Hermanos en la Esperanza

A la memoria de Catalina y José Faustino,

papás del Padre Nuyín.

Estimado Padre Nuyín:

El domingo pasado, 24 de Agosto, cerca de la hora Nona recibíamos la noticia de la muerte de tu Sra. Madre, Doña Catalina. Era el día del Señor, de la memoria de su Resurrección; y era cerca de la hora en que conmemoramos su muerte. Dos grandes signos del amor de Dios para tu familia: la hora y el día, hora de la muerte y día de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por el bautismo tu mamá fue incorporada al misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. La resurrección es el centro de nuestra fe, en las Misas de la tarde del domingo pudimos ofrecer la vida y muerte de tu mamá como ofrenda agradable a Dios; te presentamos a ti, a quien tu madre ya había presentado como ofrenda al Señor el día de tu Ordenación sacerdotal.

 El lunes no pude acompañarte a la Misa exequial pues como sabes, junto con un grupo de hermanos sacerdotes iniciábamos nuestros ejercicios Espirituales, en la Casa del Buen Pastor, lugar en donde se materializa un sueño largamente acariciado por el presbiterio y demás fieles de la Diócesis y puesto en marcha por Don Fidencio López Plaza, nuestro X Obispo de Querétaro: un lugar donde puedan reunirse los hermanos para de modo especial celebrar la Eucaristía y pensar dialogando en Dios y con Él. Por la tarde celebramos la Santa Misa por tu mamá y tu familia.

Hoy por la mañana recibimos la noticia del deceso de tu papá, Don José Faustino. ¡Que momento tan fuerte vives con tu familia! Has madurado y envejecido de algún modo en cuatro días, la muerte de tus padres te recuerda lo que ya eres y ellos cultivaron con fatigas y con fe: un presbítero (anciano). Eres maduro y experto en esperanza; recuerda que estamos en el Año Jubilar de la Esperanza.

El tema de nuestro Retiro es: “EL SACERDOTE ES SIGNO DE ESPERANZA PARA SUS HERMANOS” y se inspira en un texto de Pedro, que como epígrafe dice: “¡Que santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes, esperando y acelerando la venida del Día del Señor!” (2 Pe 3, 11-12).

Hermano, eres presbítero de la Santa Iglesia, y como tal Dios te da la fuerza para ser signo de esperanza en medio de nosotros en este momento de dolor humano y que se ilumina con el dolor divino de Jesucristo crucificado.

Hoy celebramos la memoria litúrgica de Santa Mónica, la santa que dio a luz a otro santo, presbítero y Obispo: Agustín, cuya memoria litúrgica celebraremos mañana, en el día de las exequias de tu madre. Recuerda también que nuestro amado Papa León es hijo espiritual de Agustín.

Ya lo has hecho y tendrás tiempo de reflexionar sobre el papel de tus padres en tu vocación sacerdotal. El santo de Hipona al recordar a Mónica le describió sobre todo como madre, maestra de fe y mujer de paz (cfr. Ronzani, R; Madre, maestra di fede e donna di pace. Istruita dal Maestro interiore nella scuola del cuore. L’Osservatore Romano, 27 agosto 2025, p. 7). En el De beata vita (De la vida feliz) expresa: “Estaban allí -y no me avergüenzo de mencionarlos por sus nombres- en primer lugar mi madre, a cuyos méritos debo lo que soy” (I, 6). Habla de la época en que maduró su conversión que a la postre le llevó al bautismo, la vocación a la vida ascética, la decisión de volver a África para vivir los ideales evangélicos y dedicarse a la búsqueda de Dios.

San Agustín en el De ordine II (El orden) explica el papel de la madre en la conversión: “Para lograr esto, hay que dedicarse con todas las veras del entusiasmo al ejercicio de una vida virtuosa. Es condición para que nos oiga Dios, pues a los que viven bien los oye con agrado. Reguémosle, pues, no que nos dé riquezas y honores y otras cosas caducas y pasajeras, a pesar de toda nuestra oposición, sino que nos colme de bienes que nos mejoren y hagan dichosos. Para que se cumplan nuestras aspiraciones, a ti sobre todo, ¡oh, madre!, te encomendamos este negocio, pues creo y afirmo sin vacilación que por tus ruegos me ha dado Dios el deseo de consagrarme a la investigación de la verdad, sin preferir nada a este ideal, sin desear, ni pensar, ni buscar otra cosa. Y mantengo la confianza de que esta gracia tan grande, cuyo deseo arde en nosotros por tus méritos, la hemos dé conseguir igualmente con tus ruegos” (20, 52). Ahora la voz de tu madre resonará con mayor fuerza, sobre todo en esos momentos difíciles, de tormenta humana; escucha sus perennes enseñanzas.

En su De dono perseverantiae (Del don de la perseverancia), al hablar de su libro de las Confesiones San Agustín refiere: “De todos mis libros, el de las Confesiones es el más divulgado y el que mayor aceptación ha tenido […] donde narro mi conversión, obra de Dios, a esta fe que con miserable y furiosa locuacidad combatía, ¿no recordáis que al narrarlo manifesté bien claramente que lo que evitó mi perdición fueron las ardientes súplicas y las fieles y cotidianas lágrimas de mi buena madre?” (20, 53).

San Agustín guardó en su corazón el final de los días de su madre sobre esta tierra y nos lo comparte en el libro de Las Confesiones: “No recuerdo yo bien qué respondí a esto; pero sí que apenas pasados cinco días, o no muchos más, cayó en cama con fiebres. Y estando enferma tuvo un día un desmayo, que dando por un poco privada de los sentidos. Acudimos corriendo, mas pronto volvió en sí, y viéndonos presentes a mí y a mi hermano, nos dijo, como quien pregunta algo: «¿Dónde estaba?». Después, viéndonos atónitos de tristeza, nos dijo: «Enterráis aquí a vuestra madre». Yo callaba y frenaba el llanto, pero mi hermano dijo no sé qué palabras, con las que parecía desearle como cosa más feliz morir en la patria y no en tierras tan lejanas. Al oírlo ella, le reprendió con la mirada, con rostro afligido por pensar tales cosas; y mirándome después a mí, dijo: «Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis» (IX, 11, 27).

En esta noche de la Pascua de tu padre lo recordamos juntamente con tu madre ante el altar del Señor.

Padre Nuyín, te invito a que recuerdes la profesión de fe de Pablo y que le costará la vida: “Y si ahora estoy aquí procesado es por la esperanza que tengo en la Promesa hecha por Dios a nuestros padres, cuyo cumplimiento están esperando nuestras doce tribus en el culto que asiduamente, noche y día, rinden a Dios. Por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos. ¿Por qué tenéis vosotros por increíble que Dios resucite a los muertos? (Hch 26, 6-8).

Tu hermano en el Ministerio:

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

Amealco, Qro. México

27 de Agosto de 2025. Aniversario de mi Bautismo

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