Efusión de vida nueva: Pentecostés

       Homilía Domingo de Pentecostés (2, 1-11; Sal 103; 1 Cor 3-7. 12-13; Jn 20, 19-23)

31 de Mayo 2020, en tiempos de pandemia

(Misa celebrada sin la presencia de fieles en el Templo, transmitida por la Radio Top Music)

Se cumplen hoy entre nosotros 73 días de la invitación al confinamiento en casa con motivo de la pandemia. Para muchos hoy será el último día, pues mañana regresarán oficialmente a su trabajo por ser considerado éste esencial.

Era en su origen, judía,  como la fiesta que hoy celebramos. Pero el Espíritu que todo lo renueva la transformó. Ella se llamaba Edith Stein; la fiesta Savuot, en hebreo, conocida como fiesta de la siega (cfr. Ex 23, 16), de las primicias (Nm 28, 26), de las semanas (Dt 16, 10; Ex 34, 22) o conclusión1. Iniciaba un día después de Pascua y duraba cincuenta días. En sus inicios era una fiesta agrícola, más tarde llegó a celebrar también la entrega de la Ley que Dios hizo a Moisés y al pueblo.

Edith nació un 12 de octubre de 1891 en Breslavia, en el Imperio alemán; era la fiesta del Yom Kippur, de las expiaciones. Fue la última de once hijos de una familia judía de fe profunda2. Pronto pierde cuatro hermanos y a su padre, entonces su madre se hace cargo de la familia. De viva inteligencia estudió primero psicología. Confiesa que de los 13 hasta los 21 años le era imposible creer en la existencia de un Dios personal. Se matricula después en filología germánica y en historia. Pero su mayor pasión será la filosofía, disciplina en la que obtiene un doctorado. Trabajó como asistente del famoso filósofo Edmund Husserl, fundador de la fenomenología. 

Con motivo la Primera Guerra Mundial, en 1914, se ofrece como voluntaria en un Hospital (Mährish-Weisskirchen) epidémico, “y con gran caridad cuida de los soldados austriacos enfermos de tifus exantemático, disentería y cólera”3. Ella pues también vivió su pandemia y lo hizo en la primera línea de servicio. 

Por influencia de Santa Teresa de Ávila, al leer su vida, empieza un camino de conversión al cristianismo, hasta que el 1º de Enero de 1922 recibe el santo bautismo en la Iglesia católica. Dedicará varios años a la docencia y a escribir con profundo éxito. Sin embargo después de varios años de tener la intención de entrar al convento de las Carmelitas descalzas y con el acompañamiento de varios directores espirituales, finalmente el 15 de octubre de 1933 entra en el Carmelo de Colonia-Lindenthal4 y toma el hábito el 15 de abril de 19345. Cambió su nombre, según la costumbre, por el de Teresa Benedicta de la Cruz. Para esta época ya había empezado la persecución antisemita de Hitler, por lo que en 1938 la situación es tan insoportable que tiene que abandonar Colonia para irse al Convento de Echt, en Holanda. Sin embargo el 2 de agosto de 1942, es arrestada de improviso por la Gestapo junto con su hermana Rosa, también convertida y también religiosa. Se dice que le escucharon decir a su hermana: “Ven, vayamos, por nuestro pueblo”. Fueron llevadas al campo de concentración de Westerbork, en Holanda. “Y Al amanecer del 7 de agosto sale una expedición de 987 judíos hacia Auschwitz. El 9 de agosto las dos hermanas murieron en las cámaras de gas de Auschwitz”6.

Su confinamiento fue breve, tan solo de unos 7 días, y después alcanzó la libertad eterna. 

En la vida de esta filósofa buscadora de la verdad podemos descubrir cómo Dios le va haciendo recorrer un largo camino hasta llegar al momento de la cosecha, de Pentecostés, que hoy celebramos; su propio pentecostés, y de cuya cosecha seguimos disfrutando los frutos.

En su bautismo, una de sus mejores amigas, la filósofa evangélica Eduvigis Conrad-Martius, será su madrina con licencia del Obispo. A su madre le causó un gran dolor ver a su hija hacerse católica, sin embargo respetó y aceptó su decisión. Mantuvo amistad con muchos judíos y con filósofos ateos después de su conversión. En ella brilla el don de poder ser ecuménica, de permanecer en la unidad por el amor, más que por la forma de pensar; eso es tener el Espíritu de Pentecostés. El Espíritu Santo es invocado en la Eucaristía en dos momentos, llamados epíclesis. El primero para pedirle que venga y transforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El segundo momento es para pedirle que a todos los que compartimos el mismo pan y el mismo vino podamos estar unidos; es decir, el mismo Espíritu que crea la diversidad al repartir distintos dones, es el mismo que mantiene unida a la Iglesia en su diversidad.

Cuando el Espíritu irrumpe en el interior de una persona, la transforma totalmente, le muestra otros caminos, otros estilos de vida. Edith Stein renuncia a toda una carrera profesional en el mundo de la academia después de haber conseguido lo que pocas mujeres en esa época.

En una conferencia dice, casi de modo profético: “Por eso hay que ver en la mujer un símbolo de la Iglesia. Eva, que nace del costado de Adán, es un símbolo de la nueva Eva —por tal entendemos a María, pero también a la Iglesia entera— que nace del costado abierto del nuevo  Adán. La mujer ligada por un matrimonio auténticamente  cristiano, es decir, por una unidad de vida y de amor indisoluble con su esposo, representa a la Iglesia, esposa de Cristo. Esta personificación de la Iglesia es más íntima y perfecta en la mujer que, cual sponsa Christi (esposa de Cristo), ha consagrado su vida al Señor y se ha unido con Él con un vínculo indisoluble. Ella está a su lado como la Iglesia, como la Madre de Dios, que es el prototipo y célula germinal de la Iglesia cual colaboradora en la obra de redención. El don total de su ser y de toda su vida, le hace vivir con Cristo y colaborar con Él; lo cual significa también sufrir con Él y morir esa muerte de la que surge la vida de gracia para la humanidad. Y así la vida de la esposa de Dios se enriquece con la maternidad espiritual sobre toda la humanidad redimida; y no existe diferencia si ella trabaja directamente entre las personas o si ella con el sacrificio trae frutos de gracia, que ni ella ni ningún otro ser humano tiene conocimiento”7. Ella va a permanecer al lado de su Esposo, el Señor Jesucristo, en el momento de la cruz. 

Sor Benedicta Teresa de la Cruz fue beatificada por Juan Pablo II el 1 de mayo de 1987 en Colonia y canonizada por Él mismo el Domingo 11 de octubre de 1998 en la Plaza de San Pedro en Roma.

En estos tiempos de pandemia, miedo e incertidumbre, dejemos que el viento del Espíritu se lleve nuestros miedos y estemos abiertos para seguir los nuevos caminos que nos indique, con valor. 

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

Capilla San Felipe de Jesús

Santiago de Querétaro; Qro. México, 31 de Mayo 2020

  1. Avril, Anne-Catherine; Las fiestas judías. Navarra 20012, pp. 37-46. ↩︎
  2. A Matre Dei, Theresia; Edith Stein. En busca de Dios. Navarra 19944. p. 15. ↩︎
  3. Ibidem, p. 54. ↩︎
  4. Esparza, Michel; El pensamiento de Edith Stein. Pamplona 1998. p. 56.  ↩︎
  5. A Matre Dei, Theresia; Edith Stein. En busca de Dios. Navarra 1994, p. 118. ↩︎
  6. Esparza, Michel; El pensamiento de Edith Stein. Pamplona 1998. p. 59. ↩︎
  7. Stein, Edith. La mujer. Su naturaleza y misión. Burgos 1998. Pp. 274-275. ↩︎

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