En la develación del retrato del Pbro. Lic. Saúl Ragoitia Vega
A la memoria de Arnulfo Ragoitia Rivera y Francisco Cruz Valencia

En 2018 en su documento “Proyecto global de Pastoral. 2031-2033”, los obispos de México, en el número 20 han afirmado:
“Los Obispos que servimos a esta amada nación mexicana, estamos convencidos de que la humanidad vive en este momento, un verdadero y profundo cambio de época con diferentes matices, como un extraordinario giro histórico que se percibe en todos los campos de la vida humana, arrastrado por un desarrollo científico, innovaciones tecnológicas sorprendentes y sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida (cfr. EG 52). De igual forma, nos preocupa el arribo de esta nueva cultura que desdibuja y mutila la figura humana, y es aquí donde se encuentra el corazón de la profunda transformación que se está dando y lo que nosotros identificamos y llamamos como el núcleo cultural fundamental: ¡la negación de la primacía del ser humano! (cfr. EG 55), es decir, nos encontramos ante una profunda crisis antropológico-cultural”.
Por otra parte, los grandes momentos de crisis, si son vistos con fe, han provocado en la Iglesia búsqueda de respuestas para hacerles frente a los grandes desafíos y buscar correctas soluciones. Así, se expresa en la conocida frase agustiniana (Sermón 43, 4) y posteriormente desarrollada por San Anselmo de Canterbury: “Crede, ut intellegas”, “cree para que entiendas”.
Ya nos recordaba el Beato Antonio Rosmini en su libro “Las cinco llagas de la Santa Iglesia. Tratado dedicado al clero católico” (escrita en 1832 y publicada en 1848), la experiencia de la Iglesia en el formar a los futuros sacerdotes: “En los primeros siglos, la casa del obispo era el seminario de los sacerdotes y diáconos. La presencia y la vida santa de su prelado, resultaba ser una lección candente, continua, sublime, en la que se aprendía conjuntamente la teoría en sus doctas palabras y la práctica en sus asiduas ocupaciones pastorales”.
En su momento dedicó “La llaga de la mano derecha de la santa Iglesia: la insuficiente educación del clero” a reflexionar sobre la crisis formativa de los futuros sacerdotes de su tiempo. Ahí se lamenta entre otras cosas de la siguiente manera:
“¡Por dónde se empezará a instruir y formar un verdadero y noble pensar sacerdotal con alumnos que se acercan a la escuela de la Iglesia tan desmantelados! Despojados de las primeras nociones que deberían suponerse adquiridas y de las que la educación eclesiástica no debería ser otra cosa que un desarrollo progresivo, no tienen ni idea de lo que significa ciencia del sacerdote, no saben lo que quieren al desear llegar a ser sacerdotes y no saben qué emprenden al entrar en la escuela del santuario…
Ya que no se puede edificar donde no hay terreno firme, máxime tratándose de una doctrina como la del sacerdote católico que antes supone necesariamente al cristiano, ya que el estado de cristiano viene a ser como el primer grado del sacerdocio”.
Y deplorando la deficiente formación cristiana agrega crudamente sobre las posibles consecuencias de una formación sacerdotal deficiente: “Tales ministros de espíritu raquítico, de mente engreída, son los que más tarde, cuando son adultos, sacerdotes y cabeza de las iglesias, educan a otros sacerdotes que resultan todavía más flacos y mezquinos que ellos”.
Frente a tal escenario afirma: “No hay duda de que sólo los grandes hombres pueden formar a otros grandes hombres. Y éste era precisamente el valor de la educación antigua de los sacerdotes, dirigida como era por los mas grandes hombres que tuviera la Iglesia”.

Así percibía Rosmini algunas realidades de su tiempo en cuanto a la formación de los futuros sacerdotes, si bien es cierto que ya el concilio de Trento había discernido como una de las respuestas a la Reforma propuesta por Lutero (1517) algunas iniciativas que fueron de gran novedad, como lo fue la creación de los Seminarios. En efecto, en la Sesión XXIII (15 de julio de 1563) en el Canon XVIII se puede leer:
“Dado que la juventud, a menos que sea debidamente educada, es propensa a seguir los placeres del mundo; y a menos que sea formada, desde sus tiernos años, en la piedad y la religión, antes de que los hábitos del vicio se hayan apoderado de todo el hombre, nunca perseverará perfectamente, y sin la mayor y casi especial ayuda de Dios Todopoderoso, en la disciplina eclesiástica; el santo Sínodo ordena que todas las catedrales, iglesias metropolitanas y otras iglesias mayores que estas, estarán obligadas, cada una según sus medios y la extensión de la diócesis, a mantener, educar religiosamente y formar en la disciplina eclesiástica a un cierto número de jóvenes de su ciudad y diócesis, o, si ese número no se puede reunir allí, de esa provincia, en un colegio que será elegido por el obispo para este propósito cerca de dichas iglesias, o en algún otro lugar apropiado […] El obispo, habiendo dividido a estos jóvenes en tantas clases como considere conveniente, según su número, edad y progreso en la disciplina eclesiástica, asignará, cuando lo considere oportuno, a algunos de ellos al ministerio de las iglesias, mientras que a los demás los mantendrá en el colegio para su instrucción; y sustituirá a los que se retiren, con otros, para que este colegio sea un seminario perpetuo de ministros de Dios”.
Si bien el Concilio de Trento no habla de la figura del Rector como hoy lo conocemos, experiencias de Iglesias y Concilios ya hablaban de figuras como «praepositus», «bonus pater», «probatissimus senior»a quienes se les encomendaba la educación de los jóvenes que aspiraban al sacerdocio.
Será la práctica de la Iglesia y posteriores documentos pontificios que irán delineando las normas del Concilio de Trento. Entre los grandes personajes que dieron forma a la figura del Rector del Seminario será San Carlos Borromeo con sus Institutiones ad universum Seminarii regimen pertinentes, en la cual describe a la perfección la figura del Rector del Seminario (1599).
Pasarán tres siglos y medio para que con la llegada del Código de Derecho Canónico se haga como una síntesis de la doctrina surgida de la experiencia, misma que se espresa de la siguiente manera:
Canon 1358: “Se ha de procurar que en todos los Seminarios haya un rector para la disciplina, profesores para la instrucción, ecónomo para administrar los bienes temporales, distinto del rector; dos confesores ordinarios, por lo menos, y director espiritual”.
En el canon 1360 § 2 se afirma: “En el ejercicio de sus cargos deben todos obedecer al rector del Seminario”.
Así mismo, el canon 1369 § 1 “El rector del Seminario, y bajo su autoridad todos los otros directores, deben procurar que los alumnos observen con exactitud los estatutos aprobados por el Obispo y el reglamento de estudios y se penetren de un espíritu verdaderamente eclesiástico”.
Llegó después el Concilio Vaticano II, en donde con el Decreto Optatam totius, Sobre la formación sacerdotal, se puede leer sobre el hapax de Rector: “Adviertan bien los superiores y profesores que de su modo de pensar y de su manera de obrar depende en gran medida el resultado de la formación de los alumnos; establezcan bajo la guía del rector una unión estrechísima de pensamiento y de acción, y formen con los alumnos tal familiar compenetración que responda a la oración del Señor «que sean uno», e inspire a los alumnos el gozo de sentirse llamados” (n. 5).
En el Código de Derecho Canónico de 1983, la figura del Rector del Seminario aparece principalmente en el Libro II “Del pueblo de Dios”: es el representante del Seminario (c. 238 § 2), debe existir en cada Seminario (c. 239 § 1), los demás directivos, los profesores e incluso los alumnos del Seminario participan de la responsabilidad del Rector según los estatutos (239 § 3), al realizar sus tareas propias todos deben obedecer al rector según el Plan de formación sacerdotal y el reglamento del seminario (c. 260), al rector le corresponde que los alumnos cumplan las normas del Plan de formación sacerdotal y el reglamento del seminario (c. 261 § 1), al rector y al director de estudios corresponde que los maestros cumplan su tarea según las normas ya dichas (c. 261 §2), es el rector quien realiza las funciones de párroco para todos los que están en el seminario (c. 262), el rector del seminario lo es también de la iglesia aneja al seminario a no ser que el obispo diocesano disponga otra cosa (c. 557 § 3).
Después Pastores davo vobis (25 de marzo de 1992) afirma que:
“Los Obispos, junto con los rectores y directores espirituales de los seminarios, establezcan principios, ofrezcan criterios y proporcionen ayudas para el discernimiento en esta materia. Son de máxima importancia para la formación de la castidad en el celibato la solicitud del Obispo y la vida fraterna entre los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa de formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna ambigüedad y de forma positiva” (n. 50)
“El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida de la Iglesia; en él el Obispo se hace presente a través del ministerio del rector y del servicio de corresponsabilidad y de comunión con los demás educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los alumnos” (n. 60).
“La comunidad educativa del Seminario se articula en torno a los diversos formadores: el rector, el director o padre espiritual, los superiores y los profesores. Ellos se deben sentir profundamente unidos al Obispo, al que, con diverso título y de modo distinto representan, y entre ellos debe existir una comunión y colaboración convencida y cordial”. (n. 66).
Nuestra intención es tomar conciencia de la importancia del oficio eclesiástico del Rector del Seminario, intentando hacer un retrato, que un su sentido etimológico puede significar “reducir, abreviar”, así como “sacar de nuevo a la luz y hacer revivir cualquier cosa”.
Rector proviene del latín rego, regis, rexi, rectum, regere, que significa dirigir, guiar, conducir o gobernar.
Para Santo Tomás de Aquino Rector alude principalmente a la idea de gobierno que para él es “mover a algunos hacia su debido fin: así como el marino gobierna la nave dirigiéndola hacia el puerto (“movere aliquos in debitum finem: sicut nauta gubernat navem ducendo eam ad portum”; Suma Teológica (II-II, q. 102, a. 2, ad. 1).
Un “retrato del Rector” evoca pues ir a la historia para mirar su comprención que de esta figura ha tenido la Iglesia, si bien tal vez con otros conceptos; en el fondo evoca sínodo o sinodalidad, es decir, caminar juntos. Esto implica una serie de actitudes de parte del Rector, como dicen textos antiguos: “«…ya que este tipo de cargo y oficio (de Rector) sea considerado (con pleno derecho y merecidamente) como el centro y la cabeza de todo el Instituto Sagrado, del cual fluyen la vida y la acción hacia cada uno de sus miembros”.
El Rector por naturaleza debe tener mente y corazón grandes, para abrazar a todos; espíritu humilde para comprender a todos, fuerza de ánimo para levantar a cada uno; alegría, esa que viene de Dios para aceptar a todos sin prejuicios ni distinción. Es padre por naturaleza: ¿qué buen padre hay que hable mal de sus hijos? ¿o peor aún, que pudiera excluir a uno de su mesa? ¿Acaso el Retor no representa al Obispo y de él dice el Salmo como de Jesucristo y su Iglesia: “Tu esposa, como vid fecunda, dentro de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo, en torno a tu mesa”? [128 (127), 3]. ¿Habrá padre más estulto que ponga a un hijo en contra del otro o que a alguno le prohiba hablarle a su hermano?
La mirada del Rector debe captar el sufrimiento de sus hijos y presentarlo de rodillas ante Dios, pues sólo éste puede sanar y cambiar los corazones. ¿Pues acaso su corazón no debe ser semejante al de Jesucristo que dijo de sus discípulos —nosotros incluidos—: “Y por ellos me santifico (ἁγιάζω) a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad”? (Jn 17, 19).
Por eso afirma un antiguo principio acerca del Rector: «Este Superior, de hecho, ha de ser el futuro padre de todo el colegio, como de una sola familia» («Qui quidem (Superior) futurus est totius collegii tamquam familiae unius pater».
Estimado Padre Saúl Ragoitia Vega, Rector de este nuestro Seminario Conciliar de Querétaro, primogénito de nobles padres eres, de profunda formación cristiana ellos sembraron en tu tierno corazón de niño piedad y sapienza que te llevaron a buscar a temprana edad el discernimiento vocacional sacerdotal. Son ahora ya 30 años de tu ordenación sacerdotal, en el camino has ofrecido ya el alma de tu padre Don Arnulfo en sacrificio santo al Señor. Tu señor padre estudió filosofía y teología en esta misma casa, nuestra casa común. Angelita ha sido madre amorosa infatigable que te ha guiado junto con tus hermnos: Norma, Juan Carlos y Sergio, y hoy aquí presente te ha consagrado nuevamente al Buen Pastor. Yo también he sido objeto de los cuidados amorosos de tus padres, gracias Señor Jesús porque al preguntarte con Pedro: “«Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?” (Mt 19, 27), tú nos has contestado dándonos esta gran familia, multiplicando nuestros padres, madres y hermanos ¡Gracias Señor!
Padre Saúl, la develación de tu retrato nos señala la historia y nos recuerda el peso del testimonio de quienes te han precedido en este oficio de Rector: los últimos cuatro rectores que te preceden viven y continúan en la misión; dos de ellos fueron marcados con el sacramento del Orden en el grado del episcopado, Don Florencio Olvera Ochoa de feliz memoria, quien fuera primero obispo de Tabasco y posteriormente de Cuernavaca. También el hoy Arzobispo emérito de Tulancingo, Mons. Domingo Díaz Martínez, y antes obispo de Tuxpan.
En ellos se cumple el cantico profético de nuestro poeta y Doctor queretano, Pbro. Dr. Salvador Septién, acerca de nuestra alma mater en el Himno compuesto por él:
“Hijos dichosos de varones grandes,
dignos seréis de sus preclaros nombres.
Si sus virtudes emuláis viviendo
siempre por Cristo, siempre por Cristo”.
Que este retrato sea el que inicie la galería de Rectores de nuestro Seminario, para que ésta sea memoria y profecía desde el “solar vetusto”, lugar de la “Fides quaerens intellectum”, «la fe que busca entender”, la fe que nos da luces para afrontar la crisis antropológica de nuestro tiempo.
“¡Somos de Dios, enbriáguenos su caliz!”
En hora buena a todos.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
15 de Octubre de 2026
Seminario Conciiar de Querétaro
Querétaro, Qro. México