ⎯también comunitario y sinodal⎯ iluminado por la gracia, de modo de no perder el ritmo del Evangelio en el fluir de los eventos. Monseñor Bruno Forte, comentando la propuesta de teología rápida, ha puesto en evidencia que la rapidez no se opone a la lentitud; al contrario, pueden ser complementarias. Forte afirma que la rapidez es distribución diferenciada, que conjuga agilidad, movilidad, ponderación y mesura. Esto sugiere que una teología rápida coexiste con momentos de reflexión profunda garantizando que las respuestas a los desafíos contemporáneos sean tanto oportunas como ponderadas.

Usted ha usado la imagen de la tempestad en el Evangelio, y quien ya ha comentado su propuesta, como De Rita, ha observado que “en las olas no se puede usar la marcha atrás”. ¿Se pretende así criticar el “indietrismo”3 del cual ha hablado frecuentemente el Papa Francisco? ¿Es la “usual” dicotomía entre conservadores y progresistas o es alguna otra cosa? ¿Tal vez es más correcta la imagen usada por Bergoglio por la cual hay que hacer la distinción, de los cristianos entre “habituados” y “enamorados”?

La metáfora de la tempestad evidencia que en el rápido mudar de la historia no existe la marcha atrás. En esto Giuseppe De Rosa tiene perfectamente la razón. Se critica, por lo tanto, la actitud de quienes quisieran detener o invertir el curso del tiempo, refugiándose en el pasado. Y evitaría, en este sentido, hacer referencia a “proyectos culturales” del pasado que por otra parte han sido superados. Esto es precisamente el “indietrismo” denunciado por el Papa Francisco: la tentación de replegarse sobre formas superadas de vida eclesial en lugar de enfrentar los nuevos desafíos (en lugar de mirar hacia adelante con confianza). Con la imagen evangélica de la travesía en la tempestad, pretendo decir que la Iglesia está llamada a no permanecer en la orilla, sino a subir en la barca y avanzar entre las olas confiando en la presencia del Señor. No se trata de despreciar la Tradición, sino de evitar reducirla a un ejercicio estéril de restauración. No es necesario “reciclar” el Evangelio transformándolo en un “taller de restauración”, ni cerrarse en “varios laboratorios de utopías” lejanas de la realidad.  En otras palabras, el Evangelio no puede ser confinado en modelo ideal del ayer, ni proyectados en estériles utopías futuribles: se vive en el hoy con valentía y creatividad. La verdadera diferencia no está por lo tanto entre conservadores y progresista, como ha dicho el Papa, sino entre quien vive la fe por hábito y quien por el contrario la vive por amor. La Iglesia está llamada a arriesgar por amor, más que a permanecer estática por miedo.

Hace años usted mismo había elaborado la imagen del faro y de la antorcha. El faro está inmóvil mientras que la antorcha ilumina a lo largo del camino. ¿No existe el peligro de una incerteza de la teología que devenga privada de puntos de referencia y sujeta a todo viento de novedad? ¿Una teología “relativista”?

La imagen del faro y de la antorcha ilustra dos modos complementarios de llevar la luz de Cristo al mundo. El faro está fijo, visible desde lejos pero inmóvil; la antorcha, por el contrario, emana luz caminando en medio de la gente. El faro está parado, la antorcha por el contrario irradia luz caminando allí donde están los hombres, ilumina aquella porción de humanidad en la cual se encuentra, sus esperanzas, pero también sus tristezas y angustias. Esto significa que la verdad del Evangelio permanece la misma. La luz no cambia, pero es llevada allá donde se encuentran concretamente los hombres. Si la Iglesia se limitase a un faro estático, su luz terminaría por llegar a ser tan débil que desaparecería para muchos. La antorcha en movimiento no apaga ni relativiza aquella luz, sino que la hace accesible aquí y ahora. El verdadero peligro, por lo tanto, no es la falta de referencias, sino tenerlas muy distantes de la vida real. Adaptarse a los tiempos no significa en absoluto confundirse con ellos o renunciar a la verdad. Una teología que se incultura en el hoy no por esto abdica a la verdad eterna. La teología rápida debe habitar el tiempo sin ser absorbida, distinguiendo lo esencial de lo contingente y tomando en los fenómenos los signos de orientación. No un simple espejo de las modas, por lo tanto, sino una inteligencia crítica al servicio del Evangelio. En esta prospectiva, la teología rápida no es en absoluto relativista, sino conserva la solidez de la verdad mientras dialoga con el cambio. Será de hecho dinámica, pero sólida, capaz de reaccionar a los cambios sin perder el vínculo con la Tradición y sin sacrificar la profundidad de la reflexión.

La teología rápida es la respuesta al cambio de época. ¿Qué papel juega en esta vertiginosa situación la aceleración de la evolución tecnológica? ¿No existe el riesgo de avalar así también una deriva hacia el transhumanismo? La tecnología de hecho hoy incide profundamente sobre la existencia, diría sobre la “biología” misma de los seres humanos ¿no hay por lo tanto necesidad de puntos claros para contener estas evoluciones incontroladas e incontrolables?

La aceleración tecnológica es uno de los motores principales del actual cambio de época. Ya San Juan Pablo II hablaba del “rápido desarrollo de las tecnologías” contemporáneas. Yo simplemente evidencio cómo muchos cambios son rápidos precisamente porque son provocados por innovaciones que “raptan” nuestros ritmos de vida. En pocos decenios, innovaciones como la electricidad, Internet y la inteligencia artificial han alterado las costumbres cotidianas, las relaciones sociales e incluso el modo de pensar. Esta vertiginosa aceleración hace indispensable una reflexión teológica veloz y sensible: la Iglesia no puede permanecer mirando mientras la tecnología redefine lo humano. Una teología rápida deviene entonces un instrumento para comprender y orientar estos procesos en tiempo real, ofreciendo un discernimiento ético y espiritual a la altura de la innovación científica. Involucrarse en las nuevas fronteras tecnológicas no significa en absoluto respaldar toda dirección en modo acrítico. Al contrario, la urgencia de una teología rápida nace precisamente de la necesidad de gobernar el cambio, poniendo diques a las posibles derivas deshumanizantes, como aquellas propuestas por el transhumanismo extremo. La fe cristiana ofrece principios antropológicos que funcionan como puntos firmes frente a las experimentaciones que ponen en juego la naturaleza humana. Estos principios son reafirmados con prontitud ahí donde las nuevas tecnologías levantan dilemas éticos. En tal sentido la teología rápida actúa como brújula de navegación: la evolución no es sólo biológica, sino también espiritual. Por esto una teología rápida deberá discernir lo que realmente promueve un crecimiento humano integral de lo que por el contrario es puro “ruido” tecnocrático. En definitiva, la teología rápida puede llegar a ser una inteligencia viva de la Iglesia, capaz de intervenir el cambio sin perder el vínculo con la tradición.

  1. Monda, Andrea; La teologia rapida come risposta al cambiamento d’epoca. A colloquio con padre Antonio Spadaro, en L’Osservatore Romano p. 4; 27 de Marzo de 2025. ↩︎
  2. NdelT: del latín: rapio, is, rapui, raptum, ere, 3 tr. Que puede significar aferrar, asumir rápidamente, llevarse, arrastrar consigo, acelerar, robar, conquistar, saquear. ↩︎
  3. NdelT: del italiano indietro, que significa “detrás” o “hacia atrás”. ↩︎

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