Giancarlo Pani S. I.1
“El Evangelio, la mafia, las periferias”: pocas palabras resumen “quién era de verdad el Padre Pino Puglisi, el párroco de Brancaccio asesinado el 15 de septiembre de 1993. Un hombre de fe inquebrantable y un maestro de espiritualidad, un educador de los jóvenes y un punto de referencia para las familias. Pero también un sacerdote de frontera que, para no traicionar la fidelidad al Evangelio, supo llevar adelante sus decisiones en un territorio dominado por la mafia. Hasta el sacrificio extremo. El 25 de mayo de 2013 la Iglesia lo reconoció como mártir y lo proclamó Beato”2. El P. Puglisi es el primer párroco de la Iglesia católica que es proclamado beato por ser un martirio perpetrado por la mafia3.
Asesinado “porque era sacerdote”
El 15 de septiembre de 1993 era el cumpleaños del Padre Pino Puglisi4, párroco de la Iglesia de San Gaetano, en el barrio de Brancaccio en Palermo: cumplía 56 años. Caía la tarde de un día intensamente vivido, el último de su vida: por la mañana había celebrado dos matrimonios, por la tarde había preparado para la Confesión a los niños de la Primera Comunión; después una pequeña fiesta en el salón “Padre Nuestro”, un espacio creado para recibir a los jóvenes de la calle (la Iglesia no tenía salones para las actividades parroquiales y tampoco casa parroquial).
Al regresar a casa, en la plazuela Anita Garibaldi, mientras el P: Pino se disponía para abrir la puerta, de improviso «Spatuzza [un miembro del comando] le quitó la bolsa y le dijo: “Padre, esto es un asalto”. Él respondió: “Me lo esperaba”. Lo dijo con una sonrisa. Una sonrisa que me ha quedado impresa». Y concluye: «Entonces yo le disparé un tiro en la nuca»5.
Aquella sonrisa “ha sido más fuerte que la violencia que buscaba suprimirlo y […] ha realizado aquello que miles de palabras están luchando por realizar: ha restituido el rostro de hombre precisamente a su propio asesino”6, Salvatore Grigoli. Este era el asesino más despiadado de Brancaccio: había cometido 45 homicidios, pero aquel del P. Pino fue el último , porque lo habría transformado para siempre. Algunos años después confesaba: “Había una especie de luz en aquella sonrisa. Una sonrisa que me había dado un impulso inmediato. No me lo se explicar: yo ya había asesinado a muchos, pero no había experimentado nada semejante. Recuerdo siempre aquella sonrisa, aunque si incluso hago esfuerzo para tener impresos los rostros, las caras de mis parientes. Aquella noche empecé a pensar en ello, algo había cambiado”7.
Después del homicidio del P. Puglisi su vida dio un giro. Él tenía también otro trágico precedente: había “disuelto” en ácido a Giuseppe, el hijo del testigo protegido Di Matteo: «Lo había conocido bien a aquel niño. Era un muchacho pleno de vida… He hecho cosas que no se pueden justificar, pero esta, esta… ha sido el motivo de mi arrepentimiento»8. Desde entonces iniciaba un camino de humanidad y de arrepentimiento.
El autor intelectual del homicidio era el jefe de Cosa Nostra, Leoluca Bagarella, que había decidido aquella muerte, porque el P. Pino era “sacerdote”. La aversión estaba directamente relacionada al ejercicio pastoral del sacerdote. De las declaraciones del proceso canónico para la beatificación emergía que Bagarella había reprochado ásperamente a los hermanos Graviano, los jefes de la mafia de Brancaccio, porqué habían esperado tanto para matarlo: “Si lo hubieran matado rápidamente cuando esto empezó, hoy no estaría sucediendo esto que parece el fin del mundo como si hubieran matado a otro grande Magistrado y por el contrario, era solo un sacerdote […] Un sacerdote que prácticamente no había hecho campaña contra la mafia”9.

¿Un sacerdote antimafia?
En la vida, comúnmente, nada se improvisa o es dictado por el azar. Tampoco la propia muerte. Y el P. Puglisi estaba listo para esa cita. Se había preparado desde hacía tiempo, desde el día en que había pedido ser admitido en el Seminario. Entonces, el 10 de septiembre de 1953, escribía: “Siguiendo las santas inspiraciones del Señor que me ha iluminado sobre la vanidad de las cosas terrenas y sobre la grandeza de Su gracia, he decidido dedicarme al servicio de Su gloria y al bien de las almas”10. Después, sobre la estampa que recordaba el subdiaconado, había escrito el ideal de su propia donación: “Acepta, oh Señor, el holocausto de mi vida”11; y finalmente, sobre aquella del sacerdocio: “Señor, que yo sea instrumento válido para la salvación del mundo”12. Es el proyecto de una vida ofrecida totalmente a los hermanos.
El P. Puglisi no es el primer sacerdote asesinado por la mafia13, pero su asesinato ha tenido una consecuencia paradójica: «En los pliegues del delito consumado aquella noche —nota el P. Nello Fasullo, redentorista de Palermo— es posible distinguir un particular significado de fatalidad para la mafia misma: aquella sanguinaria bárbara ferocidad que hemos conocido a lo largo de su historia […] se comenzó pronto a entender que el sentido y el papel de la mafia estaban cumplidos, terminados. Y que este fin representaba el único verdadero, impagable milagro realizado por el P. Puglisi. En este sentido su muerte era verdaderamente martirial. En el sentido que representaba, a los ojos de quien sabía entender, el hecho que, habiendo matado al párroco sin verdaderos “motivos mafiosos”, esto constituía un signo que el fenómeno mafioso se había agotado. Un delito como signo de los tiempos»14.
Si alguien interpretara aquella muerte como un error al cual los mafiosos habrían remediado para regresar todo como antes, se equivocaría. El párroco no hacía competencia a la mafia, pero oponía simplemente el Evangelio a la cultura mafiosa: «Estamos llamados a continuar la obra de Jesús, liberándonos a nosotros y a los demás del Mal (que es odio, opresión e injusticia). Y nuestra obra consiste en devolver a los pobres su dignidad humana; solo así podrán liberarse del Mal»15. Y el P. Pino lo hacía no en modo ambiguo o escondido, si no de la manera más clara posible, a la luz del sol. Él «no catequizaba, ni hacía proselitismo, sino escuchaba. Y amaba hablar con los muchachos. Buscaba llevarlos a interrogarse sobre el sentido de la vida, a entender cuál era el camino a recorrer para cada uno»16. Su mismo modo de ser párroco hacía entender a todos de qué parte estaba y qué cosa pensaba de la mafia.
Con el asesinato del P. Puglisi en Sicilia terminaba la mafia homicida17: con el delito del sacerdote Cosa Nostra se mataba a sí misma. Una cosa parecida no se había visto nunca en Brancaccio desde los orígenes del fenómeno mafioso.
El calvario final
El P. Puglisi era párroco en Brancaccio desde hacía tres años. Y aunque era sacerdote diocesano, en vez de “Don Pino”, era llamado “Padre Pino””, según el modo usual en Sicilia. También su asesino lo designa así. También tenía el apodo de “3P”, por las iniciales, Padre Pino Puglisi, mismo que ha dado título a una biografía18. El porqué no es un misterio: las «3P» delinean el peso espiritual, por que indican al Padre, pero también la Palabra y los Pobres, o bien al Parrinu («Padre», en siciliano), al Pan eucarístico y a la Preghiera (Oración, en italiano)19. No es casualidad que el centro social de Brancaccio se llamaba «Padre nuestro»20, un nombre que constituía un desafío por su significado de fraternidad, pero aludía también al párroco, el «Padre» de todos.
Sin embargo, en poco tiempo el P. Pino había llamado la atención de los capos. El último año fue para él un calvario de advertencias e intimidaciones. Dos meses antes de su muerte, en una homilía, él denunció públicamente las amenazas: “Hoy me dirijo a los protagonistas de las intimidaciones que nos han dirigido. ¡Hablemos, expliquémonos! Quisiera conocerlos y conocer los motivos que los empujan a obstaculizar a quien busca educar a sus hijos en el respeto recíproco, en los valores de la cultura y de la convivencia civil. La iglesia ha ya sancionado con la excomunión a quien se ha manchado con atroces delitos como los llamados “hombres de honor” (mafiosos). Yo puedo solamente agregar que los asesinos, aquellos que se nutren de violencia han perdido la dignidad humana. Son menos que hombres, se degradan solos, por sus elecciones, al grado de animales”.
“No es de Cosa nostra que puedan esperar un futuro mejor para este barrio. El mafioso no podrá darles nunca una escuela secundaria o una guardería dónde dejar a sus hijos mientras van al trabajo. ¿Por qué no quieren que sus niños vengan a mí? Recuerden: quien usa la violencia no es un hombre […] Nosotros pedimos a quien nos obstaculiza, retomar su humanidad y yo estoy dispuesto a acompañarlos en este camino […]”.
«Hemos tenido la confirmación que todo esto quería ser una advertencia contra nuestro trabajo. Pero nosotros vamos adelante. Porque como dice San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8, 31)21».
Estas palabras, gritadas desde el corazón, no eran solo una homilía, sino un desafío. Y no para intimidar o para rebelarse, sino para dialogar, para confrontarse, para crear un puente. El P. Pino quería educar incluso a los hijos de los mafiosos en la legalidad, el respeto recíproco, en los valores del estudio y de la cultura: esta era la “gran apuesta” de don Pino, su verdadera “utopía”22.
Precisamente en esos días, Brancaccio había sido definido por los diarios como el barrio de Palermo con la más alta incidencia de mafiosos, y los hechos lo confirmaban. Poco antes, algunos jóvenes en moto de gran cilindraje habían lanzado bombas molotov contra una furgoneta de la compañía que estaba restaurando la iglesia, y las flamas habían alcanzado el portón. Después fueron incendiadas las puertas de la casa de tres integrantes del “Comité de condominios” del barrio, porque no habían tenido en cuenta a la mafia. El Comité había nacido de modo independiente de la parroquia, para hacer frente a los problemas de Brancaccio y solicitar soluciones a la autoridad. El Comité encontró en su camino al P. Puglisi, el párroco atento no solo a la vida espiritual de los fieles, sino también al contexto social en el cual éstos vivían.
Padre Puglisi: libre e independiente
Brancaccio era el barrio de más mala fama de Palermo23. El estilo de vida del párroco, simple y resuelto, claro y eficaz , y sobre todo la libertad y la independencia que enseñaba eran una provocación continua para la mafia y contravenía la regla general que todos debían respetar: “En Brancaccio no se mueve una hoja que la mafia no quiera”24. Incluso para rentar una casa se requería el permiso del capo. El P. Puglisi no solo no respetaba las reglas del barrio, sino que enseñaba a la gente a hacer lo mismo. Se dirigía directamente a las autoridades sin pasar por las “oficinas” de la mafia.
El párroco no sustituía a la asistencia social ni hacía lo que habría debido realizar el Municipio: Simplemente solicitaba a las autoridades los servicios y las estructuras a los cuales los ciudadanos tenían derecho. De aquí las primeras legítimas peticiones: el alcantarillado (Brancaccio no lo tenía, y por consiguiente las aguas residuales escurrían por las calles, con diversos casos de hepatitis C, mortal para los niños)25; después, la apertura de una escuela Secundaria en el barrio (misma que se llevó a cabo siete años después del homicidio del P. Puglisi), un centro social, un distrito socio sanitario de base, un lugar de encuentro para jóvenes y ancianos26.
Por lo demás, las peticiones no eran hechas a título personal, sino junto con la gente de Brancaccio. Su “regla de oro” consistía en el actuar juntos, y la proponía a todos: “si todos hacen algo, se puede hacer mucho”27. Tal propuesta era una revolución, porque enseñaba a los ciudadanos a ser libres y unidos para reivindicar los propios derechos. “No fue el que haya recibido a los jóvenes, a los adolescentes y niños de la parroquia la causa del asesinato mafioso del P. Puglisi, sino su espíritu de libertad y de insubordinación al poder de Cosa nostra”28. Un espíritu que es el corazón de la enseñanza del evangelio29.
Los maestros de un párroco
¿Quiénes son los inspiradores del P. Puglisi? Si en primer lugar – como se ha dicho – está el Evangelio, es necesario recordar otra figura de sacerdote que ciertamente ha desempeñado un papel no marginal en su formación: don Lorenzo Milani. Lo que une a los dos personajes, que tal vez nunca se conocieron, es su libertad e independencia. Don Milani, en los años sesenta y setenta, se había constituido con sus libros un punto de referencia para los jóvenes de entonces. Ya “Experiencias pastorales”, de mayo de 1958, no obstante la escasa difusión inicial, conoció un éxito notable después de la disposición del Santo Oficio de retirarlo del comercio. Después, “La obediencia no es más una virtud”, de 1965, sacudió el ambiente eclesiástico italiano, y finalmente la “Carta a una maestra”, de 1967, llegó a ser en la protesta del ’68 el manifiesto de la revolución estudiantil y puso en evidencia el espíritu que animaba al sacerdote30.
El P. Puglisi, siendo asistente de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana), hablaba a los estudiantes de la figura de don Milani, que formaba a los jóvenes para ser ciudadanos responsables. Su temple de hombre libre, de cristiano no dado a los compromisos, de párroco dedicado al bien de los propios fieles tiene un modelo preciso de sacerdote de la Toscana. Por lo demás, el P. Pino era todavía más libre que el prior, el cual había sido enviado a Barbiana para ser de algún modo marginado. Desde entonces don Milani había tenido un papel decisivo en la historia de la democracia italiana por la aprobación de la objeción de conciencia, por la no violencia, por la reforma de la escuela secundaria. El P. Puglisi tenía delante de sí un ejemplo clarísimo al cual conformarse.
En su formación juegan también un papel decisivo el Vaticano II y el nuevo espíritu que el Concilio inculcaba en los sacerdotes. El P. Pino había sido ordenado presbítero en 1960, mientras que desde 1958 el Papa Juan XXIII había abierto una nueva etapa en la Iglesia y reanimaba el desafío misionero. El “aggiornamento”, la nueva evangelización, el diálogo con los lejanos, se enraizaban en los sacerdotes de Palermo. El Concilio modelaba al joven sacerdote31. Además, el ser “Iglesia pobre y para los pobres”32 era un ideal concreto que él ponía en práctica ya desde la primera encomien presbiteral en Settecannoli, un barrio de casuchas, construido sobre los escombros de los bombardeos de la guerra: aquí está el primero de los empeños en una serie de peticiones al Municipio para proveer a los servicios esenciales a una comunidad abandonada.
Después fue transferido a Godrano, a unos 40 km de Palermo, en donde el P. Pino encontró el movimiento franciscano “Presencia del Evangelio”, poco conocido en el resto de Italia pero muy activo en Sicilia, que se proponía de llevar, mediante los laicos, el anuncio del evangelio a las personas sencillas. De aquí el amor por la Palabra de Dios, “aquel fermento nuevo que obra en lo secreto de cada uno, y después, no se sabe cuando, ni cómo, da fruto”33. Godrano es sólo un pequeño pueblo de campesinos, pero marcado por conflictos familiares que habían cosechado muchas víctimas (entre los años cincuenta y sesenta: 15 homicidios). Fue tal vez este el primer encuentro cercano con el mundo mafioso.
El P. Puglisi, hombre de reconciliación, quiso estar presente en un contexto herido por venganzas y homicidios: supo estar cerca de las personas, supo comunicarse con ellas, supo hablarles del Señor. El pueblo es su misión, donde él vive el empeño pastoral realizando el Concilio: “El Vaticano II ha hecho redescubrir algunas verdades fundamentales : la vocación […] del hombre es la comunión con Dios, con un Dios que es amor y está lleno de ternura […] Este fuerte mensaje lo hemos redescubierto con el Concilio junto con tantas otras cosas, por ejemplo el redescubrimiento de la comunidad, de ser todos nosotros Iglesia”34. El evento conciliar constituye “la llave de oro que permite entrar en la vida y en el martirio del Padre Puglisi”35.
El trabajo por los jóvenes culminó finalmente entre los muchachos de Brancaccio, en donde en 1990 fue llamado a ser el párroco. La encomienda marcaba una etapa fundamental en la vida del Padre Pino: Brancaccio es su barrio, donde había nacido en una familia pobre, había vivido los años juveniles y madurado su vocación al sacerdocio. El trabajo del sacerdote hacía precario e inestable el muro de silencio y violencia que desde hacía mucho tiempo tenía ligada a la gente a las prácticas mafiosas.
«Personalismo, cultura y Evangelio: una mezcla que el P. Puglisi no elaboraba sentado en la mesa, en los encuentros eclesiásticos o en los institutos de investigación, sino en la calle, en los callejones, luchando cerca de las familias para reivindicar el derecho a la casa y permaneciendo junto a las condiciones humanas frecuentemente degradantes»36. Él era también un hombre de cultura, un intelectual, pero listo para ensuciarse las manos en medio de su pueblo, con un programa concreto: “No seremos nosotros quienes cambiarán el barrio. Esta es una ilusión que no podemos permitirnos… Pero nuestras iniciativas deben ser un signo”37.
El «Caso Puglisi»
El asesinato del P. Puglisi, si bien fue claramente la muerte de un mártir, no fue inmediatamente comprendido en su valor espiritual: prevalecieron las interpretaciones, pobres y reductivas.
Dado que el párroco de San Gaetano no era muy conocido fuera del barrio, una interpretación tendía a situar la figura del sacerdote en su ambiente, y por lo tanto a relegarlo en el olvido; la otra por el contrario miraba a hacer el ícono de una “estampa” y a colocarlo en la galería de los beatos y santos, y por lo tanto a alejarlo de la gente común38. Las dos interpretaciones no permitían tomar el valor del testimonio del sacerdote e impedían sacar a la luz lo esencial, esto es, el desafío y la profecía que surgían de aquel referido homicidio.
Desafío en primer lugar para la Iglesia, después para los jóvenes, para la cultura, para la ciudad, para la política. El Evangelio lleva a amar a los enemigos. Y el P. Pino los invitaba a venir a la Iglesia, a dialogar, a decir sus razones y no solo a asesinar… Él no quería tanto convertir a los mafiosos, cuanto a invitar a todos a solidarizarse, a ayudarse, a buscar el bien del barrio.
La profecía por el contrario es aquella que nace del mandamiento “No matarás”: «Después de Jesús se puede cambiar el planteamiento y preguntarse el porqué del no matarás […] Y confrontarlo con la enseñanza de Jesús, aquella “nueva”, la última, aquel testamento de la Última Cena; aquel positivo del “Ámense como yo los he amado” […] Por que la vida se da, no se quita. La novedad del mandamiento de Jesús es el don, el dar, la gracia: no la prohibición del matar. Lo que debe distinguir la vida y el estilo cristianos no es la prohibición, sino el amor “puro”, aquel sin condiciones que no busca recompensa. La prohibición, por sí misma, no habla al corazón, es pobre […] Es estrecha y paraliza […] Es más evangélico (hace conocer mejor a Dios y a Jesucristo) anunciar a la ciudad que don Pino ha donado la vida al modo de Jesús […] Sólo el dar (también la vida) es cristiano y nunca el quitar (especialmente la vida)»39.
Finalmente, la debilidad de la mafia, que destaca en el sacrificio del P. Puglisi. El mundo mafioso tiene en sí una enfermedad antigua y moderna del hombre, aquella de creer que el “poder” haga “omnipotentes”. Hoy, más que en el pasado, tal poder se ha consolidado por el dinero que las bandas mafiosas extorsionan y reinvierten por todas partes. No es casual que quien ordenó el asesinato del sacerdote, Giuseppe Graviano, tuviera el sobre nombre de “Madre naturaleza”, como si todo dependiera de él, en particular el bien y el mal en Brancaccio. Si tal omnipotencia hace más despiadados, revela también la vulnerabilidad que corroe el mundo criminal. El P. Puglisi era molesto porque testimoniaba la cercanía a los pobres y a los jóvenes sin trabajo, pero no tenía poder: “Hacer matar a un hombre desarmado es una prueba de debilidad y, en el fondo, de impotencia […] Cristo se había rendido por los pobres y había muerto como uno de ellos”40. Así, “Madre naturaleza” era derrotado por el Evangelio, por aquella fuerza que se revela en quien no confía en el poder, sino en la impotencia de la cruz que salva.
La última predicación
El 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Cruz, el P. Pino celebró la Misa en la “Casa de la Virgen del Refugio”, donde se asistía a algunas jóvenes madres. En la homilía explicó porqué Jesús suda sangre: “Cuando tenemos miedo o experimentamos una sensación intensa de calor, saltan las contracciones bajo la piel […] y hacen salir el sudor. Pero cuando las contracciones son más fuertes, porque el miedo se ha hecho angustia insoportable, se rompen los capilares. He aquí porqué se dice que Jesús sudó sangre… sudó sangre por el miedo humano del dolor que le esperaba. Y esto lo hace sentir más fuerte como hermano. En esto hemos conocido el amor de Dios: él ha dado la vida por nosotros y también nosotros debemos dar la vida por el hermano. Es muy difícil morir por un amigo, pero morir por los enemigos es todavía más difícil. Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos sus enemigos. Dios permanece siempre cerca de nosotros, es la constancia del amor hasta el extremo del límite, es más, sin límite. ¡He aquí el motivo de nuestra alegría!”41.
El P. Pino era consciente, por las intimidaciones y amenazas, que antes o después le habría de tocar también a él dar la vida. No sabía que esto habría de acaecer apenas 24 horas después. Pero su muerte ha sido al mismo tiempo una semilla de resurrección para el barrio de Brancaccio, para Palermo, para nuestro país y para toda la Iglesia.
Es necesario también recordar – lo ha hecho notar el agente del Ministerio Público Lorenzo Matassa – que ni la Diócesis, ni la Parroquia, ni el Municipio, ni el Centro Social “Padre nuestro” se constituyeron en parte civil: “La lucha a la mafia así como los procesos contra ella deben ser actos conjuntos. Por esto afirmo que la justicia no es solamente la verdad, sino también participación humana, es implicación, es empeño civil continuo y de todos […] Y primero entre todos aquellos que tienen el deber moral y jurídico de la participación porque son solo ellos que pueden dar voz a quien nunca podrá tenerla. Ha sido dicho por el sucesor de don Pino Puglisi que la Iglesia no se ocupa de la responsabilidad penal de los hombres sino de su destino supra terrenal. Nada más errado, nada más injusto para la memoria de don Pino Puglisi, que a esta pobre y maltratada humanidad de Brancaccio había buscado de dar el “pan de cada día”, pero también aquel material como acto de caridad y justicia»42.
Las palabras del agente del Ministerio Público indican el empeño de saber participar en la vida sufrida del pueblo (que es lo contrario del populismo), porque es la participación real y afectiva, si bien dolorosa.
* * *
En el 25 aniversario del martirio del P. Pino Puglisi, el Papa Francisco visitará el barrio Brancaccio, la Iglesia de San Gaetano, donde fue párroco, y la plazuela Anita Garibaldi, donde fue asesinado. El Papa pretende recordar a un Párroco santo y al mismo tiempo hacer un tributo a la misión de un sacerdote que ofreció la vida por amor. Con ocasión de la beatificación, él dijo: “Don Puglisi ha sido un sacerdote ejemplar, dedicado especialmente a la pastoral juvenil. Educando a los jóvenes según el Evangelio, rescatándolos de la mala vida, y así ésta buscó derrotarlo, matándolo. En realidad, es él quien ha vencido, con Cristo resucitado”43.
- En La Civiltà Cattolica 2018 III 298 – 310 | 4035 – 4036 (4 ago/1 set 2018). Traducción Pbro. Filiberto Cruz Reyes. ↩︎
- «Padre Puglisi», en www.beatopadrepuglisi.it/2014/08/un-blog-per-ricordare-e-far-conoscere/; F. Deliziosi, Pino Puglisi, il prete che fece tremare la mafia con un sorriso, Milano, Rizzoli, 2014; Id., Don Pino Puglisi. Se ognuno fa qualcosa si può fare Molto. Le parole del prete che fece paura alla mafia, Milano, Rizzoli, 2018. ↩︎
- F. Deliziosi, Don Pino Puglisi…, op. cit., 53 ss. La afirmación es de Mons. Vincenzo Bertolone, el postulador de la causa de beatificación. ↩︎
- Giuseppe Puglisi nació en Palermo, en Brancaccio, el 15 de septiembre de 1937, en una familia modesta: su padre era zapatero y su madre costurera. A los 16 años entró al seminario y se ordenó sacerdote el 2 de julio de 1960. Su primera misión fue de Vicario en la Parroquia del Santísimo Sacramento en Settecannoli, en los límites con Brancaccio; después Rector de la Iglesia de San Juan de los leprosos, Capellán del orfanatorio “Roosevelt” y Vicario de la Parroquia María Santísima de la Asunción en Valdesi. De 1970 a 1978 fue párroco en Godrano. Desde 1979 desempeñó diversos oficios: Pro Rector del Seminario Menor, Director del Centro Diocesano para las Vocaciones y desde 1990, párroco de Brancaccio. De 1978 a 1993 enseñó religión en el Liceo clásico Vittorio Emanuele II de Palermo. Fue animador de diversos Movimientos (Acción Católica, Fuci, Èquipes Notre Dame) y desde 1990 se ocupó de la “Casa Madonna dellàccoglienza” y de la “Opera pia del Cardinale Ruffini” para jóvenes madres en dificultad (cfr. F. Occhetta, “Don Pino Puglisi, il martire di Brancaccio”, en Civ. Catt. 2003 III 66-74). ↩︎
- Testimonio del asesino: Cfr. F. Deliziosi, Se ognuno fa qualcosa…, op. cit., 36 ss., V. Bertolone, Padre Pino Puglisi beato. Profeta e martire, Cinisello Balsamo (Mi), San Paolo, 2013, 125; E. A. Mortellaro – C. Aquino, Padre Pino Puglisi il samurai di Dio, Trapani, Il pozzo di Giacobbe, 2013, 40. ↩︎
- E. A. Mortellaro – C. Aquino, Padre Pino Puglisi…, op. cit., 159. ↩︎
- V. Bertolone, Padre Pino Puglisi beato…, op. cit., 125. ↩︎
- Ibi. ↩︎
- Ibi. 142. ↩︎
- Ibi. 84. ↩︎
- Ibi. ↩︎
- M. Lancisi, Don Puglisi. Il Vangelo contro la mafia, Milano, Piemme, 2013, 33. ↩︎
- Cfr. el elenco de los sacerdotes víctimas de la mafia en I. Sales, «Martire civile e martire cristiano: per Gesù c’è differenza?», en Segno 345/346 (2013) 110 ss. ↩︎
- N. Fasullo, «Giuseppe Puglisi, un santo necessario voluto da Dio», Ibi, 11 ss. ↩︎
- V. Ceruso, Don Pino Puglisi. A mani nude, Cinisello Balsamo (Mi), San Paolo, 2012, 69. ↩︎
- Id. Le sagrestie di Cosa Nostra. Inchiesta su preti e mafiosi, Roma, Newton Compton, 2007, 193. ↩︎
- Cfr. F. Renda, Storia della Mafia, Palermo, Sigma, 1998, 413; A. M. Banti, L’età contemporanea. Dalla Grande Guerra a oggi, Roma – Bari, Laterza, 2009, 402 ss. Después de las masacres de Capaci y de la avenida Amelio (de los jueces Falcone y Borsellino) de 1992, la mafia continuó los atentados en 1993 (al periodista Beppe Alfano; la masacre de cinco muertos y 40 heridos en avenida de los Georgofili en Florencia; de 5 víctimas en Milán; los tres atentados en Roma, sin víctimas: y finalmente aquel del P. Puglisi). ↩︎
- Cfr. F. Deliziosi, «3P» Padre Pino Puglisi. La vita y la pastorale del prete ucciso dalla mafia, Milano, Paoline, 1994. En la catedral de Palermo algunos carteles hacen memoria del mártir: uno de estos explica el significado de «3P». ↩︎
- M. Badalamenti, Martire oggi. Una testimonianza d’amore. Padre Giuseppe Puglisi, Palermo, Presenza del Vangelo, 2001, 133. ↩︎
- Se subraya el significado del nombre del centro “Padre nuestro”: “porque de la oración, y en particullar de esta oración, brotaba su empeño concreto a favor de los hermanos: ser siervo por amor, como Cristo”. (E. A. Mortellaro – C. Aquino, Padre Pino Puglisi…, op. cit., 148). ↩︎
- G. Porcaro, «Padre Pino Puglisi. Il sorriso del martire», en F. Malgeri et al., Sud profetico. Chiesa italiana e mezzogiorno. Padre Pino Puglisi, don tonino Bello, don Italo Calabrò, don Peppe Diana, Roma, Studium, 2015, 198. ↩︎
- V. Ceruso, Le sagrestie di Cosa Nostra…op. cit. 195. ↩︎
- En Brancaccio, entre 1981 y 1984, se habían cometido 154 homicidios por la mafia (cfr. P. Toro, “Brancaccio, diario di un impegno”, en P. Toro – N. Vara, Palermo nel gorgo. L’autunno della politica e la scelta di don Puglisi, con prefacio de G. Notari S. I., Palermo, Istituto Poligrafico Europeo, 2015, 76). El barrio era además la base logística de la lucha armada contra el Estado, que se manifestaba en una serie de atentados en Palermo, Milán, Roma, Florencia; ahí se custodiaron los explosivos para la masacre de Capaci y de la calle D’Amelio; ahí se escondían los fugitivos peligrosos y de ahí partían también las primeras tentativas de acuerdos entre el Estado y la mafia (cfr. ibi, 58). ↩︎
- N. Fasullo, «Giuseppe Puglisi, un santo necesario voluto da Dio», op. cit., 12. ↩︎
- Cfr. F. Palazzo – A. Cavadi – R. Cascio, Beato fra i mafiosi. Don Puglisi: storia, metodo, teologia, Trapani, Di Girolamo, 2003, 21 ss. ↩︎
- Ibi. 42. ↩︎
- Ibi, 62. La propuesta ha dado título al volumen de F. Deliziosi, Se ognuno fa qualcosa si può fare molto…, op. cit., 26; 64. ↩︎
- N. Fasullo, «Giuseppe Puglisi, un santo necesario voluto da Dio», op. cit., 13. ↩︎
- El Padre Pino lo resumía también con la exhortación: “No te preguntes qué cosa puedes tomar de la vida, sino qué cosa puedes dar a la vida” (E. A. Mortellaro – C. Aquino, Padre Pino Puglisi…, op. cit., 78). ↩︎
- N. Fasullo, «Giuseppe Puglisi, un santo necesario voluto da Dio», op. cit., 13; Las obras de don Milani están compendiadas en L. Milani, Tutte le opere, a cura de F. Ruozzi – A. Canfora – V. Oldano – S. Tanzarella, con la dirección de A. Melloni, Milán, Mondadori, 2017. ↩︎
- Cfr. F. Deliziosi, «3P» Padre Pino Puglisi…, op. cit., 52-59; F. Deliziosi, Se ognuno fa qualcosa…, op. cit. 185-190; 432-438. ↩︎
- Cfr. C. Lorefice, La compagnia del Vangelo. Discorsi e idee di don Pino Puglisi a Palermo. Reggio Emilia, Ed. San Lorenzo, 2014, 47 ss. La expresión se remonta al Concilio, Lumen gentium, n. 8, y ha sido retomada por el Papa Francisco, en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 198. ↩︎
- E. A. Mortellaro – C. Aquino, Padre Pino Puglisi…, op. cit., 46. ↩︎
- Citado por C. Lorefice, La compagnia del Vangelo…, op. cit., 31; cfr. también G. Bellia, Il prete che seminava speranza. La storia semplice di padre Puglisi martire, Trapani, Il Pozzo di Giacobbe, 2013, 65. ↩︎
- N. Fasullo, «Giuseppe Puglisi, un santo necesario voluto da Dio», op. cit., 18. El mismo año de la muerte fue calificado así: «Me gusta recordarlo como un sacerdote “conciliar”, no como un sacerdote antimafia» (G. Ribaudo, “Preti antimafia? In memoria di Padre Pino Puglisi”, en Orientamenti pastorali 41 [1993] 11; 9). ↩︎
- V. Ceruso, Le sagrestie di Cosa Nostra…op. cit. 184. ↩︎
- P. Toro, “Brancaccio, diario di un impegno”, op. cit. 85. F. Deliziosi, Se ognuno fa qualcosa…, op. cit. 59. ↩︎
- Cfr. N. Vara, “Un nostalgico amarcord”, en P. Toro – N. Vara, Palermo nel gorgo. L’autunno della politica e la scelta di don Puglisi, op. cit., 27. ↩︎
- N. Fasullo, «Giuseppe Puglisi, un santo necesario voluto da Dio», op. cit., 16 ss. ↩︎
- I. Romero, “La vicinanza e la differenza”, en Segno 345/346, op. cit., 110. ↩︎
- G. Porcaro, «Padre Pino Puglisi. Il sorriso del martire», op. cit. 213 ss; cfr. también C. Lorefice, La compagnia del Vangelo…, op. cit. 160; F. Deliziosi, Se ognuno fa qualcosa…, op. cit. 31. ↩︎
- F. Palazzo – A. Cavadi – R. Cascio, Beato fra i mafiosi…, op. cit. 26. ↩︎
- F. Deliziosi, Se ognuno fa qualcosa…, op. cit. 52. ↩︎