Comunión y obediencia

Un buen día nos damos cuenta de que queremos comprender el mundo, a los demás, a nosotros mismos; la razón de todo lo que existe, es decir, buscamos en el fondo lo Verdadero, lo Bueno, lo Bello: esto es a Dios, para los que pretendemos tener fe en él.

Esta búsqueda nace de la observancia y de la escucha, de tratar de observar y comprender el macro y microcosmos, las galaxias y la células o el átomo; así, va surgiendo una ciencia tras otra en el caminar de la historia humana.

Si escuchamos y comprendemos, lo lógico sería actuar conforme a lo comprendido o evitar eso mismo comprendido por ser nocivo para el ser humano; en la realidad no siempre es así. 

Etimológicamente “obedecer” significa “por o causa de haber escuchado”; proviene de “ob” y “audio, is, audire” en latín. En sus orígenes obedecer significaba hacer algo a causa de haber escuchado y comprendido; después llegó también a significar hacer algo por ser un deber o ser obligado a ello.

Para el discípulo de Jesucristo obedecer significa escuchar la Palabra de Dios y elegir libremente vivir acorde a ella. Hacer la voluntad de Dios puede significar para el seguidor de Jesús, hacer lo que los sucesores de los apóstoles indican, es decir, obedecer al propio Obispo. A esto se compromete de modo especial el candidato a recibir el sacramento del Orden, el cual es interrogado por el Obispo antes del rito de Ordenación, entre otras, con las siguientes palabras: 

El Obispo pregunta al elegido, diciendo, si es su Ordinario:

  • ¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?

El elegido:

  • Sí, prometo.

En una sana teología católica esta obediencia nace en el fiel cristiano como un don en el bautismo, del don de participar de la vida divina en Jesucristo que nos ha enseñado a orar diciendo “Padre nuestro… hágase tu voluntad” (Mt 9, 10). Esa obediencia filial de Jesucristo al Padre brota del misterio de la Santísima Trinidad, y el fiel cristiano busca llevarla a cabo por la razón que dice la gran plegaria Eucarística en la Misa, con la doxología: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos». Es decir, por Jesucristo el fiel cristiano comparte con él su ser y su misión. A esto los antiguos cristianos le llamaron en griego “koinonía”, una participación en Jesucristo de su vida por parte de todos los fieles, no se puede pretender estar unido a Jesucristo sin estar unido a los hermanos y todos unidos al Padre común en el Espíritu.

Este viernes 11 de septiembre, asistimos a la Toma de posesión del Padre Leodegario Sergio Ramírez Gonzáles como párroco en San Sebastián, en esta ciudad de Querétaro. Uno de los ritos que este acto requiere al recibir el oficio de párroco y que se ha de ejercer “en nombre de la Iglesia”, es la Profesión de fe y el Juramento de fidelidad; se hace de rodillas y se invoca el favor de Dios para poder llevarlo a cabo. Luego se firmaron sendos documentos por el nuevo párroco y el Obispo sobre el altar.

Que sea sobre el altar no es casual o solo algo práctico, sino que encierra la teología de la koinonía y la obediencia; algunos textos de los Padres de la Iglesia así lo enseñan desde antiguo:

Ignacio de Antioquía: «… estar profundamente unidos (a vuestro obispo), como la Iglesia lo está a Jesucristo y Jesucristo al Padre, a fin de que todas las cosas estén de acuerdo en la unidad» (IgnEf V, 1).

«Así, pues, de la misma manera que el Señor no hizo nada, ni por sí mismo ni por sus apóstoles, sin su Padre (cf. Jn 5, 19.30; 8,28), con quien él es una misma cosa, así vosotros no hagáis tampoco nada sin el obispo y los presbíteros…: una sola oración, una sola súplica, un solo espíritu, una sola esperanza en la caridad, en la alegría irreprochable, esto es Jesucristo, a quien nada es preferido. Acudid todos a reuniros como en un solo templo de Dios, como en torno a un solo altar, en el único Jesucristo que salió del Padre único y que era único en él y a él partió» (IgnMagn VII).

«Tened, pues, cuidado de no participar más que en una eucaristía; porque no hay más que una carne de nuestro señor Jesucristo, y un solo cáliz para unirnos en su sangre, un solo altar, como un solo obispo con el presbiterio y los diáconos, mis compañeros de servicio. Así, todo lo que hagáis lo haréis según Dios» (IgnFld IV).

El altar es signo de Jesucristo obediente: “Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2,7-8). A este misterio de abajamiento voluntario o vaciamiento de sí mismo por parte de Jesucristo los antiguos cristianos le llamaron kénosis. Al Padre no le gustó que a su Hijo le quitaran la vida, por eso se la devolvió en la resurrección; le gustó que fuera obediente para que así se realizara la redención humana. Cuando el sacerdote promete obediencia al Obispo, lo hace al Padre eterno a imitación de Jesucristo: aquí está el fundamento y razón más profunda de obedecer al Obispo cuando cambia al presbítero de oficio, por ejemplo de párroco. El sacerdote sigue siendo tan humano como todos los humanos, también tiene afectos y sentimientos, pero obedece por el Reino de los cielos. El cambio implica en la práctica ir por nuevos caminos, otros lugar para vivir, ya sea en la ciudad o en el pueblo, es llegar a habitar una casa ya hecha o llegar para construir la casa parroquial, es celebrar en un templo antiguo o llegar para construir uno nuevo, etc. Es llegar muchas veces sin nada, por eso la comunidad prepara lo más básico para la recepción del nuevo párroco: escoba, trapeador, una despensa, etc. Porque es llegar a conocer en primer lugar a las personas de la comunidad, es soportar las comparaciones con el anterior, soportar el papel de “usurpador” del lugar del anterior, pero el nuevo también dejó a su comunidad donde ya lo conocían y había demostrado su piedad, laboriosidad y valía.

Cuando uno prometió obediencia la suerte ya estaba echada: no sé por dónde me conducirá el viento del Espíritu pero estoy dispuesto a ir.

Felicidades Padre Leo, por tu trabajo pastoral en la Pastorcita, tu parroquia anterior y que el Señor te de la fuerza del mártir San Sebastián en tu nueva misión. 

Con afecto fraternal:

Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes

11 de Septiembre de 2026

Santiago de Querétaro, Qro. México

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