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  • No dejen que la esperanza se apague

    En su reciente viaje a Brasil, el Papa Francisco decía casi al final de su mensaje a la comunidad de la favela de Varginha, en donde la pobreza acampa, dirigiéndose especialmente a los jóvenes: “no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar”. Esta invitación a la esperanza y al cambio la han percibido incluso quienes tenían reservas sobre su desempeño, al afirmar por ejemplo que Francisco “con su estilo simple ha provocado que la palabra “cambio” flote entre los cerca de 3 millones de jóvenes que participaron en la jornada mundial de la juventud […] El mensaje del Papa no sólo fue pastoral, sino político: pone sobre la mesa la opción por la justicia social, los derechos humanos que protejan a los excluidos, los pobres y las víctimas del sistema; principalmente los jóvenes y los viejos.” (La Jornada, 32 de Julio 2013. Papa Francisco: después de Brasil, la reforma de la curia).

    En 1964 aparecía un libro de uno de los teólogos evangélicos del siglo pasado que más confianza y cercanía ha creado con la iglesia católica, Jürgen Moltman: “Teología de la esperanza”. Esta obra se inscribía en el contexto de los movimientos libertarios existentes dentro y fuera de la Iglesia, de manera especial como diálogo con otro texto ya también clásico de otro alemán: “El principio esperanza”, de Ernst Bloch. Los ensayos de ese texto se “interrogan por el fundamento de la esperanza de la fe cristiana y por la responsabilidad que ésta tiene en el pensar y el obrar profanos”. Ese pensar distinto al del cristianismo tiene muchas expresiones; afirmaba Aristóteles acerca de la esperanza: “es el soñar del hombre despierto”. Por eso para Moltman, la esperanza de los cristianos tiene algo específico: “En la escatología cristiana lo presente y lo futuro, la experiencia y la esperanza entran en mutua contradicción, de tal manera que aquélla no le proporciona al hombre conformidad y armonía con lo dado, sino que lo introduce en el conflicto entre esperanza y experiencia” (Moltman, J; Teología de la esperanza. Ediciones Sígueme, Salamanca 1989, p. 23).

    En nuestra patria por cuestiones históricas la teología sigue ausente en la reflexión de muchos intelectuales, y viejos prejuicios siguen pretendiendo ignorar la acción social de la iglesia, sí, de esa que en muchos de sus miembros manifestamos limitaciones y errores, mas no por eso podemos negar aciertos en el pensamiento y la acción. El cristiano está llamado a transformarse continuamente iluminado por la luz del evangelio y a transformar el mundo de forma activa de acuerdo a lo que espera, por eso la esperanza deviene caridad, acción, en todos los ámbitos de la vida, también en la política. Los clérigos de la Iglesia católica, en razón del derecho propio de la Iglesia están impedidos para ejercer una política partidista, mas no así los laicos.

    Moltman conoció la dura realidad de la prisión cerca de tres años (1945-1948), por razones de guerra, y eso marcó profundamente su vida y obra, pues otro de sus libros fundamentales es “El Dios crucificado”, en el que reflexiona el sentido del sufrimiento y la presencia de Dios en el mismo. El Dios de Moltman es un Dios que tiene “el futuro como carácter constitutivo” (E. Bloch), de ahí que la esperanza es creadora de presente, ese mismo que se debe oponer a todo lo inhumano y libra al hombre de toda tentación de inmanentismo o determinismo o de un dios extramundano, en otras palabras, como afirma Francisco: “La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar”. En ese sentido, el mensaje del Papa contiene algo de político.

    Aunque no se coincida exactamente con la visión de Moltman sobre la esperanza (él mismo ha marcado los límites en “Horizontes de Esperanza: una crítica a la Spe salvi), es innegable que más allá de la confesión de la propia fe nos hermano todo lo que de humanos tenemos y así encontramos personas de todas las confesiones trabajando por un mundo más humano, más justo, más fraterno. Y viene a la memoria lo que dijo Pablo VI al Patriarca Bartolomé de Constantinopla en el contesto del desarrollo del Concilio Vaticano II: “Hermano, son más las cosas que nos unen que las que nos separan”. Caminemos con esperanza.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • La eclesiología de Francisco

    En su reunión con el Comité coordinador del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) durante su viaje a Brasil, el Papa Francisco les habló de unas “pautas eclesiológicas” a los Obispos ahí presentes.

    Afirmó: «Toda proyección utópica (hacia el futuro) o restauracionista (hacia el pasado) no es del buen espíritu. Dios es real y se manifiesta en el «hoy». Hacia el pasado su presencia se nos da como «memoria» de la gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como «promesa» y esperanza. En el pasado Dios estuvo y dejó su huella: la memoria nos ayuda a encontrarlo; en el futuro sólo es promesa… y no está en los mil y un «futuribles». El «hoy» es lo más parecido a la eternidad; más aún: el «hoy» es chispa de eternidad. En el «hoy» se juega la vida eterna.» Es decir, la misión y el misionero se debaten en la historia que se construye cada día, haciendo presente el reino de Dios con un estilo de vida que haga presente a Jesucristo: la Iglesia no es, de algún modo, un fin en sí misma, por eso el Papa también afirma: “El discípulo-misionero es un des-centrado: el centro es Jesucristo, que convoca y envía. El discípulo es enviado a las periferias existenciales”.

    En la eclesiología que el Papa presenta en esa reunión, es el Obispo el primer misionero, que vive el “hoy” de la misión y pide de los obispos misioneros: “Hombres que no tengan «psicología de príncipes». Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra”, es decir que vivan el “hoy”; y eso vale también para cada cristiano: amar cada día la misión que Dios nos ha encomendado. En este contexto entendemos los cambios recientes de párrocos que nuestro Obispo ha hecho: amar la parroquia que se les confía “hoy”.

    Y es que ya desde la antigüedad es clara la misión del Obispo: “la sucesión apostólica no es primariamente sucesión en el cargo, sino entrega y recepción oficial (paradôsis) de la doctrina de los Apóstoles” (González Faus, José I; “Ningún Obispo impuesto” (San Celestino, Papa). Las elecciones episcopales en la historia de la Iglesia, Sal terrae, Santander 1992, p. 16). Es el oficio eclesiástico lo que determina el modo en que se ha de ejercer lo que antológicamente se recibe en el sacramente del orden, por eso es entendible que haya actualmente dos obispos de Roma, uno en funciones y el otro emérito, el primero gobierno y el segundo sigue siendo obispo sucesor de los Apóstoles y a su modo testigo de la doctrina de los Apóstoles. Así como una es la Iglesia, uno es el Colegio de los Obispos, participan todos sus miembros de la misma y única misión de la Iglesia. Por eso, el Papa Francisco termina diciendo en ese discurso a los Obispos: “por favor, les pido que tomemos en serio nuestra vocación de servidores del santo pueblo fiel de Dios, porque en esto se ejercita y se muestra la autoridad: en la capacidad de servicio”.

    Pbro. Filiberto Cruz reyes

  • La pedagogía de la Iglesia

    En su reciente Encíclica, la Lumen fidei, el Papa Francisco afirma acerca de la fe: «El creyente aprende a verse a sí mismo a partir de la fe que profesa: la figura de Cristo es el espejo en el que descubre su propia imagen realizada. Y como Cristo abraza en sí a todos los creyentes, que forman su cuerpo, el cristiano se comprende a sí mismo dentro de este cuerpo, en relación originaria con Cristo y con los hermanos en la fe» (n. 22).

    Esta fe explica entonces lo que pudieran parecer una serie de coincidencias a propósito de la presencia de Francisco en Brasil y decanta serias situaciones que nuestro continente vivió la segunda mitad del siglo pasado.

    En el otoño de 1969 Paulo Freire, hijo insigne de la gran nación brasileña, escribía desde Santiago de Chile en el exilio, la introducción a la tal vez más famosa de sus obras: «Pedagogía del oprimido», misma que dedicaba proféticamente a Francisco con las siguientes cinceladas: «A los desharrapados del mundo y a quienes, descubriéndose en ellos, con ellos sufren y con ellos luchan». Esta obra se inscribía en el contexto de los movimientos teológicos, filosóficos y pedagógicos con apellido «de la liberación», algunos afirmándolo de modo explícito y otros en forma implícita. Ahora, Francisco afirma: «Hoy digo a todos ustedes, y en particular a los habitantes de esta Comunidad de Varginha: No están solos, la Iglesia está con ustedes, el Papa está con ustedes. Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón y hago mías las intenciones que albergan en lo más íntimo: la gratitud por las alegrías, las peticiones de ayuda en las dificultades, el deseo de consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento». Que nadie reviva viejos fantasmas ideológicos, si parece que resuenan ciertos pensamientos de Freire en los discursos del Papa, es porque se evidencia el pensamiento católico que subyace en la obra de Freire, quien se reconocía como tal. Y no sólo de él, sino el pensamiento y la obra de tantos hombres y mujeres que entregaron su vida, literalmente, por anunciar el Evangelio en nuestro continente tan injustamente oprimido y que al paso de los años la historia ha ido dando la razón a quien siempre la tuvo, así como también ha sido maestra de purificación, siempre necesaria.

    Es Francisco, hermano de los pobres y de todos, quien sigue afirmando en su visita a esta favela de Varginha: «Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales».

    Freire afirmaba: «Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión» (Freire, P. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores, México 20052, p. 37). Hoy afirma Francisco: «No dejemos, no dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte. No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie». Son más bien los ecos del Evangelio los que resuenan en lo mejor del pensamiento pedagógico de Freire, esa fe en Jesucristo en la que cada persona está llamada a encontrar su propia imagen nos enseña Francisco, por eso también afirmó desde su estancia entre los más pobres, desde la favela: «También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre».

    Es significativo que en sus palabras al llegar a Brasil haya dicho que al joven hay que «garantizarle seguridad y educación para que llegue a ser lo que puede ser; transmitirle valores duraderos por los que valga la pena vivir» y que diga que uno de los pilares fundamentales que sostienen una nación sea «la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias», en palabras de Freire, no es una educación «bancaria» la que necesitamos.

    Sin ideologías, ahí está la doctrina segura del Evangelio expuesta por Francisco, esa pedagogía de la fe que nos invita a releer nuestra historia en comunión para construir un mundo más humano, con esperanza, reconciliada como pide Casaldáliga, pues dice Francisco: «La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo con el bien».

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • No blindemos el corazón

    Se ha anunciado que el Papa Francisco en su viaje apostólico a Brasil no utilizará el papamóvil blindado que utilizaban los pontífices en sus viajes internacionales; esta costumbre del uso del papamóvil con vidrios antibalas se implementó después del atentado que sufriera el Papa Juan Pablo II en 1981. Dicha decisión tiene sus riesgos y fue tomada por el mismo Pontífice según anunció el P. Federico Lombardi SJ, vocero del Vaticano. Blindado (del inglés blind: ciego) no puede tener el creyente el corazón, tal vez es el mensaje que el Papa nos ha querido dar con este signo, pues lo ha afirmado expresamente en su reciente Encíclica Lumen fidei (La luz de la fe): “La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta  expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: «Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas» (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: «Pues el Dios que dijo: ´Brille la luz del seno de las tinieblas´, ha brillado en nuestros corazones» (2 Co 4,6) (n. 1). Y Agrega: “Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija” (n. 3).

    En días recientes los analistas hablan de las consecuencias de esa guerra en Siria que bien a bien los de a pie no entendemos las razones: los muertos rondan los 100 000, los refugiados fuera del país son 1 500 000 mas miles que no se han registrado exactamente, 4 500 000 los despojados en el interior del país por miedo a la violencia o porque sus casas fueron destruidas. En conjunto unos 7 000 000 de personas tienen necesidad urgente de ayuda humanitaria. En el entorno de Querétaro en sus límites con Guanajuato, según los medios, en días recientes una joven madre de familia, después de haber sido secuestrada fue asesinada: ¿cómo pueden estar blindados nuestros ojos y nuestro corazón como humanidad frente a estos hechos? Vivimos esto que el Papa advierte: una confusión en la que es imposible distinguir el bien del mal. Una cierta pasividad social y personal que evoca la que describía el premio Novel de literatura Albert Camus en su conocido texto: El Extranjero. Ahí, su personaje Meursault, asesina a un hombre; luego durante el proceso que se le sigue, algún testigo dice que lo vio en el funeral de su madre y que éste no lloró. Al final parece que más que por el homicidio se le acusa de insensibilidad ante el hecho de la muerte de su madre.

    La gran cuestión para Camus es que no se explica porqué el hombre no encuentra respuestas a los grandes problemas existenciales de la vida: la injusticia, el dolor, la enfermedad, el sufrimiento de los inocentes, la muerte, etc., el hombre siempre pregunta y el mundo calla. Para Camus no hay esperanza, sin embargo, afirma, eso no quiere decir que estemos desesperados; en su perspectiva, al hombre le queda sólo la ciencia, el conocimiento, la rutina de Sísifo que no encuentra sentido a su esfuerzo diario; para hacer un poco menos trágica su situación.

    Al final su personaje es condenado a muerte y antes de la ejecución se presenta el sacerdote capellán de la cárcel para ofrecerle la oportunidad de un diálogo. El personaje dice del capellán: “me parecía amable”. Sin embargo afirma categórico que rehusaba las visitas del mismo porque no creía en Dios. Le pregunta el capellán: “¿No tiene usted, pues, esperanza alguna y vive pensando que va a morir por entero?”, y él contesta “Sí”. Más adelante dice el reo: “Quería aún hablarme de Dios, pero me adelanté hacia él y traté de explicarle por última vez que me quedaba poco tiempo. No quería perderlo con Dios” (Camus, Albert; El Extranjero, Emecé. México 2012, p. 155). El Capellán le dice enseguida: “Estoy con usted. Pero no puede darse cuenta porque tiene el corazón ciego. Rogaré por Usted”. En su trágica postura el que iba a morir sentencia: “¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre!”, cosa que solo puede venir de un ciego que no percibe el amor, ese que da la luz de la fe, ese común a todos los humanos.

    A eso va Francisco a Brasil, a rogar por toda la humanidad: por Brasil, por Siria, por Querétaro y Guanajuato, por todos los humanos. La iglesia tiene la firme convicción que sin fe solo nos queda el sin sentido del personaje, manifiesto en la última frase de la novela: “Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • La Carta Encíclica Lumen fidei

    El pasado día 5 del presente, a las 11:00 hrs., tiempo de Roma, fue presentada en el Aula Juan Pablo II de la Sala de Prensa de la Santa Sede la primera Carta Encíclica del Papa Francisco; en la presentación intervinieron el Excmo. Card. Marc Ouellet, P.S.S., Prefecto de la Congregación de los Obispos; S.E. Mons. Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe; y S.E. Mons. Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización. El texto tiene fecha del 29 de Junio de 2013, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Y es esta conciencia de ser Iglesia lo que le aporta una de las grandes novedades al documento: es la primera encíclica escrita por dos Papas, es decir “a cuatro manos”, por Benedicto XVI y Francisco; aunque como es natural, sólo la firma Francisco. Sin embargo en el texto afirma el Papa Francisco a propósito del trabajo iniciado por el Papa Benedicto XVI: “Él ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (n. 7). Esta conciencia de ser iglesia y vivir en comunión aparece por tdas partes en la Encíclica: “Los cristianos son «uno» (cfr. Gal. 3,28), sin perder su individualidad […] La fe tiene una configuración necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comunión real de los creyentes […] La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio” (n. 22).

    En el Prólogo a su Tesis de Habilitación para la libre docencia (1959) el joven teólogo Joseph Ratzinger escribía: “Un libro no pertenece nunca a un autor solo: no habría sido posible sin la multitud de influencias espirituales que consciente o inconscientemente configuran su pensamiento” (Ratzinger, Joseph; La teología de la historia de San Buenaventura. Ediciones Encuentro, Madrid 20102). Estas líneas parecerían ser una profecía de la nueva Encíclica “conjunta”, pues “La fe […] nos da la luz que ilumina […] el arco completo del camino humano (n. 20). Y es que la el género Encíclica, que literalmente significa “circular”, tiene como fin ser un medio privilegiado mediante el cual el Romano Pontífice ejerce su magisterio Ordinario sobre cuestiones de fe y moral y está destinada normalmente a la Iglesia entera, como es el caso, y en ocasiones también a todas las personas de buena voluntad, principalmente cuando trata asuntos relacionados con cuestiones sociales, económicas o políticas.

    Sería ocioso pretender saber qué parte o qué líneas escribió exactamente un Pontífice u otro, pues los dos lo hacen sabiendo que “El Sucesor de Pedro, ayer, hoy y siempre, está llamado a «confirmar a sus hermanos» en el inconmensurable tesoro de la fe, que Dios da como luz sobre el camino de todo hombre” (n. 7).

    Ahí está, pues, el texto, que nos espera para que disfrutemos su lectura una y otra vez, precisamente con fe.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • Gracias Mandela

    El mundo vuelve los ojos en estos últimos días hacia Nelson Mandela (Rolihlahla Dalibhunga Mandela), que se encuentra en estado crítico de su salud en un hospital; el 18 de este mes cumplirá 95 años, 27 de los cuales pasó en prisión por luchar en contra del apartheid que reinaba en su patria, Sudáfrica.

    Al contemplar su trabajo por la libertad de su pueblo y luego siendo ya presidente de su país, por la necesidad de una reconciliación nacional, surgen esperanzas para nuestra patria y sentimientos de gratitud: ese sentimiento agudo e intenso que experimentamos cuando sabemos que somos destinatarios de la acción benéfica y desinteresada de una persona; más no es un sentimiento pasajero, sino un estado constante de la personalidad, un modo de ser que predispone a la persona a tomar conciencia con estupor de haber recibido un don no buscado, de alguien que no espera nada a cambio; en este sentido no se coincide con la psicología dinámica que afirma que cada acción humana es egoísta. La verdadera gratitud es imposible en aquellos que son incapaces de empatía, incapaces de hacerse cargo de los sentimientos de los otros. No hay mayor enemigo de la gratitud que el narcisismo, esa actitud del que cree que todo se le debe y vive en un mundo sin diálogo. La vida de Mandela es una de esas que parecen estar destinadas totalmente a los otros.

    De fe cristiano metodista, Mandela ha ensanchado su corazón en el respeto de todas las religiones, de tal manera que en 1995 ya como Jefe de Estado agradecía a Juan Pablo II su condena al apartheid y el apoyo de la Iglesia católica al pueblo sudafricano con estas palabras: “Su condena al apartheid nos inspiró para lograr la libertad y erradicar ese sistema político racista […] Usted retrasó sus visitas deliberadamente por despreciar un sistema que despreciaba a los seres humanos. Sin embargo, su mensaje de paz, esperanza, justicia y democracia nos llegó con fuerza y nos inspiró para lograr la libertad, la unidad y la reconciliación que son las marcas indelebles de nuestra joven democracia. También quiero reconocer la contribución de la Iglesia católica local a la lucha para erradicar el apartheid. Muchos sufrieron las peores privaciones posibles, pero se mantuvieron firmes en seguir la senda de Cristo de verdad y justicia y hoy lo recibimos como una nación libre en la que los derechos y la dignidad de todos son reconocidos” (González, Antonio; Nelson Mandela, Editorial CCS, Madrid 2008, pp. 20-21). Esa gratitud sincera de Mandela a Juan Pablo II nos invita a la gratitud con él, por su testimonio de amor (buscó la reconciliación de su patria a través del perdón), libertad (su celda medía aproximadamente dos metros cuadrados), justicia (“Hemos nacido para manifestar la Gloria de Dios, que acide dentro de nosotros”), humanidad y humildad, esa que tienen los grandes hombres.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • El Palio arzobispal

    Como es costumbre, este 29 de Junio, fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, patrones de Roma, el Papa Francisco entregó el Palio a 35 Arzobispos Metropolitanos; 3 de ellos mexicanos, a saber: Mons. Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey; Mons. Alfonso Cortés Contreras, arzobispo de León y Mons. Fabio Martínez Castilla, arzobispo de Tuxtla Gutiérrez. La Diócesis de Querétaro pertenece a la Provincia del bajío, de la cual la Metrópoli es León y son parte también las diócesis de Irapuato y Celaya; mientras que Mons. Cabrera López perteneció al clero de nuestra diócesis.

    Respecto a las Provincias eclesiásticas el canon 431 § 1 afirma: “Para promover una acción pastoral común en varias diócesis vecinas, según las circunstancias de las personas y de los lugares, y para que se fomenten de manera más adecuada las recíprocas relaciones entre los Obispos diocesanos, las Iglesias particulares se agruparán en provincias eclesiásticas delimitadas territorialmente”; mientras que del Metropolitano afirma el canon 435: “Preside la provincia eclesiástica el Metropolitano, que es a su vez Arzobispo de la diócesis que le fue encomendada; este oficio va anejo a una sede episcopal determinada o aprobada por el Romano Pontífice”. El canon 437 afirma en el párrafo 1 que el palio “es signo de la potestad de la que en comunión con la Iglesia de Romana se halla investido en su propia provincia”, refiriéndose al Arzobispo.

    En la liturgia existe un dosel portátil sujeto a cuatro o seis barras que se lleva en algunas procesiones eucarísticas sobre la custodia, llamado palio. No es este el que ha entregado el Papa a los Arzobispos, sino “un ornamento del Papa y de los Metropolitanos con forma de faja circular de la cual penden ante el pecho y en la espalda dos tiras rectangulares, de lana blanca, con cruces de seda de color negro o rojo” y que probablemente procede de la toga paliata romana o del omoforion griego. La ceremonia de imposición del palio está atestiguada al menos desde el siglo VI (Liber pontificalis) y ha sufrido una evolución en su forma y en su concesión.

    “La lana del palio procede de las ovejas que son bendecidas en la festividad de santa Inés […] Los palios una vez confeccionados son bendecidos después de las primeras vísperas de la festividad de san Pedro y son custodiados en una caja de plata dorada a los pies del altar mayor de la Basílica Vaticana” (Martí Bonet, José María; El Palio. Insignia pastoral de los papas y arzobispos. BAC, Madrid 2008, pp. 3-4). La estructura que tiene el palio y que sea de lana nos evocan la representación de la oveja perdida y hallada por el Buen Pastor y que se la coloca en los hombros. De las imágenes más antiguas de los cristianos es esta del buen pastor con la oveja sobre los hombros, encontradas en las catacumbas romanas.

    El palio es pues, signo de la comunión que representa y debe promover el Arzobispo en la metrópoli que preside, por eso, como afirma el canon 437 en su párrafo 2: “El Metropolitano puede usar el palio a tenor de las leyes litúrgicas, en todas las iglesias de la provincia eclesiástica que preside, pero no fuera de ella, ni siquiera con el consentimiento del Obispo diocesano”.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • Francisco y el exterminio de los Armenios

    El 3 de Junio del presente, el Papa Francisco recibió en audiencia a su Beatitud Nersès Bédros XIX Tarmouni, Patriarca de Cilicia de los Armenios católicos y una comitiva que le acompañaba. Cinco días después, el periodista italiano Marco Tosatti escribía en el diario La Stampa que durante la audiencia una persona le comentó al Papa que era descendiente de las víctimas del genocidio que los turcos cometieron contra los armenios a partir, principalmente, de 1915 en adelante, hasta el fin de la primera guerra mundial, en el que muchos afirman murieron más un millón y medio de personas. A esto el Papa habría respondido diciendo que este es “el primer genocidio del siglo XX”. Esta es una cuestión discutida y al respecto varios país e instituciones internacionales, siguiendo las indicaciones de las Resoluciones votadas tanto por la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos del Hombre (1985) como del Parlamento Europeo (noviembre de 2000) se han pronunciado oficialmente reconociendo el genocidio para que Turquía reconozca los hechos, cosa que los turcos niegan. En cuanto al Papa, no es la primera vez que se pronuncia sobre el tema, ya en 2006 siendo Arzobispo de Buenos Aires y con motivo del 91 aniversario del inicio del genocidio lo calificó como “el más grave crimen de la Turquía otomana contra el pueblo armenio y toda la humanidad”.

    Según Tosatti, citando al diario turco Hürriyet, Turquía reaccionó “airadamente” ante la declaración del Papa, incluso oficialmente a nivel diplomático.

    Durante el verano de 1915 llegaron al Vaticano, al Papa Benedicto XV, noticias de lo que estaba sucediendo en Turquía por obra del Gobierno de los “Jóvenes Turcos”, para que el Papa alzara su voz. El Delegado Apostólico en Estambul, Mons. Angelo Dolci, escribía al Secretario de Estado, Cardenal Pietro Gasparri: “Horrores espeluznantes han sido cometidos por este Gobierno contra los armenios al interior del Imperio. En algunas regiones han sido masacrados, en otras, deportados a lugares desconocidos para que mueran de hambre durante el trayecto [… ]”. En septiembre de ese año el Papa escribía una carta al Sultán Mahoma V, en la cual le pedía tuviera “piedad e interviniera a favor de un pueblo, el cual por la religión misma que profesa, está obligado a mantener una fiel sujeción hacia la persona misma de Vuestra Majestad” (Giovanni Sale, Lo sterminio degli armeni, en La Civiltà Cattolica 2002 I 107-118, p. 114).

    La Revista La Civiltà Cattolica (fundada en 1850) de los padres Jesuitas (Bergoglio es Jesuita) denunció todas esas tragedias, sobre todo la de Adana en 1909, pues ellos tenían colegios en la ciudad, en los que unos 4 000 armenios encontraron refugio. Y denunció también la quietud de los países occidentales frente a esta barbarie.

    De entre los testimonios documentados sobre el tema se pueden leer cosas como: “En Armenia muchos católicos amarrados uno enfrente de otro fueron precipitados desde una colina situada frente a la ciudad al río que pasaba abajo. Entre ellos estaba también un sacerdote católico, Don Emmanuel Giukunian, y para mayor ignominia, atado a un perro y arrojado así en las aguas para morir ahogado” (p. 117).

    “Lo que se espera de la oficina del Papa, con la responsabilidad de la autoridad espiritual que tiene es contribuir a la paz mundial, en lugar de promover la enemistad por los acontecimientos históricos” afirmó el ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Ahmet Davouto Alu en días pasados. Recordar estas cosas dolorosas no es para promover enemistades, es para como decía Juan Pablo II con motivo del Jubileo del año 2000 al reconocer la Iglesia las culpas del pasado, purificar la memoria; aceptar las propias culpas como paso ineludible para la justicia, la paz y la reconciliación.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • Santo Tomás Moro: patrono de Políticos y Gobernantes

    A los políticos y gobernantes queretanos, con mis oraciones

    El viernes 14 del presente el Papa Francisco recibió en visita oficial al Arzobispo de Canterbury y Primado de la Comunión Anglicana: Justin Welby. El Papa le dirigió un mensaje en el que entre otras cosas le dijo: «En la feliz circunstancia de nuestro primer encuentro, deseo darle la bienvenida con las mismas palabras con las cuales mi predecesor, el Venerable Siervo de Dios Pablo VI, se dirigió al Arzobispo Michael Ramsey durante su histórica visita de 1966: “Sus pasos no llegan a una casa extranjera […] Nos estamos alegres de abrirle las puertas y, con las puertas, Nuestro corazón; pues Nos estamos contentos y honrados […] de recibirle ‘no como huésped y forastero, sino como conciudadano de los Santos y de la Familia de Dios’ (cfr. Ef 2, 19-20)”.

    La historia de las relaciones entre la Iglesia de Inglaterra y la Iglesia de Roma es larga y compleja, no privada de momentos dolorosos. Los últimos decenios, sin embargo, se han caracterizado por un camino de acercamiento y fraternidad, por el cual debemos dar gracias a Dios sinceramente».

    Y es que las relaciones entre las Iglesias de Roma e Inglaterra se vieron fracturadas por dos Actas que el Parlamento Inglés aprobó. La llamada Acta de sucesión, con la cual establecía que el matrimonio contraído por el Rey Enrique VIII con Catalina de Aragón era declarado “manifiestamente contrario a las leyes de Dios, privo de toda validez, totalmente nulo y abrogado” y, por el contrario, el matrimonio contraído por el Rey con Ana Bolena, era “legítimo”, sancionado y retenido “incontestable, auténtico, verdadero y perfecto”. Este documento negaba que el Papa tuviera poder de dispensar en el campo matrimonial. El Acta empezaba a tener valor el 1º de Mayo de 1534. Al súbdito que se negara a jurar en forma solemne el observar lealmente el Acta se le consideraba que incurría en alta traición y le comportaba la pena de muerte y la confiscación de sus bienes. Con el segundo documento, llamado Acta de Supremacía, aprobado el 3 de noviembre de 1534, se decretaba que “nuestro Rey soberano, así como sus sucesores, Rey de este reino, sea reconocido, aceptado y tenido, como solo y supremo Jefe de la Iglesia Inglesa o Anglicana Ecclesia”.

    A todo esto se opuso y nunca quiso reconocerlo el mismísimo Canciller del reino: Tomás Moro. Nacido en Londres el 7 de Febrero de 1478. Hizo estudios clásicos en Oxford, donde aprendió griego y latín; estudió Derecho en Londres llegando a ser Abogado. En su juventud pasó cerca de 4 años en la cartuja de Londres con los monjes, participando en la Santa Misa, meditaciones, lecturas y prácticas de penitencia con ellos. En 1504 inició su carrera política, llegando a ser miembro del Parlamento; en 1510 fue nombrado representante de la Corona en Londres por Enrique VIII; se le confiaron encargos diplomáticos; en 1516 publica su célebre Utopía; en 1519 el mismo Rey lo nombra su Consejero; luego en 1521 es nombrado Vicetesorero del Reino y en 1523 Presidente de la Cámara de los Comunes; el 25 de Octubre de 1529 alcanzó la más alta responsabilidad del Reino al ser nombrado Lord Canciller. Era el primer laico nombrado para ese Oficio, sucediendo a Thomas Wolsey, Arzobispo de York. A los doce años de edad había servido como paje en casa del Arzobispo de Cantebury, el entonces Lord Canciller y luego Cardenal John Morton. Luego de viudo volvió a contraer segundas nupcias.

    Renunció a su cargo de Lord Canciller el 16 de Mayo de 1532 “porque no podía aprobar ni la escisión de la Iglesia inglesa de Roma ni el divorcio y las segundas nupcias de Enrique VIII, que tuvieron lugar en enero de 1533” (Berglar, Peter; La hora de Tomás Moro. Solo frente al poder; Ediciones Palabra, Madrid 20044).

    Luego requerido para firmar ambas Actas, cosa a la que se negó, fue por tal motivo encarcelado en la Torre de Londres. Ahí escribió La agonía de Cristo. Lo enjuician el 1º de Julio de 1535; él solo calló, no juró, calló también sobre las razones para no jurar. La sentencia fue: “kill him”, esto es, sea condenado a muerte. El 6 de julio del mismo año fue decapitado.

    El 29 de diciembre de 1886 fue beatificado por León XIII; el 19 de mayo de 1935 canonizado por Pío XI; el 31 de octubre del 2000 proclamado por Juan Pablo II Patrono de los políticos y gobernantes, afirmando: “Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes”.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes

  • Los motivos de un conflicto

    Ciertas formas de pensar han propuesto la lucha de clases como el motor que mueve la historia, es decir, que toda la historia de la humanidad se reduce a los conflictos entre los hombres. Esta idea se pretende explicar de diversas maneras, hay quienes pretenden que sea como la esencia del hombre, ya lo expresaba la conocida frase latina: «homo lupus homini«: el hombre es un lobo para el hombre. Estas formas de pensar se han querido incluso en ocasiones justificar con motivos religiosos, es este un tema amplio y complejo. En un texto que en su momento causó cierta polémica, el P. Carlos Bravo Gallardo, SJ (Jesús, hombre en conflicto. El relato de Marcos en América Latina. Sal terrae, Santander 1986) hace una lectura del Evangelio de Marcos teniendo como hilo conductor el «conflicto» de Jesús con las instituciones de su tiempo. Lejos de estar en esta línea sociologista a la que hemos hecho alusión (y como en su momento algunos quisieron encuadrar), el autor propone una lectura del evangelio que incide en la vida cotidiana, una coherencia que se hace necesaria entre lo que se cree y lo que se hace, en poca palabras, una fidelidad al Padre hasta la muerte por parte de Jesucristo, misma que debe ser la de cada cristiano. Es esa fidelidad a Dios y a los hermanos. Quien pretenda ser fiel a Dios libra una contienda en su interior, teniendo como criterio el amor, la verdad, la libertad.

    El pasado 7 de Julio de 2013 fue consagrado Obispo auxiliar de Shangai (China) Mons. Taddeo Ma Daquin, y al día siguiente se le notificó que debía permanecer aislado en las instalaciones del Seminario de Shesan, bajo custodia policial. Esto se da en el difícil contexto de la pretensión de las autoridades civiles de esa república de crear una iglesia nacional China independiente de la Santa Sede. Por eso, la «falta» del joven Obispo (44 años en ese momento) fue expresar públicamente su fidelidad al Romano Pontífice, anunciar su baja de la Asociación de Católicos Patrióticos (creada en 1958) y negarse a que le impusieran las manos varios obispos excomulgados.

    Esta difícil situación ya ha sido tratada, entre otros documentos, por la Carta a los católicos en la República Popular China (27 de Mayo de 2007) de Benedicto XVI. De igual modo, en su Mensaje Urbi et Orbi del 26 de diciembre del año pasado: «Que el Rey de la Paz dirija su mirada a los nuevos dirigentes de la República Popular China en el alto cometido que les espera. Expreso mis mejores deseos de que en esta misión se valore la contribución de las religiones, respetando a cada una de ellas, de modo que puedan contribuir a la construcción de una sociedad solidaria, para bien de ese noble pueblo y del mundo entero». La doctrina y trabajo de la Iglesia en todo el mundo es contribuir a la construcción de una paz verdadera, que es siempre un don de Dios, y no crear conflictos nacidos de ideologías que no tienen en cuenta la dignidad de cada persona humana.

    Pbro. Filiberto Cruz Reyes