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Entre la parresía y el kairós

Homilía Misa en CISAV, 18 Diciembre 2024
Jr 23, 5-8; Sal 71; Mt 1, 18-24
Entrañables hermanos: Se acerca el fin del año. O mejor, nos acercamos cada día más a nuestro fin; fin en una doble acepción: nuestro fin cronológico y nuestro fin teleológico; nuestro encuentro definitivo con el Dios-con-nosotros que se ha hecho carne, por eso es menester como pide nuestro Obispo, Mons. Fidencio López Plaza, X Obispo de Querétaro: “discernir lo que el Buen Pastor nos pide hoy, reconociendo, interpretando y haciendo opciones valientes y oportunas” (2 Carta Pastoral n. 5), es decir, transitar entre la parresía y el kairós en la historia de cada día, pues no tenemos otra, así como está, en este México violento y lleno de ambiciones, de juventud y esperanza, a casi cien años de la cristiada como testigo invisible de un régimen ubicuo y omnímodo que busca segar la vida desde su mismo inicio y deja Títulus sobre las cruces o cartulinas en los cuerpos descuartizados que pretenden dar razón del motivo de las atrocidades.

Con el Misterio de la Encarnación el Eterno se hace temporal e irrumpe en la vida cotidiana de María y José, para trastocar sus planes personales y elevarlos haciéndoles partícipes del paso de la génesis a la palingénesis, de la creación a la recreación.
La vida de José se inscribirá en el camino de Moisés y Jacob, en la experiencia del encuentro con el Divino, donde sus vidas llegarán a través de la escucha, la visión y el sueño teofánico a lo afirmado por Jacob al contemplar la escalera que iba de la tierra al cielo: “¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!” (Gn 28, 17). El Espíritu Santo hará del vientre de María la nueva zarza ardiente (cfr. Ex 3, 2-3), la nueva casa del Dios-hombre que alzado en la cruz será como la nueva escalera alzada al cielo.
Moisés era el hijo (adoptado) de la hija del Faraón, el Niño que nacerá será el Hijo de la Hija de Sión, será Hijo muy amado de Dios, Hijo adoptivo de José; será el nuevo Moisés que guiará a la comunidad creyente al nuevo y definitivo éxodo.
Ese niño que nacerá del Espíritu Santo y de María, quien tenía sus propios planes de vida y los trocó para aceptar la voluntad de Dios, llegará a ser “Ese Cristo con el corazón traspasado y ardiente, es el mismo que nació en Belén por amor, es el que caminaba por Galilea sanando, acariciando, derramando misericordia, es el que nos amó hasta el fin abriendo sus brazos en la cruz. En definitiva, es el mismo que ha resucitado y vive glorioso en medio de nosotros” (DN 51).
CISAV, felicidades por tu caminar de este año 2024, por tu mirada atenta para reconocer tu entorno e interpretarlo en un estado de “sueño teofánico” en los temas cruciales de la vida, la justicia, la violencia, la solidaridad, la paz, etc. Que tu contemplar sea siempre con los pies descalzos, en diálogo abierto y respetuoso con todos, de manera especial con quienes piensan diferente.
Cada miembro de esta amada Institución debe recordar que su trabajo cotidiano no es solo una profesión a desempeñar cabalmente, sino una vocación que implica la vida toda, es un arriesgar la existencia al estilo de María, buscando discernir el momento oportuno, preciso y único (kairós) tomando deciciones valientes (parresía) a contracorriente de los cantos de sirenas de la moda ideológica, de los intereses meramente humanos, para ser unos “intelectuales con olor a oveja”, a pueblo sencillo; que tu voz anuncie siempre la fraternidad, la paz, la concordia, la verdad, la vida; con claridad, con caridad, para que tu vida sea siempre como la de San José que “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.
Gracias a todos los bienhechores que hacen posible este sueño de comunidad que desde la fe busca entender.
Gracias por permitirme caminar con Ustedes,.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Sede del CISAV, Santiago de Querétaro, México.
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El pacificador derribado, pero no aniquilado

“El Ares traciano adora la batalla por la batalla y su hermana Eris está provocando constantemente motivos para iniciar una guerra difundiendo rumores o despertando celos y envidias. Como ella, Ares no favorece a una ciudad o partido más que a otro, sino que lucha en este o aquel bando, según le surge la inclinación, disfrutando con la matanza de hombres y saqueando ciudades. Todos sus colegas inmortales le odian, desde Zeus y Hera hasta el más inferior, excepto Eris y Afrodita, que alimenta una perversa pasión por él, y el voraz Hades, que da la bienvenida a los valientes jóvenes guerreros muertos en crueles guerras.
Ares no siempre resultó vencedor.
Despreciaba profundamente los litigios, nunca se presentó ante un tribunal como demandante y sólo una vez como acusado, cuando los otros diosesel cargaron el horrible asesinato de Halirrotio, el hijo de Posidón. Él se justificó diciendo que había salvado a su hija Alcipe, de la Casa de Cécrope, de haber sido violada por el tal Halirrotio. Puesto que nadie había presenciado el incidente, excepto el mismo Ares y Alcipe, que naturalmente confirmó el testimonio de su padre, el tribunal ol absolvió. Ésta fue la primera sentencia pronunciada en un juicio por asesinato, y la colina en la que se celebró la causa pasó a ser conocida como Areópago, nombre que todavía conserva.
«Areópago» significa probablemente «colina de la Diosa conciliadora», siendo areia uno de los títulos de Atenea”(1).
Así explicaban los antiguos griegos al dios Ares, que pasaría a la mitología romana como Marte, y del latín Mars, martis, al castellano Marcelo. Tenía entre otros atributos ser el dios de la guerra.

Su nombre era Marcelo Pérez Pérez, sacerdote católico, de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chis; de origen tzotzil, de San Andrés Larraínzar, Chis.
Este domingo 20 de octubre de 2024 en que la Iglesia celebra el Domund, Domingo Mundial de las Misiones, al terminar una Misa y dirigirse a otra comunidad, al subir a su auto se le acercaron dos sicarios y le dispararon hasta arrebatarle la vida. Era Párroco en Nuestra Señora de Guadalupe.
En un Comunicado del Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel difundido ayer mismo, se puede leer: “Lamento muchísimo el asesinato del P. Marcelo Pérez Pérez, sacerdote indígena tsotsil de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, la mañana de este domingo, en el Barrio de Cuxtitali, de la misma ciudad, al terminar de celebrar la Misa. Estoy muy adolorido e iré a su sepelio este lunes. Fue de los primeros sacerdotes indígenas que ordené como presbítero”.
Con fecha de seis de octubre de este año el papa Francisco envió una carta a los nuevos Cardenales que “creará” en un próximo Consistorio, en la que les pide tengan tres actitudes, una de las cuales es andar con “los pies descalzos”; dice: «tocando la aspereza de la realidad de muchos rincones del mundo embriagados de dolor y sufrimiento por la guerra, la discriminación, la persecución, el hambre y numerosas formas de pobreza que te exigirá tanta compasión y misericordia. Agradeciendo tu generosidad, rezo por ti para que el título de “servidor” —diácono— opaque cada vez más al de “eminencia”». Si bien la Carta (6 de octubre 2024) está dirigida a los nuevos Cardenales, vale para todos aquellos que por la “creación” formarán “parte del clero de Roma”. Refiriéndose al ministerio del Padre Marcial afirma el Cardenal Arizmendi: “Nunca se metió en políticas partidistas, sino siempre luchando por que los valores del Reino de Dios se hicieran vida en las comunidades. Son los valores de verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz”. Y afirma también con claridad: “Su asesinato nos demuestra, una vez más, el clima de violencia que se ha desatado en Chiapas y en casi todo el país”.
Por su pate la CEM, en un comunicado (Prot. No. 292/24) dado el día de ayer afirma: “La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) expresa su más enérgica condena y profundo dolor ante el brutal asesinato del P. Marcelo Pérez, sacerdote de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, ocurrido en el barrio de Cuxtitali […] Este acto de violencia… silencia una voz profética que incansablemente luchó por la paz con verdad y justicia en la región de Chiapas.
El P. Marcelo Pérez fue un ejemplo vivo del compromiso sacerdotal con los más necesitados y vulnerables de la sociedad”.
Por su parte el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño) en una Carta (P. /No. 0126 de 2024) dirigida a Mons. Rodrigo Aguilar, Obispo de San Cristobal de las Casas, le dicen: “Sabemos que el padre Marcelo ha sido un incansable buscador de la paz y la justicia en su pueblo, fruto de su compromiso fiel por el Evangelio y su entrega total a Cristo presente entre los que más sufren”.
Mientras que la ONU afirmó el día de ayer: “Ciudad de México, 20 de octubre de 2024.- La Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ONU-DH) condena el asesinato del sacerdote Marcelo Pérez Pérez, perpetrado esta mañana en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, e insta a las autoridades a llevar a cabo una investigación pronta, exhaustiva y eficaz”.
En su 6º Informe de gobierno, el Ex presidente de México AMLO, afirmó en el zócalo de la Ciudad de México, que tenemos un sistema de salud pública “mejor” que el de Dinamarca. En su monólogo mañanero del día 3 de septiembre le preguntaron si eso que había dicho era cierto o era una broma. A lo que afirmó: “no, no”. Le insistieron: ¿o fue para hacer enojar a sus opositores? Respondió: “También. No para hacerlos enojar, sino porque… ¿Cómo se llama en el periodismo? Para que hubiera miga; para que tuvieran algo que decir, porque luego se enojan mucho y dicen: a ver qué le sacamos”. Y sí, lo logró, millones de mexicanos están enojados, vivimos en una patria polarizada, herida, ensangrentada.
Apergollar: “Exigir insistente y violentamente algo || Matar de un golpe en el cogote” (RAE). También en un cierto momento el expresidente llamá a la Iglesia “apergollada” por la oligarquía mexicana. Oligarquía: “Grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector social, económico y político (RAE). Sí, la Iglesia como muchos mexicanos está “apergollada” por la oligarquía del crimen organizado. Los sacerdotes siempre somos muy vulnerables: no andamos en camionetas blindadas, no andamos con personal de seguidad, se nos encuentra facilmente sin vallas metálicas, etc. ¿Qué pensar de ese modo tan ligero de hablar en un informe de gobierno, de esa forma de provocar, de caldear los ánimos? ¿cómo tomar en serio a una autoridad que al hablar así de verdad mancha su investidura?
Mons. Romero, hoy santo, al pronunciar una homilía que también le llevó a otra oligarquía a decidir quitarle la vida afirmó:
“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: «No matar». Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: icese al represión!” (Homilía, 23 de marzo de 1980, Quinto Domingo de Cuaresma). Al día siguiente, mientras celebraba la Santa Misa, al momento del ofertorio le dispararon al corazón. Murió instantaneamente.
El 13 de septiembre de este año, las tres Diócesis de Chiapas realizaron una manifestación para pedir la paz, ahí en una entrevista el Padre Marcelo afirmó entre otras cosas:
La manifestación “es un mensaje contundente, claro, de que la violencia ya no se aguanta. El pueblo se está levantando, la Iglesia se está levantando. Se han unido las tres Diócesis ante esta avalancha de la violencia y que desgraciadamente el gobierno, no solamente que no hacen nada sino que niega sistemáticamente la existencia de la violencia y cada vez hay más muertos, hay desplazados; hay, este, secuestros, hay muchos desplazamientos en la zona sierra, en Comalapa, en Chicomuselo y eso preocupa mucho por eso estamos aquí las tres Diócesis de Chiapas… (por los políticos) rezamos por ellos, para que tomen en serio los temas de la violencia, para que la paz retorne acá en Chiapas. Nosotros seguimos manifestándonos, nosotros vamos a seguir movilizándonos, nosotros seguimos arriesgando nuestras vidas, pero le pedimos a Dios que ellos hagan su trabajo, que ellos de verdad tomen en serio el defender la vida del pueblo; que no lo sometana la esclavitud bajo el yugo de la violencia…”. Este domingo de su muerte, se leyó en la segunda lectura un texto de San Pablo en su primera carta a Timoteo: “Te ruego hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido” (1 Tim 2, 1ss).
La vida del Padre Marcelo es como un eco testimonial de las palabras del Papa Francisco a los nuevos Cardenales que serán “creados” en el consistorio del próximo diciembre: vivió con “los pies descalzos… tocando la aspereza de la realidad de muchos rincones del mundo embriagados de dolor y sufrimiento por la guerra, la discriminación, la persecución, el hambre y numerosas formas de pobreza que te exigirán tanta compasión y misericordia”. Aunque estuvo amenazado de muerte, no se fue, se quedó a celebrar el Día del Señor con su pueblo en las Misas; sí era Domingo “cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada”, así cambió el significado de su nombre Marcelo, a no más guerra inútil, no más violencia sin sentido, que callen las armas. También había afirmado: “la corrupción es alimento fuerte de la violencia… no se puede aplicar la justicia cuando hay corrupción”. Y afirmó la más pura doctrina de la Iglesia: “También los delincuentes son hijos de Dios y tienen que recuperar su conciencia de que todos valemos… de que todos tenemos derecho a vivir en paz”.
Hermano Marcelo, has renovado el misterio de las apariciones de la Virgen de Guadalupe: estabas en una parroquia bajo ésta advocación de María y estuviste siempre orgulloso de tu sangre indígena, tzotzil. Eres como el nuevo Juan Diego, esperamos que un día tu muerte sea declarada como llevada a cabo “por odio a la fe”. Que tu muerte se transforme en semilla de nuevas y abundantes vocaciones sacerdotales, en “semilla de cristianos”. Eres el pacificador derribado, pero no aniquilado (cfr. 2 Cor 4, 9), misionero invicto.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Santiago de Querétaro, Qro. México, 21 de Octubre de 2024
(1) Graves, Robert; Los mitos griegos 1, pp. 106-107. Madrid 20114.
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Hace cuatro años

Afirma el Derechos de la Iglesia Católica que: “Queda vacante una sede episcopal por fallecimiento del Obispo, renuncia aceptada por el Romano Pontífice, traslado y privación intimada al Obispo” (c. 416).
También ordena la norma eclesial que: “A partir del momento en que reciba noticia cierta de su traslado, el Obispo debe dirigirse a la diócesis ad quam antes de dos meses, y tomar posesión canónica de ella, y la diócesis a qua queda vacante en el momento en que toma posesión de la nueva” (c. 418 § 1).

La Iglesia también indica en quien recae el gobierno de la Diócesis mientras ésta está vacaante: “Al quedar vacante la sede y hasta la constitución del Administrador diocesano, el gobierno de la diócesis pasa al Obispo auxiliar o, si son varios, al más antiguo de ellos por el orden de su promoción, y, donde no haya Obispo auxiliar, al colegio de consultores, a no ser que la Santa Sede hubiera establecido otra cosa. Quien de ese modo se hace cargo del gobierno de la diócesis, debe convocar sin demora al colegio que sea competente para designar Administrador diocesano” (c. 419).
Postriormente se indica cuándo termina el gobierno de la Diócesis por parte del Administrador Diocesano: “El Administrador diocesano cesa en su cargo cuando el nuevo Obispo toma posesión de la diócesis” (430 § 1).
Este proceso lo vivió nuestra amada Diócesis de Querétaro: al darse a conocer la noticia de que el Romano Pontífice había traslado al IX Obispo de Querétaro y no haber dado alguna otra indicación, el colegio de consultores discirnió y fueron en busca del Obispo emérito de Querétaro, para pedirle que asumiera asumiera el gobierno de la Diócesis de Querétaro, a lo que él accedió. Meses después, El Romano Pontífice dio la noticia que había nombrado X Obispo de Querétaro a Mons. Fidencio López Plaza, al momento Obispo de San Andrés Tuxtla, Ver. Y Un día como hoy, 19 de octubre de 2020, año de la pandemia, tomó posesión de la Diócesis en la Catedral de Querétaro: El cupo de asistencia fue limitado por motivos de la pandemia y la distancia social.
En menos de cuatro años que lleva entre nosotros nos ha marcado claramente el rumbo que debe serguir nuestro caminar eclesial a través de dos Cartas Pastorales: La primera intitulada “Ante las crisis y pandemias de ayer, hoy y siempre «El mejor servicio al hermano es la evangelización»” (7 de febrero de 2022) y la segunda, que lleva por título: “«Llamó a los que él quizo para estar con Él» (cfr. Mc 3, 13-14). Hacia una estructura de la pastoral diocesana más sinodal y en salida misionera” (2024).
Traigo para recordar un texto que hace cuatro años escribí:
Padre Fide-Mons. Fidencio
“Los relatos nos enseñan; plasman nuestras convicciones y nuestros comportamientos; nos pueden ayudar a entender y a decir quiénes somos”. Así nos dice el Papa Francisco en su mensaje de este año con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones. Por eso quisiera recordar un jueves 19 de Octubre de 1989.
Ingresé al Seminario Mayor a la etapa de filosofía en agosto de 1988, luego de haber transcurrido el ciclo escolar anterior en el Curso introductorio, que entonces se realizaba en Celaya. La experiencia de trabajo pastoral era los fines de semana, de viernes por la tarde y el regreso el domingo por la noche para la cena, Hora santa y oración de Completas. Ese año fui asignado desde el trabajo en verano para participar junto con un grupo de compañeros seminarista y otros laicos en el Secretariado de Evangelización y Catequesis (SEDEC), que presidía el Padre Fidencio López Plaza, llamado con afecto por todos como Padre Fide. Él llevaba ya varios años desempeñando ese servicio; había creado grupos itinerantes de catequista que iban a las parroquias a dar cursos, otro grupo redactaba junto con él numerosos folletos, se editaba el SEDEQUITO, folleto para guiar las reuniones de catequistas que luego lo llevaban a las parroquias y se replicaban las catequesis. Los folletos se elaboraban en un mimeógrafo y había que “picar” el esténcil, después llegó la modernidad con el esténcil electrónico para dar mejor calidad a la impresión; ese había que ir a “quemarlo”. Los compañeros más antiguos y diestros enseñaban a los novatos a imprimir, doblar las hojas y engraparlos. Eran noches y madrugadas intensas para elaborar el SEDEQUITO, pues a veces los escritores se retrasaban en la entrega de sus textos y al iniciar el día teníamos las reuniones de catequesis en el auditorio del Seminario diocesano.

A la llegada de Mons. Mario de Gasperín Gasperín a nuestra Diócesis el 5 de mayo de 1989 muchas cosas se dinamizaron, entre otras, empezó a crear parroquias nuevas frente a la necesidad de una ciudad creciente. Así que el 19 de octubre, era jueves lo recuerdo, de ese mismo año de su llegada, erigió la Parroquia de El Cristo de las Bienaventuranzas, en la Colonia Menchaca y nombró como primer párroco al Padre Fidencio López Plaza. La Misa de toma de posesión del nuevo párroco fue a las 19:00 hrs., me parece. Del grupo de seminaristas que colaborábamos con él en el SEDEC, invitó a tres a ir con él a la parroquia los fines de semana para colaborar en el apostolado. La nueva Parroquia se formó con parte del territorio parroquial que perteneció a la Parroquia del Señor de la Piedad, que presidía como Párroco el Señor Cura Gonzalo Zarazúa, que de Dios goce. No había casa parroquial, se estaba construyendo un pequeño departamento anexo al templo parroquial. La labor del Padre Fide en la parroquia fue muy bendecida por Dios, pues crecieron muchas comunidades, él compuso muchos cantos que hoy se cantan dentro y fuera de la parroquia; surgieron muchos grupos de jóvenes y en ese ambiente violento que se vivía brilló fuertemente un ambiente de paz poco a poco.
Por eso es significativo que este 19 de octubre de 2020, después de su experiencia de cinco años y cinco meses como Obispo de San Andrés Tuxtla, Ver; regrese en la misma fecha pero 31 años después para hacer su profesión de fe y su juramento de fidelidad como parte de la toma de posesión como el X Obispo de la Diócesis de Querétaro. El Señor Obispo Mario de Gasperín que le dio el nombramiento de Párroco hace 31 años ahora le entrega la Diócesis después de haber ejercido el oficio de Administrador Diocesano.
Hoy es tiempo de esperanza en medio de esta pandemia, tiempo de reconciliación y oración, de alegría, pues “necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos”. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
19 de octubre de 2020
Mientras estaba la Misa en Catedral de toma de posesión, una mujer daba a luz y se debatía entre la vida y la muerte; la madre ahora está saludable, su niña nació bien, y hoy lleva por nombre Victoria. Felicidades a Mons. Fidencio y a Victoria.
Demos gracias a Dios por el don de nuestro X Obispo: Mons. Fidencio López Plaza.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Santiago de Querétaro, 19 de octubre de 2024
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Sentire cum Ecclesia
(Sentir con la Iglesia)
A Mons. Arturo Lona,
Obispo Emérito de Tehuantepec
Este vitral que presentamos representa a San Ignacio de Loyola y es uno de los que se encuentran en la Capilla del Seminario de San José de la Montaña, en San Salvador, el Seminario de la Arquidiocesis que Monseñor Romero pastoreó y que le vio morir, y ahora para alegría de toda la Iglesia, también subir a los altares con su beatificación.
Óscar Arnulfo Romero Galdámez nació un 15 de Agosto de 1917 y entró al Seminario Menor de San Rafael a la edad de 13 años. Luego de un corto periodo en el Seminario Mayor de San Salvador fue enviado a estudiar a Roma, a la Universidad Gregoríana, en donde permaneció de 1937 a 1943. En Roma habitó en el Colegio Pío Latino Americano, mismo que se había creado por voluntad del Papa Pío IX en 1858, con la intención de «refundar» la iglesia latinoamericana, pues era necesario superar cierto provincianismo y promover una mayor conciencia de iglesia universal y fortalecer más el sentido de comunión con la iglesia de Roma, pues la iglesia en
América Latina luego de varios siglos del régimen hispano era casi incapaz de distinguirse de la sociedad misma, éste régimen se caracterizaba por el patronazgo y una confusión entre lo sagrado y lo profano. Esta » romanización» pretendía separar a los clérigos de la política y acentuar más bien su sentido de lo eclesial y espiritual. El Colegio obtuvo el título de Pontificio en el año 1905 y el Papa Pío X otorgó a los jesuitas la perpetuidad de su dirección ese mismo año. La Universidad Gregoríana también es dirigida por los jesuitas, por lo que el joven Romero conoció y se empapó de la espiritualidad ignaciana, en una modalidad especialmente austera y de exigencia, los jesuitas del Colegio eran españoles. De este modo empezó a practicar con frecuencia los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; cosa que por otra parte, era algo común en todos los seminarios e instituciones educativas del clero. El mismo Monseñor Romero dirá en 1972 acerca de este tema: «Los ejercicios de san Ignacio son un esfuerzo personal a vivir el cristianismo. No son los grandes principios generales de la revelación o del magisterio, sino el habla personal de Dios».
En los Ejercicios espirituales de san Ignacio se leen las «Reglas para sentir con la iglesia». Para el sentido verdadero que en la iglesia militante debemos tener, se guarden las reglas siguientes» (352).
Dice san Ignacio: «La primera. Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Seńor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica» (353).
«La terdécima. Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Seńor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y seńor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia» (365).
Creemos que por esto no debe extrañarnos que su gran amor, fiel a Dios y a la Iglesia, mismo que expresó en su lema episcopal «Sentire cum ecclesia«, pudo haberse inspirado directamente en esta espiritualidad ignaciana. Esta espiritualidad de comunión de su lema episcopal está ampliamente tratada por el Concilio Vaticano II y ha sido comprendida y vivida por los grandes santos santos: Francisco de Asís y su devoción por «el Señor Papa», Catalina de Siena y su filial atrevimiento hacia el «dulce Cristo en la tierra» al referirse al Romano Pontífice, Teresa de Ávila y su «soy hija de la Iglesia», Teresa de Lisieux con «en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor», etc. Romero y los grandes santos han comprendido claramente que la absoluta obediencia a Dios y a la Iglesia capacita para la absoluta libertad, o como dice Francisco: «Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva»» (EG 11). Mons. Romero transitó por los caminos siempre antiguos y siempre nuevos del Espíritu: los de la obediencia, de la fidelidad, de la santidad, del servicio, del discernimiento evangélico.
Monseñor Romero afirmó veinte años después de haber estudiado en Roma: «Que bella escuela para un seminarista que se prepara con devoción a las exigencias de su vocación, observar y vivir una Roma que se desenvuelve bajo la mano visible de Dios que es el Papa […] en esa fragua de Roma, que es clave de la historia […la] primavera romana tiene un misterio de dulzuras inefables; por las históricas calles bajo la luz de la aurora, los neosacerdotes van a celebrar sus primeras misas a los más famosos altares de la Cristiandad: catacumbas, tumba de san Pedro, de San Pablo, santa María la Mayor, etc. Y resucita en el alma recién consagrada todo el fervor de mártires y peregrinos cuya historia está ligada a aquellos centros espirituales de atracción «1.
Esta mañana de primavera en San Salvador nos hemos dirigido como peregrinos hasta la Catedral en donde están los restos del mártir en esta nueva Roma americana, constituida en centro espiritual de atracción forjado con fidelidad hasta la sangre. El 9 de octubre de 1977 Mons. Romero decía en una homilía: «Precisamente cuando han querido apagar la voz del padre [Rutilio] Grande para que los sacerdotes tuvieran miedo y no continuaran hablando, han despertado el sentimiento profético de nuestra iglesia».
A propósito de los mártires decía San Juan Crisóstomo: «En efecto, la prueba verdaderamente más fuerte de la resurrección de Cristo es que, habiendo padecido una muerte violenta, después de ésta él muestre tanto poder de persuadir a los hombres vivos a […] preferir a los placeres presentes las flagelaciones, los peligros y la muerte misma. Esta no puede ser empresa de un muerto que yace tendido en el sepulcro, sino es obra de quien está resucitado y vive». Hoy es pentecostés, último día de Pascua y por primera vez en la Plegaria Eucarística se mencionó el nombre de Óscar Romero para terminar de algún modo la Misa inconclusa donde él fue inmolado cruentamente. Beato Óscar Arnulfo Romero ruega por nosotros, por nuestra patria que alcance caminos de justicia y de paz, de conversión personal y comunitaria.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
San Salvador, 24 de mayo de 2015
1 Morozzo, Roberto. Monseñor Romero. Vida, pasión y muerte en El Salvador. Salamanca 2010.
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Treinta años en el camino

Padre Sergio Leodegario Ramírez González
XXX Aniversario de Ordenación Sacerdotal
Parroquia de la Divina Pastora, 12 de Octubre de 2024
Homilía
Ga 3, 21-29; Sal 104; Lc 11, 27-28
Padre Leo, 2 de octubre no se olvida, y 12 de octubre tampoco. Como recién hemos escuchado por parte del Estado mismo, fue éste quien perpetró la masacre de estudiantes en este día del 1968 (la tentación siempre será terminar haciendo lo que denunciamos, hoy México está militarizado); un año antes, 2 de octubre de 1967, viste tú la luz de este mundo por primera vez. Un año después fue el último día de luz para muchos estudiantes; estudiar, pensar y preguntar siempre será peligroso. Hoy lo vivimos nuevamente, la necedad de las palabras huecas nos acecha. El 12 de octubre de 1994 veías otra luz, la de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote que te iluminaba ahora con el sacramento del Orden, fuiste constituido en sacerdote Ordenado “por Cristo, con Él y en Él”; nadie podrá apagar esa Luz, si acaso el pecado la puede hacer languidecer, pero nunca apagarla, así lo afirma hoy San Pablo: “la ley escrita aprisionó a todos bajo el pecado para que, por medio de la fe en Jesucristo, los creyentes pudieran recibir los bienes prometidos”. El Señor Jesús te ha liberado para ser libre y para distribuir a los hermanos sus dones a manos llenas. Es Él quien en su misericordia te ha llamado a seguirle.
La búsqueda y seguimiento de Jesús nunca se hace en soledad, sino en comunidad; de este modo, tu primera misión recién ordenado fue acompañar a los jóvenes que buscaban su vocación, lo hiciste desde el Seminario durante dos años.

Posteriormente tu seguimiento del Señor consistió en profundizar tus estudios en la Pontificia Universidad de México; la teología maduraría en la práctica años después. Eran tiempos de sueños y esperanzas, de cartas entre estudiantes separados por el Atlántico pero cercanos en la fe, la fraternidad y la esperanza. Así transcurrieron 2 años 5 meses de tu vida.
Al regresar de tu experiencia de meditación teológica regresaste al Seminario como Director espiritual con los jóvenes de filosofía; tu carácter juvenil te ha caracterizado por la cercanía con los seminaristas, has sido siempre hermano generoso de camino. Así pasó un año de tu ministerio.
Llegó después tu primer contacto con la comunidad Parroquial, fue en Nuestra Señora de Guadalupe en la Reforma Agraria; adquiriste el terreno para la casa parroquial y la construiste, con tu pueblo hicieron las bancas del Templo parroquial, etc. Pasaste ahí un año de Vicario Parroquial y dos de Administrador.
Fuiste después enviado a San Pedro, en la Colonia Peñuelas como Vicario parroquial; en esta comunidad pasaste dos años, antes esta parroquia había sido parte del Cristo de las Bienaventuranzas a donde enseguida fuiste enviado como tercer párroco, antes lo había sido el estimado Maestro y Amigo el Pbro. Santiago López Medina, mejor conocido como Padre Layo, tu padrino de Ordenación. El primer párroco del Cristo de las Bienaventuranzas había sido nuestro hoy Décimo Obispo de Querétaro, Mons. Fidencio López Plaza, quien arribó ahí el 19 de Octubre de 1989. Diste seguimiento a las comunidades eclesiales de base, contando con la presencia constante del “Tatic”, Mons. Samuel Ruiz García, Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas. También construiste la casa parroquial siempre con las puertas abiertas a la fraternidad. Transcurrieron ahí 8 años de tu vida y ministerio.
Enseguida el Espíritu te envió a tierras de Guanajuato, tierras con sabor a pueblos originarios, a Santo Tomás Apóstol en Tierra Blanca. Ahí entraste al mundo de la paciencia, donde el tiempo transcurre lento, entre los encuentros de los santitos y las comunidades, entre subir y bajar de la montaña a la Santita Cruz del Pinar. En lo material también construiste los salones parroquiales. Fueron ocho años entre “cocinas”, esos encuentros fraternales donde la comida es el centro de la comunidad y entona el canto: “como los granos unidos en mazorca/ hoy nos reunimos con todos los pueblos/ para cantar y celebrar nuestra fe/ con la esperanza de hacer un mundo nuevo”.

Tus superiores pidieron que dejaras esas tierras llenas de montañas y piñones para regresar nuevamente a la ciudad, ahora en la Colonia Casa Blanca, en la Rectoría de la Divina Providencia. Tu tarea sería compartida: entre la pastoral comunitaria, la Pastoral Profética, la Escuela Bíblica y el SEDEC. Nacía así también nuestra pequeña Comunidad Sacerdotal que tantas alegrías y dolores nos ha visto compartir, también la fatiga saludable del trabajo. Pasaste ahí un año y 7 meses de vida pastoral.
Hoy estás aquí desde el 3 de julio de 2023, en medio de esta comunidad llena de historia queretana en las inmediaciones del Sangremal, de tradiciones y danzas de concheros, cuna de ilustres sacerdotes y artistas, de vida de piedad, de desafíos actuales. Continúas también animando la Pastoral Profética, la Catequesis y las Escuelas Básicas; gracias por todo el esfuerzo y entusiasmo que en ello pones, los frutos los va germinando Dios. Tu presencia es como siempre: discreta pero eficaz, sin protagonismos estériles, de corazón.
Padre Leo, sumas ya 30 años de vida ministerial, de caminar solidario, de luchas compartidas en ambientes diversos de nuestra querida Diócesis de Querétaro. Gracias por tu fraternidad solidaria; felicidades a todos los hermanos sacerdotes de tu grupo generacional: Wences, Aquileo, Aristeo, Armando, Pepe, Lucio, Clemente. Damos gracias a Dios por el fecundo ministerio de Don Mario de Gasperín Gasperín, de cuyas manos Ustedes recibieron el Sacramento del Orden; hoy como Obispo Emérito de Querétaro sigue orando por todos.

El Reino de Dios es anunciado por Jesús con parábolas y bienaventuranzas; las parábolas gustan de acentuar los extremos con exageraciones para que quede claro que es Dios quien actúa, miran hacia el futuro pero hacen ya presente el Reino de Dios. La vida del sacerdote es una parábola también, su pequeñez y fragilidad dan espacio a la grandeza y poder de Dios a través de un ser imperfecto y limitado como lo es el sacerdote; las bienaventuranzas anuncian el fin de una época difícil y dolorosa y la llegada del tiempo de Dios. Dichosos ustedes hermanos en su aniversario, porque habiendo dejado patria chica y familia, están insertos en la gran familia de Dios de los que “escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Felicidades a Doña Josefina y Don Refugio, papás del Padre Leo, a sus hermanos.
Queridos feligreses de esta amada parroquia de la Divina Pastora, oren por los sacerdotes, caminen con su párroco, cuiden la frágil vasija de barro que lleva un gran tesoro: Jesucristo el Señor, que se ha hecho Cordero y Pastor, Pan de vida para todos.
Que la Inmaculada Pastorcita guarde tus pasos.
Tu hermano, Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Parroquia de la Divina Pastora, 12 de Octubre de 2024
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La segunda llamada(1)

René Voillaume
Aprovecho la calma de algunos días en la Isla de Saint Gildas para escribirles un poco extenso antes de Pascua, para comunicarles algunas observaciones que he sido llevado a realizar en estos últimos meses. Se trata de nuestra fidelidad al Señor y a su llamada, en las grandes y las pequeñas cosas, a la mitad del camino recorrido en la vida religiosa, así como en sus inicios.
El riesgo de la duración para nosotros, como para toda empresa humana, es el de un cierto desgaste del ideal perseguido y del esfuerzo hecho para realizarlo, desgaste que nos llevaría a contentarnos con la mediocridad en la santidad. Con el pasar del tiempo y con la madurez de la edad surge la tentación de un compromiso entre las exigencias sobrenaturales del amor del Señor y aquellas de nuestra personalidad de hombres adultos. Cada año un mayor número de nosotros llega a esta etapa decisiva de la vida espiritual, etapa en la que debe efectuarse por última vez la elección entre Jesús o el mundo, entre lo heroico de la caridad o la mediocridad, entre la cruz o un cierto bienestar, entre la santidad o una honesta fidelidad al compromiso religioso. También la comunidad misma de la “Fraternidad” llega a esta misma madurez. ¿Frente a la grandeza de la obra que Jesús quisiera realizar a través de sus Pequeños Hermanos soy tal vez solamente yo quien ha advertido este peligro de hundimiento y esta angustia en el constatar esto que nosotros hacemos en concreto con las exigencias de su llamada a seguirlo a través del mundo? Me dirijo hoy a los hermanos profesos ancianos más bien que a los novicios o a los profesos jóvenes, también si estos últimos tienen mucho que ganar al considerar con realismo y con coraje esto que, en un próximo futuro, serán para ellos las exigencias de la vida religiosa. Aprender a superar generosamente las etapas sucesivas del crecimiento del Cristo en nosotros es igualmente importante como el haber empezado bien dejando todo por seguir a Jesús al momento de la primera llamada que nos ha conducido al noviciado. Esta perseverancia es esencial porque no sirve de nada comenzar si no se llega hasta el final. El hermano Carlos de Jesús permaneció fiel toda la vida a esta divisa familiar que le era muy querida. “Cuando se parte para hacer cualquier cosa, no se debe regresar sin haberla hecho”. El todo no es abandonar la barca y las redes para seguir a Jesús durante un cierto tiempo, sino más bien ir hasta el Calvario, recibir la lección y el fruto, y avanzar con la ayuda del Espíritu Santo hasta el final de una vida que debe terminar en la perfección de la divina Caridad.

Es más importante de lo que se piensa el haber entendido bien la respuesta del Señor a sus apóstoles que se admiraban de la dificultad de la vía de los consejos evangélicos: “Es imposible para los hombres, pero no para Dios; en efecto, para Dios todo es posible”. Esta constatación del Señor y esta promesa llena de esperanza no se aplican solo al abandona de las riquezas y a la castidad, sino a todas las exigencias de la vida religiosa, a la obediencia, a la oración, a la caridad. Ciertamente nosotros hemos creído a lo que el Señor decía, pero sin saber totalmente a dónde nos habría conducido en nuestro caso personal, muy concreto, ni cómo se manifestaría en nosotros cierta imposibilidad. Desde este punto de vista me parece que se podrían distinguir tres etapas en la evolución normal de una vida religiosa.
En la primera etapa no hemos hecho todavía la experiencia de la imposibilidad humana y natural en la cual somos capaces de vivir de acuerdo con el orden sobrenatural de los consejos. Durante la juventud, existe en efecto como una correspondencia entre la generosidad propia del temperamento de esta edad y la llamada de Jesús a dejar todo para seguirlo. No nos parece que la pobreza, la castidad, la obediencia, la oración y la caridad presenten algunas dificultades insuperables. Por otra parte, la pedagogía divina del Maestro que llama contribuirá también ella a mantenernos un poco en una ilusión provisoria, sin la cual tal vez ninguno tendría el coraje de dejar todo por seguir a Jesús y llevar su cruz.
Sin contar con que, en este periodo de juventud, las exigencias de la santidad nos aparecen sobre todo bajo su aspecto sensible, estaba por decir bajo su aspecto natural de realización. La pobreza, por ejemplo, nos aparece como un despojo material: seremos, más bien, exigentes en este campo y para muchos será una necesidad sensible cuya satisfacción les procurará una verdadera alegría. Jesús nos dilata el corazón en este sentido, y es precisamente esto que Él quiere que lo da a los que inicia. Por otra parte, tenemos ideas muy personales al respecto, porque es difícil no tenerlas cuando se es joven, y porque las aspiraciones naturales y espontáneas nos empujan a ser pobres de un modo o de otro. La pobreza material no nos da miedo. Lo mismo es para la obediencia, cuyas verdaderas exigencias están todavía escondidas: la vida religiosa es todavía nueva, está delante de nosotros, y hasta que creamos tener alguna cosa por aprender de los hermanos más ancianos, somos espontáneamente dóciles y damos fácilmente crédito a nuestros Responsables. No quiero decir que no existan dificultades, pero no sabemos todavía todo aquello que incluye el misterio de la obediencia.
En cuanto a la castidad, tenemos tal vez las dificultades comunes con los jóvenes, pero no tenemos miedo del futuro, y nuestro corazón se llena fácilmente del amor que llevamos a Jesús y que, hasta ahora, se ha manifestado siempre de modo más o menos sensible. A una advertencia como aquella de Jesús a Pedro, no vacilaremos a responder rápidamente como el Apóstol: “Señor, contigo estoy listo para ir a prisión y a la muerte”. Esto no constituye todavía un problema para nosotros. Existen, es cierto, algunos momentos duros, pero pasan y el Señor está de nuevo junto a nosotros. El Evangelio nos parece todavía rico de una cantidad de cosas que descubrimos cada día y el estudio teológico nos hace penetrar con estupor en la grandeza de los misterios de Dios. Somos felices de haber sido llamados por Jesús y no dudamos de poder serle fieles. La caridad nos parece fácil aunque, tal vez, nos reprochan muchos defectos que pensamos poder vencer fácilmente con alguna generosa revisión de vida y con la ayuda de nuestros hermanos. Por otra parte, en el noviciado y durante los primeros años de nuestra vida de Pequeños Hermanos constatamos sensibles progresos. Pero existe todavía una dimensión de la caridad que se nos escapa, y, torpemente, hacemos sufrir faltos de delicadeza. Nuestra caridad es todavía muy humana, muy naturalmente espontánea. Y sentimos en nosotros movimientos de simpatía universal. El llegar a ser los hermanos de aquellos hombres tan diversos a nosotros que nos atrae a lugares lejanos nos parece simplísimo: estamos impacientes de estar en medio de ellos, como uno de ellos. Todo en ellos nos parece bueno, simpático y nos sentimos muy capaces de darles nuestra simpatía. No admitimos que se les critique, y condenamos con severidad a aquellos que nos parecen menos entusiastas. Lo que no nos impide ser insoportables a los demás ni desanimarnos a la primera dificultad; pero no pensamos frecuentemente en esto que es bien poco evidente para nosotros. En cuanto a la oración prolongada y silenciosa ésta es cierto que, al inicio, nos ha parecido, salvo algunas excepciones, la cosa más difícil. Pero las gracias del noviciado y nuestro deseo de manifestar a Jesús nuestro amor, nos mantienen fieles. Por otra parte, hemos recibido gracias de luz y nos parece, con un poco de buena voluntad, mantendremos fácilmente esta prueba de amor que queremos dar al Señor. Somos fácilmente conmovidazos por el sufrimiento de los hombres y por el mal que nos circunda y que queremos llevar delante del Señor en la oración. Ahí encontramos una ayuda y tememos, alguna vez, que la falta de contacto con los hombres quite una de las razones sensibles que nos empujan a una mayor generosidad en la oración. Sí, nos parece que con un poco de coraje podremos ser fieles a todas estas exigencias de la vida de un Pequeño Hermano descubiertas durante el noviciado y en los primeros años de vida en Fraternidad. En todo caso, y también en los días oscuros, —porque los hay— todo esto no nos parece radicalmente imposible, como lo ha predicho el Señor. ¡Difícil sí, imposible, verdaderamente no, con un poco de coraje!
* * *
Ahora, con el tiempo y con la gracia de Dios, poco a poco, insensiblemente, todo cambia. El entusiasmo humano deja el puesto a una especie de insensibilidad para las realidades sobrenaturales, el Señor nos parece cada vez más lejano y en ciertos días un cierto cansancio se apodera de nosotros y somos más fácilmente tentados a aceptar a orar menos y a hacerlo de un modo mecánico. La castidad nos presenta dificultades que no habíamos considerado: algunas tentaciones son nuevas; sentimos en nosotros como una pesadez y buscamos más fácilmente algunas satisfacciones sensibles. Por otra parte seremos llevados, instintivamente y sin siquiera ver en ello algo malo, a conducir una vida un poco más independiente, sin tener en cuenta a nuestros Responsables. La apertura nos parece menos necesaria, la caridad más difícil. La adaptación a otro pueblo nos deja alguna vez desanimados, y vemos solamente los defectos que nos fastidian allá donde antes encontrábamos todo bien: comenzamos a criticar, con facilidad, no alcanzamos a hablar fluidamente la lengua ni tampoco a entenderla suficientemente. La pobreza se nos hace pesada. Consideramos mejores nuestras ideas. En ciertos días nos lamentamos de no poder comer mejor y de no sentirnos un poco más libres. ¡Finalmente quisiéramos hacer de nuestra vida algo más interesante! Y siempre el Señor calla, silencioso, y no nos prodiga más las alegrías sensibles de la intimidad, aquellas alegrías que nos hacían tan fácil el considerar todo con optimismo.
Llegar a sentir todo esto es normal, sin que haya existido infidelidad grave por nuestra parte ni abandono de parte del Señor. Aunque hayamos sido fundamentalmente fieles a las exigencias de nuestra vida religiosa, debemos llegar, más o menos, a experimentar estas diversas impresiones o tentaciones. En una palabra, entramos progresivamente en una fase nueva de nuestra vida, descubriendo, a nuestra costa, que las exigencias de la vida religiosa son imposibles. Experimentamos que la pobreza no debe ser solo material, sino debe alcanzar el desprendimiento de nosotros mismos y de toda acción interesada. La castidad integral, la obediencia con todas sus consecuencias, la caridad hasta el don total de nosotros mismos a los otros, toda una vida centrada sobre el valor contemplativo de la adoración: estamos experimentando que todo esto es imposible, que supera nuestras fuerzas y es contrario al desarrollo natural de nuestros instintos y de nuestra personalidad. ¡Sí, es imposible! ¡Jesús nos lo había dicho, pero ahora todo aparece bajo una nueva luz y precisamente en el momento mismo que Jesús está lejano y casi sensiblemente ausente de nuestra vida! Humanamente Él no está más. Ni podemos contar más con el entusiasmo juvenil que los años han apagado en nosotros. Esta imposibilidad tal vez no apareció de golpe y en un modo igualmente brutal para todos los aspectos, pero, más o menos conscientemente, ésta llegará a ser para nosotros una evidencia. Tampoco osamos confesarlo mucho a nosotros mismos, porque esto nos obligaría a tomar netamente posición. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo salir? Si no abordamos francamente esta etapa, esta toma de conciencia de la imposibilidad radical para las fuerzas humanas de vivir una vida religiosa sobrenatural y de servir a Cristo con su cruz, corremos el riesgo de caer en disfrazado desánimo, ya sea de engañarnos bajando nuestro ideal a un nivel aceptable, alcanzable, en una palabra, posible. Ahora esto se verifica frecuentemente en esta etapa crucial de la vida religiosa: el desánimo o bien la aceptación semiconsciente de la mediocridad, porque para hacer la vida religiosa viable habremos aceptado de hecho introducir un sustituto. Nos buscaremos un centro de interés humano, una razón de vida que sea, bien o mal, conciliable con las apariencias de la vida religiosa o con una observancia honesta pero resumida de nuestros compromisos. Si por el contrario a fuerza de lucidez y para permanecer plenamente fieles al Señor rechazamos este compromiso, el desánimo esperará. En verdad, Jesús nos hace experimentar hasta el final y de modo inesperado, la imposibilidad de seguir el camino sobre el cual Él mismo nos ha enviado.
¡Lo que es todavía más desconcertante, es el hecho de que entre más hayamos sido generosos y fieles a la gracia, más éste camino nos parecerá imposible! En efecto, las exigencias de la pobreza, del desprendimiento interior, de la castidad, de la obediencia y de la caridad nos aparecen bajo una nueva luz, y éstas son más grandes de lo que habíamos imaginado. Ahora, el ver abrirse delante a sí un horizonte siempre más infinito es una gracia inestimable, porque es la prueba que Jesús está presente con su luz. En este camino, llegado a ser tan austero, ¿cómo no desanimarse por la inmensidad de la distancia que nos separa de la meta? Puesto que ésta se ha alejado nos cuesta mucho ver que no hemos retrocedido en lugar de avanzar. Todo en efecto ocurre como si hubiéramos retrocedido, y nos parece haber fracasado. Además hemos descubierto los defectos, las imperfecciones de los religiosos y de los sacerdotes que nos rodean y sentimos claramente que muchos de ellos están en el mismo punto.
¿Para qué sirve intentar lo imposible? Puesto que para nosotros el ser perfectos es imposible, no nos queda que contentarnos con una vida honesta. ¡Pero una simple vida honesta en el seguimiento de Jesús crucificado cómo es miseria y qué desilusión! Y sin embargo, si supiéramos lo que Jesús espera de nosotros en este momento crítico de nuestra vida religiosa, si supiéramos lo que Él espera de una etapa que no es un regreso como nosotros lo imaginamos sino una puesta en acto de las condiciones para una nueva partida, para el descubrimiento de una vida según el Espíritu y la fe, con la convicción, que todavía debemos adquirir, ¡que una tal vida es entonces posible con Jesús!
* * *
En estos últimos días, he comprendido bruscamente que mi angustia deriva del hecho que un número siempre más grande de nosotros llega a esta etapa decisiva. Y es el momento en el cual, de pie sobre la superficie agitada del mar, empezamos a hundirnos porque tenemos miedo. ¿Miedo de qué? ¿No es acaso por órdenes de Jesús que hemos comenzado a caminar en estas condiciones? No sabíamos. Sin embargo cada cosa se ha desarrollado hasta ahora como debía y la adolescencia de nuestra vida espiritual está terminando. Vivir según el espíritu, en el desprendimiento interior, según una ambición de grandeza alejada de nosotros pero que se ensancha en la ambición misma del Corazón de Jesús, vivir en la humildad y en la desconfianza hacia nosotros mismo, aceptando finalmente de no ser nada para nosotros y todo para Él y para los otros, aceptando creer contra toda esperanza y perseverar en la oración, tocando tal vez en una puerta que permanecerá cerrada tal vez por años, y después aceptar volver a partir, en una nueva prospectiva, hacia un nuevo modo de ser pobres, obedientes, castos, caritativos, orantes: esto es lo que será esta nueva etapa.. Sin embargo no encontramos más en nosotros motivo de consuelo, y para evitar desanimarnos debemos dejar de mirarnos y saber reencontrar a Jesús, que nunca ha dejado de estar presente, pero cuya presencia es ahora muy diversa de aquella anterior. Toda nuestra vida nos parecerá suspendida de un hilo que no alcanzamos ver lo suficiente para poder constatar su solidez. Como un hilo de nylon esto nos parece de tal modo sutil y transparente de hacernos perder el sentido de seguridad que teníamos en los inicios de nuestra vida religiosa. Como el alpinista lleno de vértigo, no tenemos ya el derecho de mirar hacia abajo, de seguir con la mirada la pared a la cual estamos adheridos, bajo pena de separarnos o de no poder avanzar más: estamos condenados a mirar solo a lo alto o bien a no llegar a la meta.
Para hacer posible esta tercera etapa lo que nos queda por descubrir y por vivir es el creer que Jesús ha dicho la verdad cuando ha afirmado que “esto es posible para Dios”. Un gran número de nosotros está en este punto; siento el riesgo y quisiera que una oración intensa de todos nosotros nos preservara de otro peligro: aquel de una vida religiosa falsificada bajo las apariencias intactas. ¿Cuántos de entre nosotros se “instalarán” así? Es un secreto que sólo Jesús conoce, y yo prefiero no pensar en ello porque no alcanzo a aceptar que alguno de nosotros esté entre estos rezagados…; ¿y sin embargo la ley de los grandes números no debería entrar en juego? Me reuso a admitirlo cuando pienso sucesivamente en cada uno de ustedes, porque cada uno ha sido llamado y, después de todo, queda libre delante del Señor, libre de volver a decirle su “sí” al inicio de esta nueva etapa. ¿la libertad del amor no es tal vez capaz de vencer “la ley de los grandes números”? Pero sobre todo quisiera que fueran persuadidos que este desánimo de nuestra vida espiritual, del cual sienten la tentación o tal vez también la seducción en vuestro interior, no es el signo del final de algo generoso, sino, por el contrario, el signo de una nueva llamada del Señor. Una etapa es superada; queda otra que será decisiva. No debemos nunca decirnos desilusionados de la vida religiosa, sino ser más bien suficiente humildes para confesarnos vencidos por el Cristo humillado y crucificado, y para aceptar iniciar un nuevo camino, aquel del espíritu, de la fe y de un amor fuerte y sin ilusiones. El cambio de plan, la transferencia de régimen consiste en haber comprendido finalmente que una vida religiosa de Pequeño Hermano es humanamente imposible, que Dios debería encontrar el modo de hacerlo entender, y que sin embargo esta es posible para Dios, en la fe y en la caridad divina. En una palabra, debemos morir con Jesús y revivir con Él. Toda la vida religiosa consiste en esta muerte y esta vida, ¡pero nosotros no imaginábamos que esto se realizara así!
Una vez comprometidos con este nuevo plan, una nueva luz nos mostrará las nuevas exigencias en la práctica de los consejos de Jesús, del cual debemos continuar la realización con una generosidad también ésta renovada en cuanto ya no está apoyada en ningún entusiasmo sensible.
De cualquier modo, si queremos continuar avanzando debemos entregarnos con todo nuestro espíritu a la pobreza, a la castidad, a la obediencia y a la oración en vistas de un crecimiento continuo del amor. Es nuestra voluntad que debemos donar de nuevo; el esfuerzo de los inicios de nuestra vida religiosa debe ser renovado, porque el amor reside en nuestra libre voluntad, y esta nos pertenece integralmente y debe ser impregnada por la vida que la humanidad de Jesús nos comunica. Pero este trabajo de disciplina, en esta segunda oportunidad, tocará las zonas más profundas y más esenciales de nuestro espíritu. Es difícil compararlo a aquél de los inicios, porque nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestros instintos profundos tienen ahora un objeto diverso. La conciencia de nosotros mismos nos revelado además obstáculos y raíces más profundas. Por lo tanto el esfuerzo generoso de un novicio y el de un Hermano que ha hecho la profesión perpetua no se realizarán del mismo modo. No debemos juzgarnos mutuamente, sino buscar entender. No estaría bien para un novicio querer vivir como un religioso de edad madura, ni para un profeso perpetuo volver a vivir como un novicio. Y está bien así, siempre que cada uno se done sin reticencias, evite las ilusiones propias a su edad espiritual, y apele a la renuncia total así como Cristo no cesa de formulárselo.
En estos últimos meses algunos Hermanos profesos han dejado la Fraternidad. Es normal que así sea, y esto, en vez de ser para nosotros una razón de turbación, debería parecernos como indicio de vitalidad y de verdad. Es una gran responsabilidad el aconsejar una vocación o buscar ver claro en el momento de la admisión a la primera profesión o bien a la perpetua; es difícil que no se verifiquen los errores. Algunos pueden ciertamente ser llevados a dejar la Fraternidad precisamente porque no han sabido superar la etapa de la madurez de la vida espiritual: nuestra vocación es difícil y no admite el más o menos en el ofrecimiento de sí a la acción del Espíritu Santo. Pero también existe la posibilidad de errores, e las exigencias de la vocación de Pequeño Hermano para una total fidelidad a su ideal pueden también no revelarse de inmediato. Me parece además, que esté por terminar el lento descubrimiento de los diversos géneros de vida que Jesús ha pedido a las Fraternidades de realizar en el mundo. Era necesario un cierto periodo para dejar aparecer todas las consecuencias del ideal de la Fraternidad y para permitirnos de precisar mejor las exigencias contemplativas. Muchos aspectos de este ideal se han hecho más claros, más precisos, poco a poco que iban naciendo las otras formas de vida de las Fraternidades, los Institutos Seculares, y los Pequeños Hermanos de Ministerio. Era necesario que las Fraternidades alcanzaran una cierta edad para que aparecieran de modo más preciso las necesidades a las cuales ellas deberían responder y, según los ambientes, los nuevos problemas que su sola presencia suscita.
Es así que la Fraternidad, en cuanto comunidad, alcanza ella también una etapa importante de su madurez, y que todos nosotros debemos ponernos de frente al ideal contemplativo esencial para realizar generosamente las exigencias.
No quisiera que, a la vista de este desarrollo de las Fraternidades, algunos entre ustedes se dejaran tomar por la tentación de preferir para ellas mismas una vida evangélica solitaria e independiente, más bien que aceptar los límites de una institución humana organizada. El mensaje de amor y de renuncia, de la pobreza evangélica y de la oración, no puede ser transmitido a un gran número de almas sino a través de una institución de la Iglesia. Ahora, Jesús ha querido precisamente las Fraternidades como una institución de la Iglesia, para difundir, a través de ellas, una vida y un espíritu según el Evangelio, para que un número más grande pueda acceder a la santidad, a través de estas instituciones.
Este crecimiento orgánico no se realiza ciertamente sin os riesgos que conocemos: la elaboración de una regla, dispersión costosa, realización de un mínimo de administración central, casas de formación y de estudio. ¿Pero cómo rechazar todo esto sin rechazar algo pensado, imaginado y querido por Cristo? Se hacen reproches que se lanzan a la Iglesia por motivos de su organización; y, sin embargo, no obstante sus defectos humanos, la Iglesia es como Cristo la ha querido divinamente.
Oro al Señor para que, en esta prospectiva, todos sean encontrados fieles a la gracia del renacimiento según el espíritu que en la próxima Pascua será dado a cada uno de nosotros y a la Fraternidad entera.
9 de Octubre de 2019
En Ejercicios Espirituales
(1) René Voillaume. La seconda chiamata. En https://www.assisiofm.it/uploads/La%seconda%20chiamata.pdf Consultado 8 de octubre de 2019. Traducción: Mtro. Filiberto Cruz Reyes.
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Las mismas tentaciones

Homilía: Proverbios 30, 5-9; Sal 118; Lc 9, 1-6
Ayer como hoy Jesús sigue reuniendo a sus discípulos y sigue dándoles poder y autoridad, para expulsar demonios y curar enfermedades. Sigue enviándonos a predicar el Reino y curar a los enfermos. Este envío me parece que en primer lugar supone que estemos sanos, de lo contrario no llegaríamos lejos o podríamos contagiar a muchos y desatar una pandemia; lo hemos experimentado recientemente a raíz del Covid-19. También a través de todas las pandemias ideológicas que pululan sobre la faz de la tierra. El discípulo no puede ser mercenario. Tal envío es un don, así lo muestra la orden de no llevar nada para el camino; es su persona y testimonio su único capital y fortaleza; depende de quienes están en la casa a donde llegue, si no hay ahí verdaderos discípulos, le espera el rechazo y el descarte; así, la sinodalidad es imposible sin apertura de corazón y de las puertas de la casa. El camino es el lugar teológico para que el discípulo crezca, no debe instalarse pues esto le traería la atrofia del corazón (esclerocardia) y de los pies. Debemos siempre caminar (Sal: Condúceme, Señor, por tu camino).

El texto griego del evangelio utiliza dos conceptos distintos al hablar de “curar enfermedades (therapeuein)” y de “curar a los enfermos (iasthai)”.
El primer concepto, tiene que ver con el significado de: familia, cura, sanidad, atención, servicio médico; e insiste en la responsabilidad que esto conlleva, servir plenamente al Señor, en la persona del otro, de manera especial del más vulnerable (como en Mt 8, 7-8: “Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano»”).
El segundo concepto, tiene el significado de: sana, sanó, sanado, para sanar. Sanar, y esto especialmente por medios sobrenaturales, es decir, llevar al Señor a alguien para que lo atienda como el Gran Médico, y está emparentado teológica y gramaticalmente con el texto de Isaías (53, 4-5): “Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados”.
Tanto en política como en la misión, tenemos siempre las mismas tentaciones:
- Pensar que el pueblo o la iglesia son nuestros.
- Buscar nuestros propios intereses.
- Querer imponer nuestros propios pensamientos, sin discernir.
Para ello, el texto de los proverbios nos recuerda que:
- “No alteres para nada sus palabras, no sea que te reprenda y resultes mentiroso”; es decir, no podemos pretender manipular impunemente su palabra con el fin de someter al pueblo o la iglesia.
- “No me des pobreza ni riqueza, dame tan solo lo necesario para vivir, no sea que la abundancia me aparte de ti y me haga olvidarte; no sea que la pobreza me obligue a robar y me lleve a ofenderte”; es decir, no podemos hacer de la misión un modus vivendi, en el sentido de ambicionar.
- “Toda palabra de Dios es verdadera. El Señor es un escudo para cuantos en él confían”. De nuestro primer concepto de curar, deriva terapia, pero también “therápon” en griego, “escudero”, es decir, el que ayuda al guerrero.
CISAV, que tu identidad de convocado y enviado, se fortalezca cada día más. Que el Señor nos sane con su palabra y con la caridad de los hermanos.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes, Capellán.
25 de septiembre de 2024
En la Sede del Cisav, Qro. México
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Breve comentario sobre el libro “Acompañar el discernimiento. Consejería Pastoral en bioética” de Mons. Roberto Yenny García

Sobre el autor.
El 19 de marzo de 2020 la Sala de Prensa de la Santa Sede, publicaba en su Boletín que “El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la Diócesis de Ciudad Valles (México), presentada por su Excelencia Reverendísima Monseñor Roberto Octavio Balmori Cinta, M.J.
El Santo Padre ha nombrado Obispo de Ciudad Valles (México) al Reverendo Roberto Yenny García, del clero de la Diócesis de Tampico, Secretario para las relaciones institucionales de Conferencia del Episcopado Mexicano”.
Su consagración episcopal fue el 17 de Junio de 2020.

En nuestra ciudad de Querétaro el 18 de marzo de ese mismo año, la Secretaría de salud del Estado de Querétaro “con el propósito de combatir la enfermedad del COVID-19”, recomendaba implementar de manera inmediata algunas acciones; entre ellas “permanecer en su domicilio si no se tiene una causa urgente o imprescindible que lo obligue a salir de él”. Así empezó nuestra experiencia del auto confinamiento que habíamos visto por los medios de comunicación: primero en China (¡que parecía tan lejana!), luego en Europa y después en todo el orbe prácticamente.
Por este motivo la Consagración de Mons. fue a puerta cerrada, con unas cien personas, como informaron algunos medios. Cosa no tan distinta a nuestra experiencia de recibir a Mons. Fidencio López Plaza como X Obispo de Querétaro, ese 19 de Octubre de 2020.
Sobre el texto.
En ese lapso de encierro vimos muchas cosas: personas que llevaron sus seres queridos al hospital y les entregaron en pocos días las cenizas de sus seres queridos, murieron en el hospital, no podía haber velorio, ni misa de cuerpo presente, familias dolidas y desconcertadas que perdieron a más de un miembro de la familia, etc.
Todo esto marcó nuestra sensibilidad y forma de relacionarnos, la llamada “distancia social” nos llevó a situaciones de aislamiento y soledad. Teníamos necesidad de acompañamiento. Fue en este contexto que nuestro autor inició su ministerio episcopal, y que seguramente marcó su sensibilidad para buscar estar cerca de las personas acompañándolas, como insistirá en el texto en comento: “La consejería pastoral es el acompañamiento ofrecido por la comunidad cristiana a las personas que pasan por momentos críticos de su existencia (pérdida del trabajo, situaciones familiares complejas, dilemas morales, enfermedad, etcétera”) o están en búsqueda de crecimiento humano y espiritual”. (p. 15).
Elegido por el Papa francisco como sucesor de los Apóstoles, nuestro autor no es ajeno al pensamiento y magisterio de nuestro amado Romano Pontífice, en el texto que nos reúne cita tres de sus grandes documentos: Evangelii Gaudium, Laudato si’ y Amoris laetitia; mismos que afrontan grandes problemas bioéticos. Sin embargo nuestro autor no usa como subterfugio el Magisterio Pontificio o su autoridad de Obispo, ambos están acompañados de un amplio conocimiento en la materia en cuestión, la bioética: cita al menos una cincuentena de autores contemporáneos; proponiéndonos así una amplia bibliografía.
Afirma el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo” (n. 52).
En este cambio de época al que se refiere el Papa Francisco tal vez sea el mismo que hecho surgir la bioética como una ciencia y que es relativamente joven, pues esta trata de dar respuesta a los grandes temas de la vida, la filosofía, el derecho, la medicina, la creación, etc. Hoy hay quien se refiere no a la bioética, sino a las bioéticas, esto debido al pensamiento o intereses que hay de fondo en las diversas propuestas. Por ello nuestro autor refiere que su texto retoma como lo central a la persona: “el objetivo de la consejería pastoral es acompañar a la persona a ser autónoma en la gestión de su propia vida, a fortalecerse para afrontar los momentos difíciles y a orientarse mejor en el proceso de crecimiento humano y espiritual” (p. 21) y nos recuerda, hablando de la bioética, que “el pluralismo existente depende tanto de la antropología de referencia como de las teorías sobre la fundamentación del juicio ético” (p. 36); por lo que hará referencia a diversos modelos bioéticos tomando en cuenta sus presupuestos esenciales y fundamentación del juicio ético.
Nuestro autor propone una bioética en dos vertientes: filosófica y teológica, y lo hace al referirse a la formación de los futuros sacerdotes.En este contexto hace referencia a un reciente, bello y profundo decumento del magisterio eclesial: la Declaración Dignitas infinita (8 de abril de 2024) del Dicasterio para la Doctrina de la fe. Dicho documento afirma “Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre «sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia» (n. 1). Se entiende facilmente porqué el cuño filosófico y teológico centrado en la persona humana y que nuestro Autor propone.
Sobre la misión del Obispo.
“Obispo y Visita, pueden parecer, a primera vista, palabras privadas absolutamente de ligamen semántico. La investigación etimológica, sin embargo, permite superar la apariencia. Detrás del italiano vescovo (en castellano obispo), se encuentra el latin episcopus, copia del griego epískopos; a su vez, epískopos se deriva del verbo episképtomai/episkopéo. Resulta útil precisamente conocer con certeza qué significados y usos tuvo tal forma verbal.
En el griego profano (ver Jenofonte, Plutarco), esa indica fundamentalmente la acción de mirar, pero también la de reflexionar, así como la de visitar. En general se alude a personas enfermas.
En la lengua de los LXX, episképtomai expresa un concepto particularmente importante: el de la «visita» de Dios al pueblo de Israel entendida como momento de la intervención divina en la historia. Baste como ejemplo el texto de Gn 21,1, donde el verbo en cuestión indica la «visita» del Señor a Sara aún estéril y el de Ex 3,16 donde a través de Moisés el Señor dice: «He venido a visitarlos y a cuanto les sucede en Egipto». Las dos prevén «visitas» destinadas a incidir profundamente en las vicisitudes narradas. Después de la primera, Sara dará a luz a Isaac; después de la segunda, será la salida de Egipto.
También en el griego neotestamentario episképtomai es el verbo de la visita. Visita realizada simplemente a los enfermos o, más significativamente, a personas de las cuales se ha tomado el cuidado y se tiene responsabilidad. Así, Pablo exhorta a Bernabé al oficio apostólico de la visita a las comunidades de los lugares donde ya se anunció el evangelio, diciendo: «Vamos a visitar a los hermanos (episkepsòmetha toùs adelphoùs) de todas las ciudades en las cuales anunciamos la palabra del Señor, para ver cómo están» (Hch 15,36).
En la gama de significados de episképtomai tiene, por tanto, relevancia el uso semántico de la visita: visita a los enfermos, de Dios que interviene en la historia y de los hombres que se sienten corresponsables del destino de otros hombres.
Es por eso que me parece sea un deber del Obispo, mirar, asomarse, intervenir, reflexionar sobre la realidad, sobre todo lo concerniente a la vida humana (por eso el lema episcopal de Mons. “Para que tengan vida”) y esto como pastor de Iglesia, esa Iglesia que, como afirma el autor: “el Papa Franisco ha descrito como un «hospital de campaña». Una Iglesia en salida capaz de compartir —en el campo de batalla— alegrías, dolores y esperanzas con el mundo; una Iglesia que se sabe pecadora perdonada y llamada a servir, que puede y debe acompañar la fragilidad de las personas. Desde la propia vulnerabilidad. Una Iglesia dinámica, atenta a las transformaciones del mundo y capaz de llevar dentro de él su mensaje, sin imposiciones pero con la «fuerza de la ternura». Una Iglesia abierta a la escucha, al diálogo, a la amistad social. Una Iglesia que está dispuesta a salir y ensuciarse, en lugar de anquilosarse en la autoreferencialidad” (pp. 43-44).
A la luz de todo esto, si bien el apelativo de epískopos se utilizaba al interior de las primeras comunidades cristianas con motivos no concernientes a la idea de visitar, parece legítimo y fascinante encontrar en la etimología, la verdad de la lengua, un antiguo, posible ligamen entre el obispo y la visita, la segunda casi, en sentido pastoral, desde siempre fue parte de los deberes peculiares del primero”1.
Por estas y muchas más consideraciones más, el texto en comento y de reciente aparición (Junio de 2024) es un valioso aporte para quien en la Iglesia busca “caminar con”, es decir, ser sinodal. En buenahora Mons. Roberto Yenny García.
Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes
Parroquia de la Sagrada Familia-CISAV
Santiago de Querétaro, Qro. México, 30 de Agosto de 2024
- Cf. Miragoli, E., La visita pastorale: «anima regiminis episcopalis», en Quaderni di Diritto Ecclesiale 2 (1993) 122-149. Traducción Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes. ↩︎
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Dice mi Madre


Dice mi madre que ese 21 de agosto cerca de la hora nona (tres de la tarde) sintió los primeros dolores que anunciaban mi llagada a este mundo; y fue hasta las 5:00 hrs del día 22 que llegué, día de Nuestra Señora María Reina. Tanto mi madre como yo no estuvimos del todo bien en salud, así que cinco días después, el día 27 de agosto me llevaron a bautizar de emergencia. Mi tía Francisca, hermana mayor de mi papá me hizo la caridad de llevarme en sus brazos, junto con mi papá y mis padrinos: Isabel y Francisco; mi madre permaneció en cama. Fue el Padre José Guadalupe Martínez Osornio, entonces joven sacerdote y vicario parroquial en Santa María de la Asunción quien inició en mi vida el misterio de fe en Jesucristo. Por la gracia de Dios mi madre y yo recuperamos la salud.

Gracias a las reformas que años antes el Papa San Pío X había dispuesto acerca de la edad para la recepción de la Sagrada Comunión, pude recibirla ocho días antes de mi sexto cumpleaños.
Soy el primogénito de seis hijos de mis padres. Nos educaron en una vida sencilla y de trabajo, en un ambiente de fe. Nos apoyaron siempre para asistir a la escuela; recuerdo cuando mi madre ya no podía ayudarme en las tareas escolares y veía mi angustia de no tener hermanos que me orientaran en temas complicados de matemáticas u otros, pero siempre me acompañó con su presencia silenciosa hasta altas horas de la noche, invitándome a terminar la tarea. Nunca entendí a algunos profesores que les molestaba el que pudiera hacer buenos trabajos o hacer muchas preguntas; más tarde supe que intentar pensar podía ser peligroso. He tenido también grandes maestros de escuela, de fe y de vida —los más gracias a Dios— que con su palabra, testimonio y exigencia me han llevado de la mano para buscar comprender a la luz de la Palabra de Dios el misterio de existir.
Mi madre me enseñó teología. Recuerdo en una ocasión que mi madre contestaba a una encuesta de esas que se hacen en casa, tal vez por lo que fue la Dirección General de Estadística; cuando le preguntaron sobre la ocupación de mi padre se le llenó el rostro de alegría y contestó: jornalero. No sabía lo que eso significaba pero imaginé lo que él hacía: arduos días de trabajo como artesano, nos narraba cuentos inventados por él, nos construía juguetes para usarlos en el patio, nos llevaba a Misa los domingos a las siete de la mañana, días de faenas para construir la nueva escuela primaria a la que asistíamos siendo el presidente del Comité pro construcción y realizando eventos para reunir recursos, etc. Así entendí lo que significa: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado” (Gn 3, 18). Mi padre descansa en paz. Por la tarde-noche mi madre me tomaba de la mano para ir al centro del pueblo a vender las artesanías que mi padre realizaba con artísticas y artesanas manos; a veces nos tocaba enfrentar la lluvia y el viento que derribaba enormes ramas de aquella inmensa calzada con gigantescos chopos y casi total oscuridad; yo no lo sabía pero me adiestraba para recorrer las oscuridades de la vida; me enseñó que “Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan”, como afirma el Salmo [23 (22), 4]. No me gusta la comida recalentada, sino del día, fresca; pues íbamos como se dice, “al día”, mi madre cocinaba día a día por las condiciones de una economía sencilla. Me enseñó así la fidelidad de Dios manifestada en la oración dominical: “danos hoy el pan de cada día” (Mt 6, 11) y “así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 9, 34).

Siempre he experimentado el amor y protección de Nuestra Señora María Reina, bajo cuya protección me llamó Dios al inicio de mi presencia en este mundo. Fue en su seno purísimo donde latío por primera vez el Sagrado Corazón de Jesús, como afirma y nos enseña la sagrada liturgia:
“Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad” (Prefacio de la Inmaculada Concepción).
También en el seno de mi madre empezó a latir mi corazón, el corazón de este gran pecador que soy, que ha transitado por cañadas oscuras en mis extravíos lejos del Cordero inmaculado, fuente de vida; padeciendo hambre hasta llegar a comprender por la misericordia de Dios que «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!” (Lc 15, 17); y sí, el Padre misericordioso me reúne hoy aquí con Ustedes, mis hermanos, para saciar nuestra hambre y sed de plenitud, misma que sólo él puede saciar con la Eucaristía.
Hoy nuestra amada patria sufre momentos de violencia inusitada, de ira desbordante que “rompe, destroza, arrasa, demuele, devasta cuando se pone delante de las manos, o al menos ofende, injuria, denigra, agravia, humilla cuando sólo pueden usarse las palabras” (Díaz Olguín, Ramón; en Open insigth, Vol. 15, Num. 34 (2024), p. 3. CISAV). Ahora, entre muchas otras bendiciones Dios me regala a través de mi Obispo, don Fidencio López Plaza, el estar en medio de una comunidad de pensamiento y fraternidad, el CISAV; y que con motivo de mi cumpleaños me han obsequiado un bello texto: ¿Nos conoce Jesús? ¿lo conocemos” (de Hans Urs Von Balthasar; España 2011) que he bebido con ansias, en el que puedo leer: «la figura del mediador de la Alianza, figura de la que se perciben ecos a lo largo de todo el Antiguo Testamento desde Moisés, pasando por los profetas, hasta el Siervo de Yahvéh— tiene que corporeizar eficazmente, con la totalidad de su existencia, el acontecimiento de la reconciliación. “Fue traspasado a causa de nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades” (Is 53, 5)» (p. 39); me da luz para comprender que la Reina del cielo estuvo junto a su hijo en la hora nona y ha sido su cuerpo crucificado como la escalera que le ha llevado al cielo en cuerpo y alma y es signo de esperanza para nosotros de compartir la misma gloria.
Gracias mamá por todo el amor a mi padre, a mí, a todos mis hermanos y a toda la familia. Gracias a ustedes mi famiia espiritual, por toda su bondad para conmigo.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Parroquia de la Sagrada Familia.
Jardines de la Hacienda, Querétaro, Qro. México
22 de Agosto de 2024, Fiesta de Nuestra Señora María Reina
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Con la lámpara encendida


Homilía en la Misa Exequial de “Male”
Ap 21, 1-7; Sal 24; Mt 25, 1-13
Entre todos los rostros de las señoras, el tuyo parecía de niña; no las conocía, era párroco recién llegado. Me pedían que continuáramos la construcción de la Capilla. Tu rostro delgado, tu cuerpo parecía pequeño y frágil, los lentes y cubrebocas por la pandemia no permitían verlo claramente. Con el paso de los días pude conocerles un poco más: madres, abuelas, catequistas… de fe sólida, de convicciones inconmovibles; trabajadoras invencibles, recolectoras en medio de la comunidad, de todo aquello que estaba en buen estado y pudiera servir a alguien más. Ordenaban ropa, utensilios para la casa, el deporte, decoración, etc. Organizabas los bazares que implicaban largas jornadas los domingos; lo que me impresionó de verdad es que con tu equipo iban a los tianguis en plan de servicio, para recaudar fondos para la construcción de la Capilla. Era mi responsabilidad como párroco gastar bien y rectamente lo que con tanto esfuerzo Ustedes reunían. Así, en seis meses del año pasado se demolió la mitad de los muros de la Capilla por su fragilidad y se volvieron a levantar más sólidos, fuertes para soportar la estructura de la techumbre; todo bajo la supervisión de los arquitectos e ingenieros.
Elena Núñez, Male (como cariñosamente te conocía la comunidad parroquial), eras una mujer gigante, fuerte, invencible. La luz de tu lámpara encendida en el bautismo y cultivada en tu familia, por tus padres, por quien siempre mostraste un amor fiel que te hacía ir a tu pueblo de origen para brindarles ayuda, atención y cuidados, no se puede apagar; seguirá alumbrando nuestras vidas, dando calor a la comunidad parroquial. Tus pasos silenciosos nos seguirán guiando. Antes de ingresar al hospital cuidaste que el fruto de sus esfuerzos comunitarios fuera depositado en la cuenta destinada a los trabajos de construcción de la Capilla.
Ahora, el Esposo llega a la fiesta y te llama, te hace entrar a ti, mujer prudente y fiel, al Banquete eterno; te sienta en la mesa y te ofrece su Cuerpo y su Sangre hechos eternidad. Tu lámpara encendida es testigo de tus afanes. “Male”, no pude ir al hospital para asistirte, perdón, estaba en misión fuera de la ciudad; estuvo nuestro hermano el Padre José Navarro con quien celebraron muchas Eucaristías por las tardes luminosas de fe y trabajo, oración y proyectos.

Una “cruz de fuego” ardía en tu interior, no te quejaste, no levantaste la voz, no gritaste en las plazas (cfr. Is 42, 2) ni en el hospital: eras como llama de lámpara delicada, te bastaba iluminar al hermano, a la comunidad, a tu párroco miope.
Tu ejemplo nos apremia, tu paciencia nos anima: tus afanes se convierten en frutos de fraternidad y tu vida interior eucarística nos revela el amor del Padre.
“Male”, la rifa y el próximo bazar que preparabas se llevarán a cabo con la gracia de Dios y bajo tu intercesión. Gracias por tu amor a la Iglesia, a nosotros que buscamos ser como la Sagrada Familia.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
27 de Julio de 2024
Parroquia de la Sagrada Familia
Santiago de Querétaro