60 Aniversario de vida del Pbro. Lic. José Asunción Briones Barrientos
Ez 16, 59-63; Is 12; Mt 19, 3-12
Era un lunes 7 de septiembre de 1987: veinte seminaristas de Querétaro llegamos por la tarde al Seminario de Celaya en su etapa del Curso Introductorio Regional, entonces ubicado en la calle de Leandro Valle, en casa anexa al Templo del Señor de la Piedad, cerca de la Iglesia de Santiaguito.
Ya estaban esperándonos más de 20 compañeros de la Diócesis de Celaya y otros tantos de la Diócesis de San Luis Potosí. Ese año también había un compañero de la Diócesis Tacámbaro, Mich., y uno de la Diócesis de Ciudad Valles, SLP. Éramos 83 en total, me parece.

La casa era pequeña: sólo una cancha de básquetbol y un espacio pequeño para fútbol. Era mi primer año en el Seminario, yo venía de una experiencia de dos años de trabajo, de bastante libertad y responsabilidad; por lo que me sentía encerrado, a punto de asfixiarme. Una tarde, sentado en la puerta de la casa, salían dos compañeros en ropa deportiva, y me dijeron: “¿y tú que haces ahí? Vamos a correr”. Los seguí y empezamos a trotar; me dijeron sus nombres: José Asunción Briones y Alejandro Contretas. Así empezó una amistad entre el deporte, el estudio, la oración y la vocación. Han pasado casi 40 años, en los cuales depués hemos compartido el ministerio sacerdotal, la fraternidad vocacional, la responsabilidad en el ministerio… gracias Señor, gracias Padre Asunción. Fue casi al final de ese curso escolar cuando también conocimos al entonces Padre Fidencio López Plaza, hoy X Obispo de Querétaro, con quien el Padre Asunción compatió despues el trabajo en la misión, ambos como Vicarios de Pastoral. Gracias Sr. Obispo por su testimonio de fraternidad y paternidad.
En el Evangelio de hoy el Señor Jesucristo nos recuerda el proyecto original de Dios sobre el ser humano: está hecho para vivir con los hermanos, en este caso prefiguraba la Alianza irrevocable que él realizaría con su sangre, en el proyecto de la unión del hombre y la mujer; por eso dirá San Pablo que la unión de lo divino y lo humano en Jesucristo es el Sacramento, del cual la unión del hombre y la mujer deberá ser una imitación (Cfr. Ef 5, 31-32). Esto mismo lo recuerda hoy el profeta.
San Mateo utiliza para hablar del divorsio el verbo griego apoluo, que puede significar: (dejar) partir, despedir, divorciarse, perdonar, soltar, enviar, liberar, poner en libertad. Será el mismo verbo quer utiliza San Lucas cuando se refiere al anciano Simeón: Señor, puedes dejar ir en paz a tu siervo, dejar ir en libertad.
La llamada del Señor a seguirlo en la vida sacerdotal es un don, un don al cual se responde en libertad para que sea verdadera respuesta; nunca se arrepiente Dios de ese don que da, pero requiere una respuesta libre de modo constante. El Papa León XIV nos dice en su reciente Encíclica Magnifica humanitas: “Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad” (n. 1). Cosas todoas que hoy le urgen a nuestra patria, patria amada y hoy tristemente huachicolera. Padre Asunción, hoy podemos ver con claridad que a tus 60 años de vida has dado forma a tu propio tiempo, a tu historia personal, familiar y eclesial; el Señor te ha hecho madurar lentamente como al fruto de la vid para que seas ofrenda constante. Y recuerda, como se dice en el deporte: “esto no se acaba hasta que se acaba”; inicias una etapa de tu vida llena de experiencia y sabiduría, de mayor paciencia y caridad, de más alegría, creatividad y esperanza, virtudes que te han caracterizado.
En tu nombre llevas la misión que Dios te encomienda en esta época de violencia y crisis antropológica que nos ha tocado vivir: comprender y transmitir el misterio de la Santísima Virgen María llevada al cielo en cuerpo y alma, para recordarnos que no todo termina con la muerte, por terrible y horrenda que ésta sea.
En 1950, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, en un ambiente de devastación por todos los horrores que ésta implicó, y luego de que el ser humano contempló atónito lo que él mismo es capaz de hacer a su semejante, el Papa Pío XII haciendo uso de la infalibilidad que le es propia en razón de su oficio de Romano Pontífice declaró el dogma de la Asunción de la santísima Virgen. Es la única vez que un Papa ha esgrimido dicha potestad, y que se expresa en estas palabras: «El Romano Pontífice cuando habla ex cathedra, esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia» (DS 3074; NR454).

En ese entonces y ahora a muchos les parecía algo que estaba fuera de lugar, pues viendo todos los horrores en la tierra se hablaba del cielo; ya que en efecto, en el texto de la proclamación se afirma: “La inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo, al terminar su vida mortal”.
Estimado Padre José Asunción, oramos por ti para que tu nombre y tu vida sean la misma realidad: proclamación de las maravillas y grandezas del Señor, como hemos dicho con el Salmo: “Den gracias al Señor e invoquen su nombre, cuenten a los pueblos sus hazañas, proclamen que su nombre es sublime. Alaben al Señor por sus proezas, anúncienlas a toda la tierra. Griten jubilosos, habitantes de Sión, porque el Dios de Israel ha sido grande con nosotros”.
En la tradición bizantina la fiesta de la Dormición de la Madre de Dios, como también se llama a la vigilia de la Asunción y que hoy celebramos, es el sello con que se cierra el año litúrgico, así como aquella de su Natividad es el inicio del mismo. El nacimiento y la glorificación de la Madre de Dios son en efecto también el inicio y el destino de toda la Iglesia, de la cual María es figura (typos).
Padre José Asunción, gracias por tu amistad y fraternidad, felicidades, que la Madre del Señor cuide y forje tu crecimiento en el tiempo.
Fraternalmente:
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Rancho Manzanos, Dolores Hidalgo, Gto., 14 de Agosto de 2026