Con «F» de Francisco

Homilía en las Exequias de mi padre

Jb 19, 23-27; Sal 129; Rm 8, 31-35. 37-39; Jn 14, 1-6

9 de junio de 2020, en tiempos de pandemia

Querido Padre del cielo, te presentamos a nuestro querido padre de la tierra: tu hijo Francisco; tú lo conoces pues de tus manos ha sido creado y por la sangre y trabajos de tu Hijo lo has redimido. Aquí está, tómalo es tuyo. Gracias por habernos llamado a existir a mí y a mis cinco hermanos a través de él y de mi madre, que fiel compañero te entrega; estamos ciertos en la fe de que hay fiesta y alegría entre tus ángeles, pues este tu hijo pecador se ha arrepentido (Cfr. Lc 15, 10) por pura misericordia tuya, “pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti” (cfr. Sal 143, 2). Me has dado la gracia de darle la sagrada absolución en nombre Tuyo y de la santa Iglesia; también recibió el Viático, alimento del camino. Le has dado la gracia de la indulgencia plenaria: ¡Gracias Señor!

 ¿Pero porqué te digo todo esto Señor, si tú lo sabes todo? (cfr. Jn 21, 17). Para cantar tus bendiciones y maravillas en la vida de mi padre (cfr. Sal 89, 2). Francisco se llama nuestro Papa, con “F” también empieza el mismo nombre de mi Padre que sus padres le dieron por haber nacido el 4 de octubre; y en este momento de su pascua me vienen a la mente otras palabras que empiezan con “F” y sintetizan de alguna manera la herencia que nos deja: Fe, fuerza, fiesta y fidelidad.

Querido papá, quisiera recordar en tu nombre las maravillas que Dios ha hecho en ti y en nosotros. ¿recuerdas hace poco las palabras de nuestro Papa latinoamericano que tanto amor y comprensión tiene por los pobres, los obreros, por todos? Esas palabras que nos dio con motivo de la 54 Jornada Mundial de las comunicaciones sociales: “A través de su narración Dios llama a las cosas a la vida y, como colofón, crea al hombre y a la mujer como sus interlocutores libres, generadores de historia junto a Él”.

El texto de Job que hemos escuchado contiene, dicen los estudiosos, uno de los textos más antiguos sobre la fe en la resurrección, y tú papá, lograste impregnar esa fe en nosotros; por eso, aunque llenos de dolor creemos firmemente que nuestro Defensor (Goel) está vivo y que un día tú y nosotros lo veremos y no otros; nuestros propios ojos lo contemplarán. Creemos que cuando despiertes contemplarás su rostro (Sal 17, 15). ¿Recuerdas que al cerrar los ojos papá, a este mundo, mi hermana Martha te estrechaba las manos, te dio las gracias y te pidió perdón en nombre de todos tus hijos? Despertarás en las manos traspasadas del Señor (Jn 20, 20.27), en ese momento sabrás (cfr. Jn 16, 23) que tus manos callosas por el trabajo también conservan esas huellas del sacrificio, ese que nos hizo crecer (cfr. Ef 3, 17-19). Gracias papá. Creo que hoy adquirió para mí un sentido profundamente nuevo el Salmo De profunidis. ¿Recuerdas cuando me llevabas a la Adoración nocturna y me despertabas a mí y a los compañeros —creo que casi siempre— para el turno de las 3 de la madrugada? Creo que es en ese turno donde aparece ese Salmo. Ahí aprovechábamos para saludar a mis abuelos, Pablo y Alfonso; gente también sencilla, de Eucaristía y de fiesta, de oración.

Salías poco de casa pero nos guiaste para conocer muchos amigos. Ya ves que con eso de la pandemia no se puede salir mucho porque tiene sus riesgos. Pero muchos amigos han llamado y enviado mensajes para decir que oran por ti y por nosotros. Es grande la lista gracias a Dios: Ayer nuestro Obispo Administrador, Don Mario de Gasperín dejó oraciones y la intención de su Eucaristía de hoy por nosotros. Llamó Mons. Rogelio Cabrera, Arzobispo de Monterrey, quien fuera mi maestro y primer párroco. Temprano saludó Mons. Alonso Calzada, el Obispo de Tehuacan, dijo que saludara a mamá y a mis hermanos (cfr. 2 Co 13, 12). Quien fuera mi Rector del Seminario al momento de mi Ordenación, hoy Arzobispo de Tulancingo Mons. Domingo Díaz, envió mensaje diciendo que hoy ofrecerá la Misa por ti; han venido para acompañarnos Mons. Florencio Olvera, Obispo Emérito de Cuernavaca y el Padre Arturo Herrera, tu párroco (cfr. canon 530, 5º), los padres Wences Ferrusquía, Leo Ramírez y Fidencio Servín, hermanos entrañables; nuestro paisano padre Juanito Vega y el Vicario parroquial Reinaldo Prieto Mil. Muchos hermanos sacerdotes han comunicado que celebran hoy el sacrificio de la Alianza Nueva y te colocan junto al Cordero: de las parroquias de nuestra Diócesis de Querétaro; Elías de Jalapa, Erasmo de San Luis, Eduardo de Tijuana, Rodolfo desde Italia y muchos más. Oran por ti hermanos del Perpetuo Socorro: Pati y Cristi; de Nuestra Señora de la paz: Ceci, Cheli, Mario y tantos hermanos y hermanas. De Jesús de Nazareth Luci, Irene, Chefi; don Luis envió fruta y René trajo verduras. Los hermanos de Jurica dejaron muchas oraciones. Todos ellos representan a las comunidades por donde me acompañaste en mi Ministerio. En la distancia es también una fiesta. Llamaron los “Tomasos” desde Italia y Luis ora por ti en Madrid; algunos vecinos han pasado a casa para orar; perdón, pero con la sana distancia no es como de costumbre papá: hoy todo es más mesurado, sin el bullicio del pueblo. Te recuerdan con alegría, en un ambiente de fe, esa que nos llevó a compartir la vida y el trabajo con tanta gente, ante quienes era mi orgullo y alegría presentar a mis padres.

Nos enseñaste el sentido de la fiesta, la gran fiesta del domingo y la Eucaristía como centro. ¿Recuerdas papá que siempre los domingos llevabas a tus seis hijos y a tu esposa a Misa de 7 de la mañana? En vacaciones te pedíamos ir a una misa más tarde y nos decías: “de la Misa no hay vacaciones”; y no accedías a ir más tarde. Después de Misa mamá nos llevaba para comprar los víveres al mercado y ella lucía orgullosa una de esas preciosas canastas que tú le hacías. Nos acostumbraste a vivir el domingo como un día especial y distinto, también en lo que se comía. Nos poníamos nuestros atuendos de “dominguear”, pues íbamos a Misa a la casa del Señor. Oye, en la madrugada que le preguntamos a mamá qué ropa llevarías, dijo sin pensarlo: el traje bonito, el de nuestro aniversario de 50 años de matrimonio; no es que tuvieras muchos trajes pues ya ves que no te atraían mucho, pero era el especial, así tenías que venir a Misa, a la casa del Señor. También la fiesta de la convivencia nos enseñaste: a todo mundo le gustaba el arroz que hacías, creo que mi hermano Pancho heredó tu sazón; cuando había visitas te gustaba compartir las frutas de tu huerto y muchas veces hacías una canasta en presencia de los invitados y ahí ponías las frutas que cortabas; muchos aún conservan las canastas. Hoy podemos decir por el sentido de fiesta Eucarística que nos enseñaste, como los antiguos mártires: no podemos vivir sin el domingo y sin la Eucaristía. 

A veces cuando he sentido que mis pobres fuerzas no pueden más, te recuerdo querido papá, pasando jornadas inmensas de trabajo. Te levantabas de madrugada a trabajar y hoy sé que como dice Pablo: tenías en tu corazón la certeza de que nada puede apartarnos del amor de Dios. Eras muy fuerte papá, así te recuerdo de niño: levantabas pesos enormes y siempre fuiste constante en tus proyectos. Recuerdo que cuando nació Francisco dejaste de construir un muro que hacías y yo me preguntaba porqué. Lo entendí mucho después: tu proyecto principal éramos nosotros. Pasaste tribulaciones, angustias, necesidad; como Pablo, como todos. Pero hoy el Señor te llama a la victoria (cfr. 1 Jn 5, 4). Siempre que los médicos te preguntaban cómo estabas, decías sonriendo: bien. Cirenia y Juana pasaron también muchas horas en el hospital y siempre te vieron paciente. En el hospital creo que lo que más te cimbraba era la ausencia de mi madre (cfr. Mc 10, 8-10; Gn 2, 24). Guillermo te alegraba con la visita de tus nietas.

Hoy al regresar a casa, como Tomás, nos preguntaremos cuál es el camino; y estaremos desconcertados. Querido papá, perdóname porque tal vez no supe acompañarte en esos caminos que transitaste solo, eran como cañadas oscuras. Pero el Buen Pastor levantó su cayado para protegerte (cfr. Sal 23, 4). Sí, él es fiel y guarda siempre su Alianza. Gracias papá por permanecer fiel hasta el final con mamá, quien algún día dijo que permanecía contigo contra viento y marea “porque no quiero que su alma se pierda”. 

Gracias mamá, por permanecer fiel a papá.

Aquí está mi tía Panchita, la mayor de los hermanos y ahora entregándote Señor, al último de sus seis hermanos. Ella ha sido para nosotros una segunda madre.

Querido Padre del cielo, cada uno de mis hermanos podría y debe hacer la historia de las maravillas que nos has dado a cada uno a través de nuestro padre.

Siempre llegamos a temer un día como este, y cuando se llega creo que no se sabe qué decir. Danos la dicha de estar nuevamente todos reunidos, en el banquete de la casa de tu Padre, Señor Jesucristo. Danos tu paz, llénanos de fe, fuerza, fidelidad para poder llegar a la fiesta del cielo.

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

Barrio de la Magdalena, Tequisquiapan, Qro.

México

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