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Treinta años en el camino

Padre Sergio Leodegario Ramírez González
XXX Aniversario de Ordenación Sacerdotal
Parroquia de la Divina Pastora, 12 de Octubre de 2024
Homilía
Ga 3, 21-29; Sal 104; Lc 11, 27-28
Padre Leo, 2 de octubre no se olvida, y 12 de octubre tampoco. Como recién hemos escuchado por parte del Estado mismo, fue éste quien perpetró la masacre de estudiantes en este día del 1968 (la tentación siempre será terminar haciendo lo que denunciamos, hoy México está militarizado); un año antes, 2 de octubre de 1967, viste tú la luz de este mundo por primera vez. Un año después fue el último día de luz para muchos estudiantes; estudiar, pensar y preguntar siempre será peligroso. Hoy lo vivimos nuevamente, la necedad de las palabras huecas nos acecha. El 12 de octubre de 1994 veías otra luz, la de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote que te iluminaba ahora con el sacramento del Orden, fuiste constituido en sacerdote Ordenado “por Cristo, con Él y en Él”; nadie podrá apagar esa Luz, si acaso el pecado la puede hacer languidecer, pero nunca apagarla, así lo afirma hoy San Pablo: “la ley escrita aprisionó a todos bajo el pecado para que, por medio de la fe en Jesucristo, los creyentes pudieran recibir los bienes prometidos”. El Señor Jesús te ha liberado para ser libre y para distribuir a los hermanos sus dones a manos llenas. Es Él quien en su misericordia te ha llamado a seguirle.
La búsqueda y seguimiento de Jesús nunca se hace en soledad, sino en comunidad; de este modo, tu primera misión recién ordenado fue acompañar a los jóvenes que buscaban su vocación, lo hiciste desde el Seminario durante dos años.

Posteriormente tu seguimiento del Señor consistió en profundizar tus estudios en la Pontificia Universidad de México; la teología maduraría en la práctica años después. Eran tiempos de sueños y esperanzas, de cartas entre estudiantes separados por el Atlántico pero cercanos en la fe, la fraternidad y la esperanza. Así transcurrieron 2 años 5 meses de tu vida.
Al regresar de tu experiencia de meditación teológica regresaste al Seminario como Director espiritual con los jóvenes de filosofía; tu carácter juvenil te ha caracterizado por la cercanía con los seminaristas, has sido siempre hermano generoso de camino. Así pasó un año de tu ministerio.
Llegó después tu primer contacto con la comunidad Parroquial, fue en Nuestra Señora de Guadalupe en la Reforma Agraria; adquiriste el terreno para la casa parroquial y la construiste, con tu pueblo hicieron las bancas del Templo parroquial, etc. Pasaste ahí un año de Vicario Parroquial y dos de Administrador.
Fuiste después enviado a San Pedro, en la Colonia Peñuelas como Vicario parroquial; en esta comunidad pasaste dos años, antes esta parroquia había sido parte del Cristo de las Bienaventuranzas a donde enseguida fuiste enviado como tercer párroco, antes lo había sido el estimado Maestro y Amigo el Pbro. Santiago López Medina, mejor conocido como Padre Layo, tu padrino de Ordenación. El primer párroco del Cristo de las Bienaventuranzas había sido nuestro hoy Décimo Obispo de Querétaro, Mons. Fidencio López Plaza, quien arribó ahí el 19 de Octubre de 1989. Diste seguimiento a las comunidades eclesiales de base, contando con la presencia constante del “Tatic”, Mons. Samuel Ruiz García, Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas. También construiste la casa parroquial siempre con las puertas abiertas a la fraternidad. Transcurrieron ahí 8 años de tu vida y ministerio.
Enseguida el Espíritu te envió a tierras de Guanajuato, tierras con sabor a pueblos originarios, a Santo Tomás Apóstol en Tierra Blanca. Ahí entraste al mundo de la paciencia, donde el tiempo transcurre lento, entre los encuentros de los santitos y las comunidades, entre subir y bajar de la montaña a la Santita Cruz del Pinar. En lo material también construiste los salones parroquiales. Fueron ocho años entre “cocinas”, esos encuentros fraternales donde la comida es el centro de la comunidad y entona el canto: “como los granos unidos en mazorca/ hoy nos reunimos con todos los pueblos/ para cantar y celebrar nuestra fe/ con la esperanza de hacer un mundo nuevo”.

Tus superiores pidieron que dejaras esas tierras llenas de montañas y piñones para regresar nuevamente a la ciudad, ahora en la Colonia Casa Blanca, en la Rectoría de la Divina Providencia. Tu tarea sería compartida: entre la pastoral comunitaria, la Pastoral Profética, la Escuela Bíblica y el SEDEC. Nacía así también nuestra pequeña Comunidad Sacerdotal que tantas alegrías y dolores nos ha visto compartir, también la fatiga saludable del trabajo. Pasaste ahí un año y 7 meses de vida pastoral.
Hoy estás aquí desde el 3 de julio de 2023, en medio de esta comunidad llena de historia queretana en las inmediaciones del Sangremal, de tradiciones y danzas de concheros, cuna de ilustres sacerdotes y artistas, de vida de piedad, de desafíos actuales. Continúas también animando la Pastoral Profética, la Catequesis y las Escuelas Básicas; gracias por todo el esfuerzo y entusiasmo que en ello pones, los frutos los va germinando Dios. Tu presencia es como siempre: discreta pero eficaz, sin protagonismos estériles, de corazón.
Padre Leo, sumas ya 30 años de vida ministerial, de caminar solidario, de luchas compartidas en ambientes diversos de nuestra querida Diócesis de Querétaro. Gracias por tu fraternidad solidaria; felicidades a todos los hermanos sacerdotes de tu grupo generacional: Wences, Aquileo, Aristeo, Armando, Pepe, Lucio, Clemente. Damos gracias a Dios por el fecundo ministerio de Don Mario de Gasperín Gasperín, de cuyas manos Ustedes recibieron el Sacramento del Orden; hoy como Obispo Emérito de Querétaro sigue orando por todos.

El Reino de Dios es anunciado por Jesús con parábolas y bienaventuranzas; las parábolas gustan de acentuar los extremos con exageraciones para que quede claro que es Dios quien actúa, miran hacia el futuro pero hacen ya presente el Reino de Dios. La vida del sacerdote es una parábola también, su pequeñez y fragilidad dan espacio a la grandeza y poder de Dios a través de un ser imperfecto y limitado como lo es el sacerdote; las bienaventuranzas anuncian el fin de una época difícil y dolorosa y la llegada del tiempo de Dios. Dichosos ustedes hermanos en su aniversario, porque habiendo dejado patria chica y familia, están insertos en la gran familia de Dios de los que “escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Felicidades a Doña Josefina y Don Refugio, papás del Padre Leo, a sus hermanos.
Queridos feligreses de esta amada parroquia de la Divina Pastora, oren por los sacerdotes, caminen con su párroco, cuiden la frágil vasija de barro que lleva un gran tesoro: Jesucristo el Señor, que se ha hecho Cordero y Pastor, Pan de vida para todos.
Que la Inmaculada Pastorcita guarde tus pasos.
Tu hermano, Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Parroquia de la Divina Pastora, 12 de Octubre de 2024
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La segunda llamada(1)

René Voillaume
Aprovecho la calma de algunos días en la Isla de Saint Gildas para escribirles un poco extenso antes de Pascua, para comunicarles algunas observaciones que he sido llevado a realizar en estos últimos meses. Se trata de nuestra fidelidad al Señor y a su llamada, en las grandes y las pequeñas cosas, a la mitad del camino recorrido en la vida religiosa, así como en sus inicios.
El riesgo de la duración para nosotros, como para toda empresa humana, es el de un cierto desgaste del ideal perseguido y del esfuerzo hecho para realizarlo, desgaste que nos llevaría a contentarnos con la mediocridad en la santidad. Con el pasar del tiempo y con la madurez de la edad surge la tentación de un compromiso entre las exigencias sobrenaturales del amor del Señor y aquellas de nuestra personalidad de hombres adultos. Cada año un mayor número de nosotros llega a esta etapa decisiva de la vida espiritual, etapa en la que debe efectuarse por última vez la elección entre Jesús o el mundo, entre lo heroico de la caridad o la mediocridad, entre la cruz o un cierto bienestar, entre la santidad o una honesta fidelidad al compromiso religioso. También la comunidad misma de la “Fraternidad” llega a esta misma madurez. ¿Frente a la grandeza de la obra que Jesús quisiera realizar a través de sus Pequeños Hermanos soy tal vez solamente yo quien ha advertido este peligro de hundimiento y esta angustia en el constatar esto que nosotros hacemos en concreto con las exigencias de su llamada a seguirlo a través del mundo? Me dirijo hoy a los hermanos profesos ancianos más bien que a los novicios o a los profesos jóvenes, también si estos últimos tienen mucho que ganar al considerar con realismo y con coraje esto que, en un próximo futuro, serán para ellos las exigencias de la vida religiosa. Aprender a superar generosamente las etapas sucesivas del crecimiento del Cristo en nosotros es igualmente importante como el haber empezado bien dejando todo por seguir a Jesús al momento de la primera llamada que nos ha conducido al noviciado. Esta perseverancia es esencial porque no sirve de nada comenzar si no se llega hasta el final. El hermano Carlos de Jesús permaneció fiel toda la vida a esta divisa familiar que le era muy querida. “Cuando se parte para hacer cualquier cosa, no se debe regresar sin haberla hecho”. El todo no es abandonar la barca y las redes para seguir a Jesús durante un cierto tiempo, sino más bien ir hasta el Calvario, recibir la lección y el fruto, y avanzar con la ayuda del Espíritu Santo hasta el final de una vida que debe terminar en la perfección de la divina Caridad.

Es más importante de lo que se piensa el haber entendido bien la respuesta del Señor a sus apóstoles que se admiraban de la dificultad de la vía de los consejos evangélicos: “Es imposible para los hombres, pero no para Dios; en efecto, para Dios todo es posible”. Esta constatación del Señor y esta promesa llena de esperanza no se aplican solo al abandona de las riquezas y a la castidad, sino a todas las exigencias de la vida religiosa, a la obediencia, a la oración, a la caridad. Ciertamente nosotros hemos creído a lo que el Señor decía, pero sin saber totalmente a dónde nos habría conducido en nuestro caso personal, muy concreto, ni cómo se manifestaría en nosotros cierta imposibilidad. Desde este punto de vista me parece que se podrían distinguir tres etapas en la evolución normal de una vida religiosa.
En la primera etapa no hemos hecho todavía la experiencia de la imposibilidad humana y natural en la cual somos capaces de vivir de acuerdo con el orden sobrenatural de los consejos. Durante la juventud, existe en efecto como una correspondencia entre la generosidad propia del temperamento de esta edad y la llamada de Jesús a dejar todo para seguirlo. No nos parece que la pobreza, la castidad, la obediencia, la oración y la caridad presenten algunas dificultades insuperables. Por otra parte, la pedagogía divina del Maestro que llama contribuirá también ella a mantenernos un poco en una ilusión provisoria, sin la cual tal vez ninguno tendría el coraje de dejar todo por seguir a Jesús y llevar su cruz.
Sin contar con que, en este periodo de juventud, las exigencias de la santidad nos aparecen sobre todo bajo su aspecto sensible, estaba por decir bajo su aspecto natural de realización. La pobreza, por ejemplo, nos aparece como un despojo material: seremos, más bien, exigentes en este campo y para muchos será una necesidad sensible cuya satisfacción les procurará una verdadera alegría. Jesús nos dilata el corazón en este sentido, y es precisamente esto que Él quiere que lo da a los que inicia. Por otra parte, tenemos ideas muy personales al respecto, porque es difícil no tenerlas cuando se es joven, y porque las aspiraciones naturales y espontáneas nos empujan a ser pobres de un modo o de otro. La pobreza material no nos da miedo. Lo mismo es para la obediencia, cuyas verdaderas exigencias están todavía escondidas: la vida religiosa es todavía nueva, está delante de nosotros, y hasta que creamos tener alguna cosa por aprender de los hermanos más ancianos, somos espontáneamente dóciles y damos fácilmente crédito a nuestros Responsables. No quiero decir que no existan dificultades, pero no sabemos todavía todo aquello que incluye el misterio de la obediencia.
En cuanto a la castidad, tenemos tal vez las dificultades comunes con los jóvenes, pero no tenemos miedo del futuro, y nuestro corazón se llena fácilmente del amor que llevamos a Jesús y que, hasta ahora, se ha manifestado siempre de modo más o menos sensible. A una advertencia como aquella de Jesús a Pedro, no vacilaremos a responder rápidamente como el Apóstol: “Señor, contigo estoy listo para ir a prisión y a la muerte”. Esto no constituye todavía un problema para nosotros. Existen, es cierto, algunos momentos duros, pero pasan y el Señor está de nuevo junto a nosotros. El Evangelio nos parece todavía rico de una cantidad de cosas que descubrimos cada día y el estudio teológico nos hace penetrar con estupor en la grandeza de los misterios de Dios. Somos felices de haber sido llamados por Jesús y no dudamos de poder serle fieles. La caridad nos parece fácil aunque, tal vez, nos reprochan muchos defectos que pensamos poder vencer fácilmente con alguna generosa revisión de vida y con la ayuda de nuestros hermanos. Por otra parte, en el noviciado y durante los primeros años de nuestra vida de Pequeños Hermanos constatamos sensibles progresos. Pero existe todavía una dimensión de la caridad que se nos escapa, y, torpemente, hacemos sufrir faltos de delicadeza. Nuestra caridad es todavía muy humana, muy naturalmente espontánea. Y sentimos en nosotros movimientos de simpatía universal. El llegar a ser los hermanos de aquellos hombres tan diversos a nosotros que nos atrae a lugares lejanos nos parece simplísimo: estamos impacientes de estar en medio de ellos, como uno de ellos. Todo en ellos nos parece bueno, simpático y nos sentimos muy capaces de darles nuestra simpatía. No admitimos que se les critique, y condenamos con severidad a aquellos que nos parecen menos entusiastas. Lo que no nos impide ser insoportables a los demás ni desanimarnos a la primera dificultad; pero no pensamos frecuentemente en esto que es bien poco evidente para nosotros. En cuanto a la oración prolongada y silenciosa ésta es cierto que, al inicio, nos ha parecido, salvo algunas excepciones, la cosa más difícil. Pero las gracias del noviciado y nuestro deseo de manifestar a Jesús nuestro amor, nos mantienen fieles. Por otra parte, hemos recibido gracias de luz y nos parece, con un poco de buena voluntad, mantendremos fácilmente esta prueba de amor que queremos dar al Señor. Somos fácilmente conmovidazos por el sufrimiento de los hombres y por el mal que nos circunda y que queremos llevar delante del Señor en la oración. Ahí encontramos una ayuda y tememos, alguna vez, que la falta de contacto con los hombres quite una de las razones sensibles que nos empujan a una mayor generosidad en la oración. Sí, nos parece que con un poco de coraje podremos ser fieles a todas estas exigencias de la vida de un Pequeño Hermano descubiertas durante el noviciado y en los primeros años de vida en Fraternidad. En todo caso, y también en los días oscuros, —porque los hay— todo esto no nos parece radicalmente imposible, como lo ha predicho el Señor. ¡Difícil sí, imposible, verdaderamente no, con un poco de coraje!
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Ahora, con el tiempo y con la gracia de Dios, poco a poco, insensiblemente, todo cambia. El entusiasmo humano deja el puesto a una especie de insensibilidad para las realidades sobrenaturales, el Señor nos parece cada vez más lejano y en ciertos días un cierto cansancio se apodera de nosotros y somos más fácilmente tentados a aceptar a orar menos y a hacerlo de un modo mecánico. La castidad nos presenta dificultades que no habíamos considerado: algunas tentaciones son nuevas; sentimos en nosotros como una pesadez y buscamos más fácilmente algunas satisfacciones sensibles. Por otra parte seremos llevados, instintivamente y sin siquiera ver en ello algo malo, a conducir una vida un poco más independiente, sin tener en cuenta a nuestros Responsables. La apertura nos parece menos necesaria, la caridad más difícil. La adaptación a otro pueblo nos deja alguna vez desanimados, y vemos solamente los defectos que nos fastidian allá donde antes encontrábamos todo bien: comenzamos a criticar, con facilidad, no alcanzamos a hablar fluidamente la lengua ni tampoco a entenderla suficientemente. La pobreza se nos hace pesada. Consideramos mejores nuestras ideas. En ciertos días nos lamentamos de no poder comer mejor y de no sentirnos un poco más libres. ¡Finalmente quisiéramos hacer de nuestra vida algo más interesante! Y siempre el Señor calla, silencioso, y no nos prodiga más las alegrías sensibles de la intimidad, aquellas alegrías que nos hacían tan fácil el considerar todo con optimismo.
Llegar a sentir todo esto es normal, sin que haya existido infidelidad grave por nuestra parte ni abandono de parte del Señor. Aunque hayamos sido fundamentalmente fieles a las exigencias de nuestra vida religiosa, debemos llegar, más o menos, a experimentar estas diversas impresiones o tentaciones. En una palabra, entramos progresivamente en una fase nueva de nuestra vida, descubriendo, a nuestra costa, que las exigencias de la vida religiosa son imposibles. Experimentamos que la pobreza no debe ser solo material, sino debe alcanzar el desprendimiento de nosotros mismos y de toda acción interesada. La castidad integral, la obediencia con todas sus consecuencias, la caridad hasta el don total de nosotros mismos a los otros, toda una vida centrada sobre el valor contemplativo de la adoración: estamos experimentando que todo esto es imposible, que supera nuestras fuerzas y es contrario al desarrollo natural de nuestros instintos y de nuestra personalidad. ¡Sí, es imposible! ¡Jesús nos lo había dicho, pero ahora todo aparece bajo una nueva luz y precisamente en el momento mismo que Jesús está lejano y casi sensiblemente ausente de nuestra vida! Humanamente Él no está más. Ni podemos contar más con el entusiasmo juvenil que los años han apagado en nosotros. Esta imposibilidad tal vez no apareció de golpe y en un modo igualmente brutal para todos los aspectos, pero, más o menos conscientemente, ésta llegará a ser para nosotros una evidencia. Tampoco osamos confesarlo mucho a nosotros mismos, porque esto nos obligaría a tomar netamente posición. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo salir? Si no abordamos francamente esta etapa, esta toma de conciencia de la imposibilidad radical para las fuerzas humanas de vivir una vida religiosa sobrenatural y de servir a Cristo con su cruz, corremos el riesgo de caer en disfrazado desánimo, ya sea de engañarnos bajando nuestro ideal a un nivel aceptable, alcanzable, en una palabra, posible. Ahora esto se verifica frecuentemente en esta etapa crucial de la vida religiosa: el desánimo o bien la aceptación semiconsciente de la mediocridad, porque para hacer la vida religiosa viable habremos aceptado de hecho introducir un sustituto. Nos buscaremos un centro de interés humano, una razón de vida que sea, bien o mal, conciliable con las apariencias de la vida religiosa o con una observancia honesta pero resumida de nuestros compromisos. Si por el contrario a fuerza de lucidez y para permanecer plenamente fieles al Señor rechazamos este compromiso, el desánimo esperará. En verdad, Jesús nos hace experimentar hasta el final y de modo inesperado, la imposibilidad de seguir el camino sobre el cual Él mismo nos ha enviado.
¡Lo que es todavía más desconcertante, es el hecho de que entre más hayamos sido generosos y fieles a la gracia, más éste camino nos parecerá imposible! En efecto, las exigencias de la pobreza, del desprendimiento interior, de la castidad, de la obediencia y de la caridad nos aparecen bajo una nueva luz, y éstas son más grandes de lo que habíamos imaginado. Ahora, el ver abrirse delante a sí un horizonte siempre más infinito es una gracia inestimable, porque es la prueba que Jesús está presente con su luz. En este camino, llegado a ser tan austero, ¿cómo no desanimarse por la inmensidad de la distancia que nos separa de la meta? Puesto que ésta se ha alejado nos cuesta mucho ver que no hemos retrocedido en lugar de avanzar. Todo en efecto ocurre como si hubiéramos retrocedido, y nos parece haber fracasado. Además hemos descubierto los defectos, las imperfecciones de los religiosos y de los sacerdotes que nos rodean y sentimos claramente que muchos de ellos están en el mismo punto.
¿Para qué sirve intentar lo imposible? Puesto que para nosotros el ser perfectos es imposible, no nos queda que contentarnos con una vida honesta. ¡Pero una simple vida honesta en el seguimiento de Jesús crucificado cómo es miseria y qué desilusión! Y sin embargo, si supiéramos lo que Jesús espera de nosotros en este momento crítico de nuestra vida religiosa, si supiéramos lo que Él espera de una etapa que no es un regreso como nosotros lo imaginamos sino una puesta en acto de las condiciones para una nueva partida, para el descubrimiento de una vida según el Espíritu y la fe, con la convicción, que todavía debemos adquirir, ¡que una tal vida es entonces posible con Jesús!
* * *
En estos últimos días, he comprendido bruscamente que mi angustia deriva del hecho que un número siempre más grande de nosotros llega a esta etapa decisiva. Y es el momento en el cual, de pie sobre la superficie agitada del mar, empezamos a hundirnos porque tenemos miedo. ¿Miedo de qué? ¿No es acaso por órdenes de Jesús que hemos comenzado a caminar en estas condiciones? No sabíamos. Sin embargo cada cosa se ha desarrollado hasta ahora como debía y la adolescencia de nuestra vida espiritual está terminando. Vivir según el espíritu, en el desprendimiento interior, según una ambición de grandeza alejada de nosotros pero que se ensancha en la ambición misma del Corazón de Jesús, vivir en la humildad y en la desconfianza hacia nosotros mismo, aceptando finalmente de no ser nada para nosotros y todo para Él y para los otros, aceptando creer contra toda esperanza y perseverar en la oración, tocando tal vez en una puerta que permanecerá cerrada tal vez por años, y después aceptar volver a partir, en una nueva prospectiva, hacia un nuevo modo de ser pobres, obedientes, castos, caritativos, orantes: esto es lo que será esta nueva etapa.. Sin embargo no encontramos más en nosotros motivo de consuelo, y para evitar desanimarnos debemos dejar de mirarnos y saber reencontrar a Jesús, que nunca ha dejado de estar presente, pero cuya presencia es ahora muy diversa de aquella anterior. Toda nuestra vida nos parecerá suspendida de un hilo que no alcanzamos ver lo suficiente para poder constatar su solidez. Como un hilo de nylon esto nos parece de tal modo sutil y transparente de hacernos perder el sentido de seguridad que teníamos en los inicios de nuestra vida religiosa. Como el alpinista lleno de vértigo, no tenemos ya el derecho de mirar hacia abajo, de seguir con la mirada la pared a la cual estamos adheridos, bajo pena de separarnos o de no poder avanzar más: estamos condenados a mirar solo a lo alto o bien a no llegar a la meta.
Para hacer posible esta tercera etapa lo que nos queda por descubrir y por vivir es el creer que Jesús ha dicho la verdad cuando ha afirmado que “esto es posible para Dios”. Un gran número de nosotros está en este punto; siento el riesgo y quisiera que una oración intensa de todos nosotros nos preservara de otro peligro: aquel de una vida religiosa falsificada bajo las apariencias intactas. ¿Cuántos de entre nosotros se “instalarán” así? Es un secreto que sólo Jesús conoce, y yo prefiero no pensar en ello porque no alcanzo a aceptar que alguno de nosotros esté entre estos rezagados…; ¿y sin embargo la ley de los grandes números no debería entrar en juego? Me reuso a admitirlo cuando pienso sucesivamente en cada uno de ustedes, porque cada uno ha sido llamado y, después de todo, queda libre delante del Señor, libre de volver a decirle su “sí” al inicio de esta nueva etapa. ¿la libertad del amor no es tal vez capaz de vencer “la ley de los grandes números”? Pero sobre todo quisiera que fueran persuadidos que este desánimo de nuestra vida espiritual, del cual sienten la tentación o tal vez también la seducción en vuestro interior, no es el signo del final de algo generoso, sino, por el contrario, el signo de una nueva llamada del Señor. Una etapa es superada; queda otra que será decisiva. No debemos nunca decirnos desilusionados de la vida religiosa, sino ser más bien suficiente humildes para confesarnos vencidos por el Cristo humillado y crucificado, y para aceptar iniciar un nuevo camino, aquel del espíritu, de la fe y de un amor fuerte y sin ilusiones. El cambio de plan, la transferencia de régimen consiste en haber comprendido finalmente que una vida religiosa de Pequeño Hermano es humanamente imposible, que Dios debería encontrar el modo de hacerlo entender, y que sin embargo esta es posible para Dios, en la fe y en la caridad divina. En una palabra, debemos morir con Jesús y revivir con Él. Toda la vida religiosa consiste en esta muerte y esta vida, ¡pero nosotros no imaginábamos que esto se realizara así!
Una vez comprometidos con este nuevo plan, una nueva luz nos mostrará las nuevas exigencias en la práctica de los consejos de Jesús, del cual debemos continuar la realización con una generosidad también ésta renovada en cuanto ya no está apoyada en ningún entusiasmo sensible.
De cualquier modo, si queremos continuar avanzando debemos entregarnos con todo nuestro espíritu a la pobreza, a la castidad, a la obediencia y a la oración en vistas de un crecimiento continuo del amor. Es nuestra voluntad que debemos donar de nuevo; el esfuerzo de los inicios de nuestra vida religiosa debe ser renovado, porque el amor reside en nuestra libre voluntad, y esta nos pertenece integralmente y debe ser impregnada por la vida que la humanidad de Jesús nos comunica. Pero este trabajo de disciplina, en esta segunda oportunidad, tocará las zonas más profundas y más esenciales de nuestro espíritu. Es difícil compararlo a aquél de los inicios, porque nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestros instintos profundos tienen ahora un objeto diverso. La conciencia de nosotros mismos nos revelado además obstáculos y raíces más profundas. Por lo tanto el esfuerzo generoso de un novicio y el de un Hermano que ha hecho la profesión perpetua no se realizarán del mismo modo. No debemos juzgarnos mutuamente, sino buscar entender. No estaría bien para un novicio querer vivir como un religioso de edad madura, ni para un profeso perpetuo volver a vivir como un novicio. Y está bien así, siempre que cada uno se done sin reticencias, evite las ilusiones propias a su edad espiritual, y apele a la renuncia total así como Cristo no cesa de formulárselo.
En estos últimos meses algunos Hermanos profesos han dejado la Fraternidad. Es normal que así sea, y esto, en vez de ser para nosotros una razón de turbación, debería parecernos como indicio de vitalidad y de verdad. Es una gran responsabilidad el aconsejar una vocación o buscar ver claro en el momento de la admisión a la primera profesión o bien a la perpetua; es difícil que no se verifiquen los errores. Algunos pueden ciertamente ser llevados a dejar la Fraternidad precisamente porque no han sabido superar la etapa de la madurez de la vida espiritual: nuestra vocación es difícil y no admite el más o menos en el ofrecimiento de sí a la acción del Espíritu Santo. Pero también existe la posibilidad de errores, e las exigencias de la vocación de Pequeño Hermano para una total fidelidad a su ideal pueden también no revelarse de inmediato. Me parece además, que esté por terminar el lento descubrimiento de los diversos géneros de vida que Jesús ha pedido a las Fraternidades de realizar en el mundo. Era necesario un cierto periodo para dejar aparecer todas las consecuencias del ideal de la Fraternidad y para permitirnos de precisar mejor las exigencias contemplativas. Muchos aspectos de este ideal se han hecho más claros, más precisos, poco a poco que iban naciendo las otras formas de vida de las Fraternidades, los Institutos Seculares, y los Pequeños Hermanos de Ministerio. Era necesario que las Fraternidades alcanzaran una cierta edad para que aparecieran de modo más preciso las necesidades a las cuales ellas deberían responder y, según los ambientes, los nuevos problemas que su sola presencia suscita.
Es así que la Fraternidad, en cuanto comunidad, alcanza ella también una etapa importante de su madurez, y que todos nosotros debemos ponernos de frente al ideal contemplativo esencial para realizar generosamente las exigencias.
No quisiera que, a la vista de este desarrollo de las Fraternidades, algunos entre ustedes se dejaran tomar por la tentación de preferir para ellas mismas una vida evangélica solitaria e independiente, más bien que aceptar los límites de una institución humana organizada. El mensaje de amor y de renuncia, de la pobreza evangélica y de la oración, no puede ser transmitido a un gran número de almas sino a través de una institución de la Iglesia. Ahora, Jesús ha querido precisamente las Fraternidades como una institución de la Iglesia, para difundir, a través de ellas, una vida y un espíritu según el Evangelio, para que un número más grande pueda acceder a la santidad, a través de estas instituciones.
Este crecimiento orgánico no se realiza ciertamente sin os riesgos que conocemos: la elaboración de una regla, dispersión costosa, realización de un mínimo de administración central, casas de formación y de estudio. ¿Pero cómo rechazar todo esto sin rechazar algo pensado, imaginado y querido por Cristo? Se hacen reproches que se lanzan a la Iglesia por motivos de su organización; y, sin embargo, no obstante sus defectos humanos, la Iglesia es como Cristo la ha querido divinamente.
Oro al Señor para que, en esta prospectiva, todos sean encontrados fieles a la gracia del renacimiento según el espíritu que en la próxima Pascua será dado a cada uno de nosotros y a la Fraternidad entera.
9 de Octubre de 2019
En Ejercicios Espirituales
(1) René Voillaume. La seconda chiamata. En https://www.assisiofm.it/uploads/La%seconda%20chiamata.pdf Consultado 8 de octubre de 2019. Traducción: Mtro. Filiberto Cruz Reyes.
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Las mismas tentaciones

Homilía: Proverbios 30, 5-9; Sal 118; Lc 9, 1-6
Ayer como hoy Jesús sigue reuniendo a sus discípulos y sigue dándoles poder y autoridad, para expulsar demonios y curar enfermedades. Sigue enviándonos a predicar el Reino y curar a los enfermos. Este envío me parece que en primer lugar supone que estemos sanos, de lo contrario no llegaríamos lejos o podríamos contagiar a muchos y desatar una pandemia; lo hemos experimentado recientemente a raíz del Covid-19. También a través de todas las pandemias ideológicas que pululan sobre la faz de la tierra. El discípulo no puede ser mercenario. Tal envío es un don, así lo muestra la orden de no llevar nada para el camino; es su persona y testimonio su único capital y fortaleza; depende de quienes están en la casa a donde llegue, si no hay ahí verdaderos discípulos, le espera el rechazo y el descarte; así, la sinodalidad es imposible sin apertura de corazón y de las puertas de la casa. El camino es el lugar teológico para que el discípulo crezca, no debe instalarse pues esto le traería la atrofia del corazón (esclerocardia) y de los pies. Debemos siempre caminar (Sal: Condúceme, Señor, por tu camino).

El texto griego del evangelio utiliza dos conceptos distintos al hablar de “curar enfermedades (therapeuein)” y de “curar a los enfermos (iasthai)”.
El primer concepto, tiene que ver con el significado de: familia, cura, sanidad, atención, servicio médico; e insiste en la responsabilidad que esto conlleva, servir plenamente al Señor, en la persona del otro, de manera especial del más vulnerable (como en Mt 8, 7-8: “Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano»”).
El segundo concepto, tiene el significado de: sana, sanó, sanado, para sanar. Sanar, y esto especialmente por medios sobrenaturales, es decir, llevar al Señor a alguien para que lo atienda como el Gran Médico, y está emparentado teológica y gramaticalmente con el texto de Isaías (53, 4-5): “Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados”.
Tanto en política como en la misión, tenemos siempre las mismas tentaciones:
- Pensar que el pueblo o la iglesia son nuestros.
- Buscar nuestros propios intereses.
- Querer imponer nuestros propios pensamientos, sin discernir.
Para ello, el texto de los proverbios nos recuerda que:
- “No alteres para nada sus palabras, no sea que te reprenda y resultes mentiroso”; es decir, no podemos pretender manipular impunemente su palabra con el fin de someter al pueblo o la iglesia.
- “No me des pobreza ni riqueza, dame tan solo lo necesario para vivir, no sea que la abundancia me aparte de ti y me haga olvidarte; no sea que la pobreza me obligue a robar y me lleve a ofenderte”; es decir, no podemos hacer de la misión un modus vivendi, en el sentido de ambicionar.
- “Toda palabra de Dios es verdadera. El Señor es un escudo para cuantos en él confían”. De nuestro primer concepto de curar, deriva terapia, pero también “therápon” en griego, “escudero”, es decir, el que ayuda al guerrero.
CISAV, que tu identidad de convocado y enviado, se fortalezca cada día más. Que el Señor nos sane con su palabra y con la caridad de los hermanos.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes, Capellán.
25 de septiembre de 2024
En la Sede del Cisav, Qro. México
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Breve comentario sobre el libro “Acompañar el discernimiento. Consejería Pastoral en bioética” de Mons. Roberto Yenny García

Sobre el autor.
El 19 de marzo de 2020 la Sala de Prensa de la Santa Sede, publicaba en su Boletín que “El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la Diócesis de Ciudad Valles (México), presentada por su Excelencia Reverendísima Monseñor Roberto Octavio Balmori Cinta, M.J.
El Santo Padre ha nombrado Obispo de Ciudad Valles (México) al Reverendo Roberto Yenny García, del clero de la Diócesis de Tampico, Secretario para las relaciones institucionales de Conferencia del Episcopado Mexicano”.
Su consagración episcopal fue el 17 de Junio de 2020.

En nuestra ciudad de Querétaro el 18 de marzo de ese mismo año, la Secretaría de salud del Estado de Querétaro “con el propósito de combatir la enfermedad del COVID-19”, recomendaba implementar de manera inmediata algunas acciones; entre ellas “permanecer en su domicilio si no se tiene una causa urgente o imprescindible que lo obligue a salir de él”. Así empezó nuestra experiencia del auto confinamiento que habíamos visto por los medios de comunicación: primero en China (¡que parecía tan lejana!), luego en Europa y después en todo el orbe prácticamente.
Por este motivo la Consagración de Mons. fue a puerta cerrada, con unas cien personas, como informaron algunos medios. Cosa no tan distinta a nuestra experiencia de recibir a Mons. Fidencio López Plaza como X Obispo de Querétaro, ese 19 de Octubre de 2020.
Sobre el texto.
En ese lapso de encierro vimos muchas cosas: personas que llevaron sus seres queridos al hospital y les entregaron en pocos días las cenizas de sus seres queridos, murieron en el hospital, no podía haber velorio, ni misa de cuerpo presente, familias dolidas y desconcertadas que perdieron a más de un miembro de la familia, etc.
Todo esto marcó nuestra sensibilidad y forma de relacionarnos, la llamada “distancia social” nos llevó a situaciones de aislamiento y soledad. Teníamos necesidad de acompañamiento. Fue en este contexto que nuestro autor inició su ministerio episcopal, y que seguramente marcó su sensibilidad para buscar estar cerca de las personas acompañándolas, como insistirá en el texto en comento: “La consejería pastoral es el acompañamiento ofrecido por la comunidad cristiana a las personas que pasan por momentos críticos de su existencia (pérdida del trabajo, situaciones familiares complejas, dilemas morales, enfermedad, etcétera”) o están en búsqueda de crecimiento humano y espiritual”. (p. 15).
Elegido por el Papa francisco como sucesor de los Apóstoles, nuestro autor no es ajeno al pensamiento y magisterio de nuestro amado Romano Pontífice, en el texto que nos reúne cita tres de sus grandes documentos: Evangelii Gaudium, Laudato si’ y Amoris laetitia; mismos que afrontan grandes problemas bioéticos. Sin embargo nuestro autor no usa como subterfugio el Magisterio Pontificio o su autoridad de Obispo, ambos están acompañados de un amplio conocimiento en la materia en cuestión, la bioética: cita al menos una cincuentena de autores contemporáneos; proponiéndonos así una amplia bibliografía.
Afirma el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo” (n. 52).
En este cambio de época al que se refiere el Papa Francisco tal vez sea el mismo que hecho surgir la bioética como una ciencia y que es relativamente joven, pues esta trata de dar respuesta a los grandes temas de la vida, la filosofía, el derecho, la medicina, la creación, etc. Hoy hay quien se refiere no a la bioética, sino a las bioéticas, esto debido al pensamiento o intereses que hay de fondo en las diversas propuestas. Por ello nuestro autor refiere que su texto retoma como lo central a la persona: “el objetivo de la consejería pastoral es acompañar a la persona a ser autónoma en la gestión de su propia vida, a fortalecerse para afrontar los momentos difíciles y a orientarse mejor en el proceso de crecimiento humano y espiritual” (p. 21) y nos recuerda, hablando de la bioética, que “el pluralismo existente depende tanto de la antropología de referencia como de las teorías sobre la fundamentación del juicio ético” (p. 36); por lo que hará referencia a diversos modelos bioéticos tomando en cuenta sus presupuestos esenciales y fundamentación del juicio ético.
Nuestro autor propone una bioética en dos vertientes: filosófica y teológica, y lo hace al referirse a la formación de los futuros sacerdotes.En este contexto hace referencia a un reciente, bello y profundo decumento del magisterio eclesial: la Declaración Dignitas infinita (8 de abril de 2024) del Dicasterio para la Doctrina de la fe. Dicho documento afirma “Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre «sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia» (n. 1). Se entiende facilmente porqué el cuño filosófico y teológico centrado en la persona humana y que nuestro Autor propone.
Sobre la misión del Obispo.
“Obispo y Visita, pueden parecer, a primera vista, palabras privadas absolutamente de ligamen semántico. La investigación etimológica, sin embargo, permite superar la apariencia. Detrás del italiano vescovo (en castellano obispo), se encuentra el latin episcopus, copia del griego epískopos; a su vez, epískopos se deriva del verbo episképtomai/episkopéo. Resulta útil precisamente conocer con certeza qué significados y usos tuvo tal forma verbal.
En el griego profano (ver Jenofonte, Plutarco), esa indica fundamentalmente la acción de mirar, pero también la de reflexionar, así como la de visitar. En general se alude a personas enfermas.
En la lengua de los LXX, episképtomai expresa un concepto particularmente importante: el de la «visita» de Dios al pueblo de Israel entendida como momento de la intervención divina en la historia. Baste como ejemplo el texto de Gn 21,1, donde el verbo en cuestión indica la «visita» del Señor a Sara aún estéril y el de Ex 3,16 donde a través de Moisés el Señor dice: «He venido a visitarlos y a cuanto les sucede en Egipto». Las dos prevén «visitas» destinadas a incidir profundamente en las vicisitudes narradas. Después de la primera, Sara dará a luz a Isaac; después de la segunda, será la salida de Egipto.
También en el griego neotestamentario episképtomai es el verbo de la visita. Visita realizada simplemente a los enfermos o, más significativamente, a personas de las cuales se ha tomado el cuidado y se tiene responsabilidad. Así, Pablo exhorta a Bernabé al oficio apostólico de la visita a las comunidades de los lugares donde ya se anunció el evangelio, diciendo: «Vamos a visitar a los hermanos (episkepsòmetha toùs adelphoùs) de todas las ciudades en las cuales anunciamos la palabra del Señor, para ver cómo están» (Hch 15,36).
En la gama de significados de episképtomai tiene, por tanto, relevancia el uso semántico de la visita: visita a los enfermos, de Dios que interviene en la historia y de los hombres que se sienten corresponsables del destino de otros hombres.
Es por eso que me parece sea un deber del Obispo, mirar, asomarse, intervenir, reflexionar sobre la realidad, sobre todo lo concerniente a la vida humana (por eso el lema episcopal de Mons. “Para que tengan vida”) y esto como pastor de Iglesia, esa Iglesia que, como afirma el autor: “el Papa Franisco ha descrito como un «hospital de campaña». Una Iglesia en salida capaz de compartir —en el campo de batalla— alegrías, dolores y esperanzas con el mundo; una Iglesia que se sabe pecadora perdonada y llamada a servir, que puede y debe acompañar la fragilidad de las personas. Desde la propia vulnerabilidad. Una Iglesia dinámica, atenta a las transformaciones del mundo y capaz de llevar dentro de él su mensaje, sin imposiciones pero con la «fuerza de la ternura». Una Iglesia abierta a la escucha, al diálogo, a la amistad social. Una Iglesia que está dispuesta a salir y ensuciarse, en lugar de anquilosarse en la autoreferencialidad” (pp. 43-44).
A la luz de todo esto, si bien el apelativo de epískopos se utilizaba al interior de las primeras comunidades cristianas con motivos no concernientes a la idea de visitar, parece legítimo y fascinante encontrar en la etimología, la verdad de la lengua, un antiguo, posible ligamen entre el obispo y la visita, la segunda casi, en sentido pastoral, desde siempre fue parte de los deberes peculiares del primero”1.
Por estas y muchas más consideraciones más, el texto en comento y de reciente aparición (Junio de 2024) es un valioso aporte para quien en la Iglesia busca “caminar con”, es decir, ser sinodal. En buenahora Mons. Roberto Yenny García.
Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes
Parroquia de la Sagrada Familia-CISAV
Santiago de Querétaro, Qro. México, 30 de Agosto de 2024
- Cf. Miragoli, E., La visita pastorale: «anima regiminis episcopalis», en Quaderni di Diritto Ecclesiale 2 (1993) 122-149. Traducción Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes. ↩︎
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Dice mi Madre


Dice mi madre que ese 21 de agosto cerca de la hora nona (tres de la tarde) sintió los primeros dolores que anunciaban mi llagada a este mundo; y fue hasta las 5:00 hrs del día 22 que llegué, día de Nuestra Señora María Reina. Tanto mi madre como yo no estuvimos del todo bien en salud, así que cinco días después, el día 27 de agosto me llevaron a bautizar de emergencia. Mi tía Francisca, hermana mayor de mi papá me hizo la caridad de llevarme en sus brazos, junto con mi papá y mis padrinos: Isabel y Francisco; mi madre permaneció en cama. Fue el Padre José Guadalupe Martínez Osornio, entonces joven sacerdote y vicario parroquial en Santa María de la Asunción quien inició en mi vida el misterio de fe en Jesucristo. Por la gracia de Dios mi madre y yo recuperamos la salud.

Gracias a las reformas que años antes el Papa San Pío X había dispuesto acerca de la edad para la recepción de la Sagrada Comunión, pude recibirla ocho días antes de mi sexto cumpleaños.
Soy el primogénito de seis hijos de mis padres. Nos educaron en una vida sencilla y de trabajo, en un ambiente de fe. Nos apoyaron siempre para asistir a la escuela; recuerdo cuando mi madre ya no podía ayudarme en las tareas escolares y veía mi angustia de no tener hermanos que me orientaran en temas complicados de matemáticas u otros, pero siempre me acompañó con su presencia silenciosa hasta altas horas de la noche, invitándome a terminar la tarea. Nunca entendí a algunos profesores que les molestaba el que pudiera hacer buenos trabajos o hacer muchas preguntas; más tarde supe que intentar pensar podía ser peligroso. He tenido también grandes maestros de escuela, de fe y de vida —los más gracias a Dios— que con su palabra, testimonio y exigencia me han llevado de la mano para buscar comprender a la luz de la Palabra de Dios el misterio de existir.
Mi madre me enseñó teología. Recuerdo en una ocasión que mi madre contestaba a una encuesta de esas que se hacen en casa, tal vez por lo que fue la Dirección General de Estadística; cuando le preguntaron sobre la ocupación de mi padre se le llenó el rostro de alegría y contestó: jornalero. No sabía lo que eso significaba pero imaginé lo que él hacía: arduos días de trabajo como artesano, nos narraba cuentos inventados por él, nos construía juguetes para usarlos en el patio, nos llevaba a Misa los domingos a las siete de la mañana, días de faenas para construir la nueva escuela primaria a la que asistíamos siendo el presidente del Comité pro construcción y realizando eventos para reunir recursos, etc. Así entendí lo que significa: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado” (Gn 3, 18). Mi padre descansa en paz. Por la tarde-noche mi madre me tomaba de la mano para ir al centro del pueblo a vender las artesanías que mi padre realizaba con artísticas y artesanas manos; a veces nos tocaba enfrentar la lluvia y el viento que derribaba enormes ramas de aquella inmensa calzada con gigantescos chopos y casi total oscuridad; yo no lo sabía pero me adiestraba para recorrer las oscuridades de la vida; me enseñó que “Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan”, como afirma el Salmo [23 (22), 4]. No me gusta la comida recalentada, sino del día, fresca; pues íbamos como se dice, “al día”, mi madre cocinaba día a día por las condiciones de una economía sencilla. Me enseñó así la fidelidad de Dios manifestada en la oración dominical: “danos hoy el pan de cada día” (Mt 6, 11) y “así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 9, 34).

Siempre he experimentado el amor y protección de Nuestra Señora María Reina, bajo cuya protección me llamó Dios al inicio de mi presencia en este mundo. Fue en su seno purísimo donde latío por primera vez el Sagrado Corazón de Jesús, como afirma y nos enseña la sagrada liturgia:
“Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad” (Prefacio de la Inmaculada Concepción).
También en el seno de mi madre empezó a latir mi corazón, el corazón de este gran pecador que soy, que ha transitado por cañadas oscuras en mis extravíos lejos del Cordero inmaculado, fuente de vida; padeciendo hambre hasta llegar a comprender por la misericordia de Dios que «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!” (Lc 15, 17); y sí, el Padre misericordioso me reúne hoy aquí con Ustedes, mis hermanos, para saciar nuestra hambre y sed de plenitud, misma que sólo él puede saciar con la Eucaristía.
Hoy nuestra amada patria sufre momentos de violencia inusitada, de ira desbordante que “rompe, destroza, arrasa, demuele, devasta cuando se pone delante de las manos, o al menos ofende, injuria, denigra, agravia, humilla cuando sólo pueden usarse las palabras” (Díaz Olguín, Ramón; en Open insigth, Vol. 15, Num. 34 (2024), p. 3. CISAV). Ahora, entre muchas otras bendiciones Dios me regala a través de mi Obispo, don Fidencio López Plaza, el estar en medio de una comunidad de pensamiento y fraternidad, el CISAV; y que con motivo de mi cumpleaños me han obsequiado un bello texto: ¿Nos conoce Jesús? ¿lo conocemos” (de Hans Urs Von Balthasar; España 2011) que he bebido con ansias, en el que puedo leer: «la figura del mediador de la Alianza, figura de la que se perciben ecos a lo largo de todo el Antiguo Testamento desde Moisés, pasando por los profetas, hasta el Siervo de Yahvéh— tiene que corporeizar eficazmente, con la totalidad de su existencia, el acontecimiento de la reconciliación. “Fue traspasado a causa de nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades” (Is 53, 5)» (p. 39); me da luz para comprender que la Reina del cielo estuvo junto a su hijo en la hora nona y ha sido su cuerpo crucificado como la escalera que le ha llevado al cielo en cuerpo y alma y es signo de esperanza para nosotros de compartir la misma gloria.
Gracias mamá por todo el amor a mi padre, a mí, a todos mis hermanos y a toda la familia. Gracias a ustedes mi famiia espiritual, por toda su bondad para conmigo.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Parroquia de la Sagrada Familia.
Jardines de la Hacienda, Querétaro, Qro. México
22 de Agosto de 2024, Fiesta de Nuestra Señora María Reina
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Con la lámpara encendida


Homilía en la Misa Exequial de “Male”
Ap 21, 1-7; Sal 24; Mt 25, 1-13
Entre todos los rostros de las señoras, el tuyo parecía de niña; no las conocía, era párroco recién llegado. Me pedían que continuáramos la construcción de la Capilla. Tu rostro delgado, tu cuerpo parecía pequeño y frágil, los lentes y cubrebocas por la pandemia no permitían verlo claramente. Con el paso de los días pude conocerles un poco más: madres, abuelas, catequistas… de fe sólida, de convicciones inconmovibles; trabajadoras invencibles, recolectoras en medio de la comunidad, de todo aquello que estaba en buen estado y pudiera servir a alguien más. Ordenaban ropa, utensilios para la casa, el deporte, decoración, etc. Organizabas los bazares que implicaban largas jornadas los domingos; lo que me impresionó de verdad es que con tu equipo iban a los tianguis en plan de servicio, para recaudar fondos para la construcción de la Capilla. Era mi responsabilidad como párroco gastar bien y rectamente lo que con tanto esfuerzo Ustedes reunían. Así, en seis meses del año pasado se demolió la mitad de los muros de la Capilla por su fragilidad y se volvieron a levantar más sólidos, fuertes para soportar la estructura de la techumbre; todo bajo la supervisión de los arquitectos e ingenieros.
Elena Núñez, Male (como cariñosamente te conocía la comunidad parroquial), eras una mujer gigante, fuerte, invencible. La luz de tu lámpara encendida en el bautismo y cultivada en tu familia, por tus padres, por quien siempre mostraste un amor fiel que te hacía ir a tu pueblo de origen para brindarles ayuda, atención y cuidados, no se puede apagar; seguirá alumbrando nuestras vidas, dando calor a la comunidad parroquial. Tus pasos silenciosos nos seguirán guiando. Antes de ingresar al hospital cuidaste que el fruto de sus esfuerzos comunitarios fuera depositado en la cuenta destinada a los trabajos de construcción de la Capilla.
Ahora, el Esposo llega a la fiesta y te llama, te hace entrar a ti, mujer prudente y fiel, al Banquete eterno; te sienta en la mesa y te ofrece su Cuerpo y su Sangre hechos eternidad. Tu lámpara encendida es testigo de tus afanes. “Male”, no pude ir al hospital para asistirte, perdón, estaba en misión fuera de la ciudad; estuvo nuestro hermano el Padre José Navarro con quien celebraron muchas Eucaristías por las tardes luminosas de fe y trabajo, oración y proyectos.

Una “cruz de fuego” ardía en tu interior, no te quejaste, no levantaste la voz, no gritaste en las plazas (cfr. Is 42, 2) ni en el hospital: eras como llama de lámpara delicada, te bastaba iluminar al hermano, a la comunidad, a tu párroco miope.
Tu ejemplo nos apremia, tu paciencia nos anima: tus afanes se convierten en frutos de fraternidad y tu vida interior eucarística nos revela el amor del Padre.
“Male”, la rifa y el próximo bazar que preparabas se llevarán a cabo con la gracia de Dios y bajo tu intercesión. Gracias por tu amor a la Iglesia, a nosotros que buscamos ser como la Sagrada Familia.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
27 de Julio de 2024
Parroquia de la Sagrada Familia
Santiago de Querétaro
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Tercera llamada

Mensaje para leer en la Misa de Exequias de Don Rogelio Almanza Morales

No recuerdo cuándo los conocí; pareciera ahora que siempre estuvieron ahí: Don Roge y su Güeris, como cariñosamente llamaba a su amada esposa Angelita. Participaban de una pequeña comunidad en la parroquia Jesús de Nazareth (Querétaro), viendo la necesidad se integraron al servicio de sacristía. Su casa no estaba tan cerca del templo parroquial y siempre llegaban puntuales para abrir el templo, sonar la campana para llamar a Misa, preparar los objetos sagrados, servir a veces de monaguillo, etc. Siendo la parroquia un lugar de alto trajín siempre hay desperfectos por el uso de las cosas, entonces Don Roge siempre buscaba la manera de solucionar los desperfectos haciendo uso de sus conocimientos e imaginación.
A ratos platicábamos sobre lo que sucedía, sobre las cosas que era necesario preparar, sobre la vida… Me llegó a compartir historias de vida; se caracterizaba Don Roge por su alegría, su fe y capacidad de servicio; también su firmeza de carácter y resiliencia. La gratuidad de su servicio sigue dando frutos en la comunidad parroquial y en mi corazón. No pude visitarle en el hospital, son de esas cosas que duelen, la cantidad de trabajo a veces hace imposible estar en muchas partes.
Ahora han partido Lupita, Don Chuy, Don Beto y ahora Don Roge, todos serviciales en la comunidad, de manera especial en la sacristía. Su presencia sigue viva, la de Don Roge en su esposa, en sus hijos y nietos, Regina y Miguelito, quienes también fueron monaguillos serviciales.
Güeris, recibe un fuerte abrazo de párroco agradecido; su presencia en mi vida y mi ministerio han sido invaluables. Saludos a esa amada comunidad parroquial de Jesús de Nazareth y espero verlos pronto.
Don Roge, gracias por todo y por tanto. Hoy a las 7:15 hrs hemos celebrado la Santa Misa y te he encomendado a la misericordia Divina. Nada debes de temer, el cielo te ha dado ya la tercera llamada, es tu hora: nuestro Padre amoroso te espera en su casa eterna, el Señor Jesús te recibe en la puerta para asignarte tu lugar en la mesa del Banquete infinito (Lc 12, 37), pero antes lava tus cansados pies, te da el beso de paz y el Espíritu Santo te unge con el perfume de Amor como rito de bienvenida (Cfr. Lc 7,44-46). Nuestra Madre María te estrecha amorosamente y todos los santos dan gloria a Dios por su misericordia: diles en voz baja, despacito, que rueguen por nosotros. Amén.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes Tu párroco y hermano agradecido. Casa Lago, Sede de la CEM Cuautitlán Izcalli, Edo. Méx., 25 de julio de 2024, la noche de tu Pascua
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Después de la tormenta

Domingo 23 de Junio de 2024
Domingo XII del Tiempo Ordinario
Jb 38, 1. 8-11; Sal 106; 2 Cor 5, 14-17; Mc 4, 35-41
«Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas.
De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: ¨Maestro ¿no te importa que nos hundamos? Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!”. Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: ¿Quién es este, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”».

Estimado hermano, Pbro. José Luis González Galván.
Presente.
La tormenta empezó a arreciar para tu familia el pasado miércoles 19 del presente, cuando cerca de las 17:30 hrs. nos compartiste que tu mamá estaba internada en el hospital. Anoche, en torno a las 21:30 nos comunicabas que había muerto tu mamá.
Tu corazón sacerdotal debe estar lleno del Evangelio, de manera especial en este Domingo de la pascua de tu Señora madre. Este día, al atardecer, les dice Jesús: «Pasemos a la otra orilla del lago»” (cfr. Mc 4, 35). El llamado que el Señor Jesús hizo a sus discípulos lo ha hecho también a tu mamá, ayer al atardecer. Este fin del día evoca la oscuridad, la noche, el caos… la muerte; principalmente la de Jesús, que quiso abajarse precisamente “hasta la muerte y una muerte de cruz” (cfr. Fil 2, 8). Que resuene fuerte en tu corazón hermano, la antigua homilía del sábado santo: “¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos”. Dice el texto del Evangelio que Jesús estaba reclinado sobre un cojín, literalmente hace referencia a un “cabezal” (proskephalaion), un cojín para la cabeza, que se utilizaba para la cabeza de los difuntos. Esta escena es un anticipo de lo que sucederá a Jesús, pues a estas alturas del Evangelio ya los fariseos y los herodianos se confabulaban para ver cómo quitarle la vida (cfr. Mc 3, 6).

Hay tormentas que nos cimbran hasta el alma, hasta el tuétano; sentimos que nos hunden hasta el abismo. Es en estas circunstancias que clamamos al Señor, tan fuerte que le despertamos; es un grito solitario, inefable, mudo. Nunca será el silencio políticamente correcto, convenenciero; no, es el grito sincero, que no da vergüenza, que exige porque hay confianza, es un balbuceo lleno de fe. En ciertas ocasiones —como la muerte de un ser amado— es tan grande nuestro miedo y nuestro dolor, que olvidamos que el Maestro está a nuestro lado, que nunca se ha alejado de nosotros, que es su palabra poderosa la que pone límite a nuestro dolor, a nuestro miedo.
Trato de imaginarte este domingo, con tu pueblo, en el pueblo, con tu dolor, cumpliendo tu deber, dándote tiempo en la distancia de la sierra queretana para celebrar las exequias de tu madre, esa mujer que sembró en tu corazón el amor de Dios y que germinó en tu vocación sacerdotal. El Señor les dio la gracia de estar juntos en tus 20 años de ministerio sacerdotal: que ese amor maternal te acompañe siempre y te libre de todo miedo mundano después de la tormenta. Un abrazo fraterno.
Tu hermano en el ministerio: Pbro. Filiberto Cruz Reyes
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La política: el proceso de convertirse en pueblo (EG 220)

A Fidencio López Plaza,
Obispo electo de San Andrés Tuxtla
con admiración por su amor a los pobres.
Ante este acontecimiento político-electoral que vive nuestra patria este 2015 queremos decir una palabra, inspirados en la Exhortación apostólica “Evanegelii gaudium”, de nuestro Pontífice Francisco a quien parece que los Cardenales en el cónclave “han ido a buscarlo casi al fin del mundo”, casi en su periferia y, que ha llegado para poner la misericordia de Dios en el centro del anuncio del Evangelio. En dicho documento el Pontífice nos da luz sobre cómo anunciar hoy el Evangelio y sus repercusiones sociales, con esas convicciones que él ha vivido a lo largo de todo su ministerio. Siempre es interesante revisar la citas que se hacen de otros documentos, no sólo para darnos cuenta que es la misma doctrina, sino por las acentuaciones que con ello se hacen.

1. Naturaleza del Documento
En primer lugar, el Romano Pontífice afirma que pretende éste sea un documento programático, cuando afirma que con él quiere “indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (EG n. 1), y esto teniendo presente que lo que la Iglesia busca es llevar el Evangelio a la vida, no haciendo política, sino proponiendo la dimensión social que el evangelio tiene, por eso, dice el Papa, “cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva» (n. 11).
El futuro beato, Obispo y próximamente mártir oficialmente (el 23 de mayo de 2015), Oscar Arnulfo Romero, decía: “La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia, aquí y ahora […] La dimensión política de la fe no es otra cosa que la respuesta de la Iglesia a las exigencias del mundo real socio-político en que vive la Iglesia”[1].
En segundo lugar, tener claro que, como el mismo Papa afirma, “éste no es un documento social, y para reflexionar acerca de esos diversos temas tenemos un instrumento muy adecuado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyo uso y estudio recomiendo vivamente” (EG n. 184). Sin embargo, no ignora estos temas, pues afirma: “No es el momento para desarrollar aquí todas las graves cuestiones sociales que afectan al mundo actual, algunas de las cuales comenté en el capítulo segundo” (EG n. 184).
Recordando una vez más la experiencia y enseñanza de Mons. Romero sobre estos temas, decía: “Debemos estar claros desde el principio de que la fe cristiana y la actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones socio-políticas. Por acción o por omisión, por la connivencia con uno u otro grupo social los cristianos siempre han influido en la configuración socio-política del mundo en que viven. El problema es cómo debe ser el influjo en el mundo socio-político para que ese influjo sea verdaderamente según la fe”.
La intención de Francisco con este documento, nos dice, al tratar ciertos temas, es entre otras, que ellos “ayudan a perfilar un determinado estilo evangelizador que invito a asumir en cualquier actividad que se realice” (EG n. 18).

2. Las enseñanzas del Documento “La alegría del Evangelio”.
La Exhortación del Papa Francisco “Evangelii gaudium” tiene 217 citas a pie de página, de las cuales 21 hacen referencia al magisterio de Pablo VI, de esas, 12 se refieren a su llamado “documento de oro”, la Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”, acerca de La evangelización en el mundo contemporáneo, un documento de 1975, cuando Jorge Mario Bergoglio era Provincial de los Jesuitas en Argentina. Esto significa que el pensamiento de Pablo VI le es muy querido y conocido e inspiró su ministerio como Pastor en Argentina; ahora, en continuidad con él, nos hace una serie de exhortaciones para llevar adelante la evangelización con alegría e intrepidez, es decir, con parresía.
En razón de esto, hacemos algunas anotaciones siguiendo en parte la estructura de “Evangelii nuntiandi” y a la luz de “Evangelli gaudium” sobre el Anuncio del Evangelio en el mundo actual y en la perspectiva de algunas pautas sobre la dimensión socio-política del Evangelio.
2.1. Del Cristo evangelizador a la Iglesia evangelizadora.
El Papa Francisco se encuentra entre los Pastores de la Iglesia a quienes ha correspondido implementar las enseñanzas del Concilio Vaticano II, del cual él es un gran conocedor en la teoría y en la práctica, y ha dado muestras de ello desde el día de su elección, cuando afirmó: “Ustedes saben que era deber del Cónclave dar un obispo a Roma […] la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias”[2]. Esta teología de la comunión es como el corazón de la eclesiología del Vaticano II. Esta expresión del Papa es doctrina de la Lumen gentium, que afirma: “Dentro de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias tradiciones, sin quitar nada al primado de la Sede de Pedro. Esta preside toda la comunidad de amor” (LG 13).
Es también doctrina conciliar que «Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios «ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente». Desde el comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad. A los que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12)» (GS 32; cfr. LG 9).
Por esta razón el Papa Francisco enseña: “En cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos que «el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral». Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía” (EG220).
La misión de Cristo es “reunir a los hijos dispersos” (cfr. Jn 11, 52), la de la Iglesia es la misma: “está llama a ser siempre la casa abierta del Padre” (EG 47) dice Francisco; el Evangelio nos convoca a formar un pueblo. Monseñor Romero dijo a este propósito: “un pueblo desorganizado es una masa con la que se puede jugar, pero un pueblo que se organiza y defiende sus valores, su justicia, es un pueblo que se hace respetar”[3].
2.2. ¿Qué es evangelizar?
Dice Francisco citando la Sagrada Escritura que «Cristo es el “Evangelio eterno (Ap 14, 6)» (EG 11), de ahí se desprende que “Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios” (EG 176), a Jesucristo mismo. Es, como dice muy a su estilo personal “«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (EG 24). Por eso nuestros obispos de México afirman en este contexto político-electoral: “A los partidos y candidatos les pedimos campañas austeras, limpias y propositivas. Que presenten públicamente sus propuestas de campaña y cómo incluirán a la sociedad para cumplirlas. Y a quienes resulten ganadores, les exigimos no defraudar la confianza y esperanza de los mexicanos. Recuerden que toda autoridad es para servir y no para servirse de la gente”[4].
Evangelizar es tratar de erradicar lo que Monseñor Romero decía de su patria al final de los años 80s al ver los hechos que imperaban en El Salvador: «Son realidades cotidianas, cuya crueldad e intensidad vivimos a diario. La vivimos cuando llegan a nosotros madres y esposas de capturados y desaparecidos, cuando aparecen cadáveres desfigurados en cementerios clandestinos, cuando son asesinados aquellos que luchan por la justicia y por la paz. En nuestra Arquidiócesis vivimos a diario lo que denunció vigorosamente Puebla: «Angustias por la represión sistemática o selectiva, acompañada de delación, violación de la privacidad, apremios desproporcionados, torturas, exilios. Angustias de tantas familias por la desaparición de sus seres queridos de quienes no pueden tener noticia alguna. Inseguridad total por detenciones sin órdenes judiciales. Angustias ante un ejercicio de la justicia sometida o atada» (n. 42)»[5].
Evangelizar es en pocas palabras trabajar para construir un pueblo; en palabras de Francisco: “A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo” (EG 270).
2.3. Contenido de la Evangelización.
Dice Francisco que nunca debemos olvidar “el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad” (EG 128). Jesucristo se hizo obediente a la voluntad del Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz (cfr. Flp 2, 8), por eso la Iglesia si quiere ser auténtica discípula misionera y ser portadora veraz de ese anuncio fundamental, está llamada constantemente a ser obediente al Padre, cosa que no siempre logra en plenitud, por eso «La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio […] De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia -tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)- y el rostro real que hoy la Iglesia presenta […] Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí». Y agrega: “El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad»” (EG 26).
“Sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” agrega Francisco. Esa fidelidad debe brotar en absoluta libertad, y “no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera” (EG 280). Es una fidelidad que se sella en el altar, en la eucaristía.
En su última homilía Monseñor Romero decía: “Que este cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo”[6]. Casi en ese mismo instante sonó un disparo de arma de fuego que le quitó la vida ahí en el altar. Solamente otros dos Obispos fueron asesinados en el altar: Estanislao de Cracovia y Tomás Beckett, el primero en el 1079 y el segundo en 1170. A propósito de la Eucaristía dice Francisco: “La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (EG 47).
Un pueblo se construye ofreciendo la propia vida, no tomando la del hermano.
2.4. Medios de Evangelización.
El Papa Francisco, citando un texto de Pablo VI dice: “Recordemos que «la evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de la evangelización» (EG 156). En este contexto Francisco afirma un principio básico a tener en cuenta en la obra de la evangelización: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (EG 14). Otra principio igualmente importante es el tema de la alegría que da nombre a su Exhortación y debe informar toda la evangelización como un elemento esencial.
Otro medio importante para la evangelización en que insiste el Papa es la audacia (parresía) que el Espíritu Santo infunde para anunciar la novedad del Evangelio incluso a contracorriente (cfr. EG 259) y que en la práctica se traduce en esa frase que tanto repite: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (EG 49)”.
La voz misma de la Iglesia a favor de los que no tienen, de los pobres, es un medio para la evangelización, así lo dice Francisco cuando afirma: “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (EG 198).
De esto tenía clara conciencia Mons. Romero cuando dijo: “La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”[7]. Fueron pronunciadas estas palabras en su última homilíaa dominical y que fue como la gota que derramó el vaso de la violencia en su contra: decidieron matarlo.
2.5. Los destinatarios de la Evangelización.
La actividad evangelizadora de la Iglesia debe “llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). Cada iglesia particular debe dirigir su actividad evangelizadora a “las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales” (EG 30), a “ricos y pobres” (EG 58), «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio» (EG 48) y “hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (EG 48)
Todo ser humano es destinatario del Evangelio.
Decía Mons. Romero: “Los pobres son los que nos dicen qué es la «polis», la ciudad y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo[8]”. No olvidemos que la palabra política deriva del griego “polis”, ciudad. Y afirmaba también: “El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma Iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de falsos paternalismos aun eclesiales”. Por eso Francisco afirma: “Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad”. (EG 59).
Construir un pueblo supone la participación de todos.
2.6 Agentes de la evangelización
“En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar” (EG 119) “En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (EG 120).
Mons. Romero dice acerca de los pobres como criterio de verdad en el construir la historia: “El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente gratuito pero debe buscar la eficacia histórica. El mundo de los pobres nos enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir la lucha honrada”[9].
Algo muy importante sobre los agentes de la evangelización y las tentaciones que tienen y hay que evitar, solamente los enumeramos: Sí al desafío de una espiritualidad misionera (EG 78-80]), No a la acedia egoísta (EG 81-83), No al pesimismo estéril (EG 84-86), Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo (EG 87-92), No a la mundanidad espiritual (93-97]), No a la guerra entre nosotros (EG 98-101).
2.7. El espíritu de la Evangelización.
La evangelización supone una espiritualidad, misma que supone en primer lugar la presencia del Espíritu Santo, pues “Él el alma de la Iglesia evangelizadora” (EG 261); implica oración y trabajo, adoración, encuentro orante con la Palabra, diálogo sincero con el Señor, oración (EG 262); aprender de los santos e imitarlos (EG 263); contemplar el Evangelio con amor, detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón (EG 264); buscar la gloria del Padre (EG 267); tocar la carne sufriente de los demás, vivir la intensa experiencia de ser pueblo (EG 270); dar razón de nuestra esperanza; tratar de vencer el mal con el bien (EG 271); etc.
El resultado final del estudio de los testimonios procesales, de los documentos y de las más de cincuenta mil cartas del archivo de Romero es que su pensamiento teológico era “igual al de Pablo VI definido en la Exhortación Evangelii nuntiandi”, así como había respondido el mismo Romero en 1978 a quien le pidió razón de su teología. El 7 de noviembre de 1978 Romero le escribió una carta a Juan Pablo II en la que le expresa entre otras cosas: “Creí un deber colocarme decididamente a la defensa de mi Iglesia y, desde la Iglesia, al lado de mi pueblo tan oprimido y atropellado”.
Conclusiones
1. La misión de la Iglesia no es hacer política, sino anunciar el Evangelio. Nunca olvidar lo dice Francisco: “El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG n. 88). Una ternura llamada también “misericordia”, de la cual Jesucristo es el rostro, ternura que por el pecado puede ser rechazada y odiado el mensajero y portador de la misma. Recordemos que el 7 de enero del este 2015 los teólogos que intervinieron en la causa de beatificación de Mons. Romero afirmaron que éste había sido asesinado in odium fidei, es decir, por odio a la fe; posteriormente, el 3 de febrero pasado, el Papa Francisco autorizó la promulgación del Decreto que se refiere al martirio de Romero, pues mártir en sentido canónico es quien viene asesinado por odio a la fe. Romero no murió por una ideología, sino por anunciar el Evangelio de la Alegría, del amor a Dios y a los hermanos.
2. No olvidemos que “el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral”, y los obispos de México acaban de decirnos: “Estamos a la puerta de las elecciones, es el momento de redoblar nuestro esfuerzo por nuestro país. Conozcamos quiénes son y qué proponen los candidatos ¿Tienen principios y los sostienen? ¿Garantizan que trabajarán por reconstruir el tejido social en un país dañado por la violencia, la corrupción, la impunidad, el narcotráfico y la pobreza? ¿Respetarán la vida, dignidad y derechos de la persona? ¿Actuarán con transparencia y honestidad? ¿Velarán por la justicia? ¿Qué proponen para crear fuentes de trabajo y erradicar las causas de la pobreza, o seguirán teniendo a los pobres como clientela electoral?
¡Votemos! Participemos, unámonos y organicémonos para exigir como ciudadanos el cumplimiento de las promesas de campaña de quienes resulten ganadores. Abstenernos no conduce a nada”.[10]
3. “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra […] Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia».[150] Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo” (EG 183).
Para construir un pueblo “se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia” (EG 235).
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Seminario Diocesano, 25 de abril de 2015
[1] Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, 50 días antes de su asesinato.
[2] Bendición Apostólica “Urbi et Orbi”, 13 de marzo de 2013.
[3] Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma, 2 de marzo de 1980.
[4] Mensaje de los obispos de México en ocasión del proceso electoral 2015, 21 de Abril de 2015.
[5] Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, 50 días antes de su asesinato.
[6] Homilía en San Salvador, 24 de marzo de 1980, a las 17:00 horas en la Capilla del Hospital de La Divina Providencia
[7] Homilía Quinto Domingo de Cuaresma, 23 de marzo de 1980.
[8] Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, 50 días antes de su asesinato.
[9] Ibídem.
[10] Mensaje de los obispos de México en ocasión del proceso electoral 2015, 21 de Abril de 2015.
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Es en la loma…

Homilía en Misa del XXV Aniversario de Ordenación Presbiteral del Padre Raymundo Frausto Hurtado
1 Cor 15, 1-8; Sal 18; Jn 14, 6-14

Es en el valle donde más crecen por el agua que le inunda, pero es en la loma donde más queda expuesta a la mirada humana la planta y la flor, el árbol y la caña. Es donde más fuerte pega el viento y les sacude (cfr. Mt 11, 7).
Kálamon es la palabra griega que Mateo utiliza para decir que Juan el Bautista no es una caña sacudida por el viento; es el mismo concepto que utiliza para decir que pusieron una caña en la mano derecha de Jesús (Mt 27, 29) a modo de cetro real cuando lo golpeaban en el pretorio y también cuando dice que con la misma caña lo golpearon en la cabeza (Mt 27, 30). La utiliza también cuando afirma que tomaron una esponja empapada en vinagre y la ataron a una caña para darle de beber cuando estaba en la cruz (Mt 27, 48).
Es en La Loma (El Marqués, Qro.) donde un 23 de enero de 1973 nació un niño a quien pusieron por nombre Raymundo el 11 de febrero del mismo año al ser bautizado; hijo de Don Manuel Fraustro y doña Ma. Elena Hurtado.
Años más tarde, cuando ingresó al Seminario Diocesano, ese niño era tan flaco que sus compañeros le llamaron con afecto “Cañas”. Ahí nuestras vidas se cruzaron en convivencia fraterna en el proceso de formación sacerdotal. Padre Ray, la vida y sus circunstancias alegres y fecundas, pero también adversas y dolorosas, más de alguna vez nos sacuden como el viento a las cañas; recuerda lo que dijo el Señor Jesús a Pedro: “¡Simón, Simón! Mira que satanás ha solicitado el poder zarandearlos como trigo” (Lc 22, 31).
Pero el Señor que es bueno con todos, te empezó a fortalecer y madurar con el fuego del Espíritu en Pentecostés, tu primera misión como Vicario en esa Parroquia; dejaste tu pueblo, La Loma, para ir a verdaderas y enormes montañas en la Sierra de Xichú: ¿recuerdas las subidas a Bernalito o esa vista de las montañas casi azul profundo desde El Rusio? Tu proceso fue gradual: Vicario, Administrador parroquial y luego Párroco allá en San Francisco de Asís. El Señor te ha mostrado que también hay que florecer con poca agua, como en el semi desierto de Cadereyta, en donde caminaste bajo la guía de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Luego de tu ministerio junto a otra loma, ésta hecha por mano de hombre, la pirámide, dejaste también parte de tu vida en otro San Francisco y bajo el manto de Nuestra Señora del Pueblito. Hoy, ya no eres tan “cañas”, has adquirido densidad y peso, madurez a fuerza de los vientos de la vida. San José te lleve de la mano y te enseñe a recibir con fe y obediencia al Verbo encarnado, para que como el Padre adoptivo puedas transmitir al que es la Vida. Como el Apóstol Pablo. Nunca olvides, somos solo administradores y por lo mismo frágiles cañas de barro, sin embargo, Dios nos llama a ser dispensadores de sus dones.
Después de 25 años de Ministerio, hoy, como Felipe puedes preguntarte, podemos preguntarnos: “Señor… ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Has caminado, has descubierto que hay que subir una loma más grande que otra, que hay cansancios que nos dejan más exhaustos que los ya experimentados, que tenemos la tentación de deslumbrarnos confundiendo una frágil caña con un cetro de poder; experimentarás tal vez cañas más duras que nos pueden golpear o cañas que se extiendan para ofrecernos bebidas que no nos quitan la sed ni el dolor… Nada te turbe, si estás atento siempre escucharás esa voz amorosa y fiel que nos repite: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Nuestra vida y ministerio no son un fin en sí mismos, vamos en el Camino cuyo fin es llevarnos al Padre. La verdad supone un contenido, y es Jesucristo mismo; nuestra identidad sacerdotal más profunda es “permanecer”, “vivir” en Jesucristo, por eso, si es necesario, reorientemos nuestros pasos; nos falta llegar a la última “loma”, la más alta: El “Tabor-Calvario”. Sólo si logramos subirla ayudados por los hermanos y Apóstoles alcanzaremos lo único absoluto: la Vida.





Damos gracias a Dios por tu ministerio de 25 años, bajo la protección de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago te seguimos encomendando a la misericordia del Señor, “para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo” (Ef 4, 14-15).
Padre Raymundo, gracias por tu gesto de fraternidad al invitarme a compartir estas sencillas palabras.
Gracias Señor Obispo, Don Fidencio López Plaza, por su bondad de enseñarnos a ser fraternos, al permitirme tomar la palabra en medio de la asamblea de hermanos. Gracias, pues su generosidad nos muestra al Padre.
Felicidades a esta comunidad parroquial llena de fe, oren por los sacerdotes.
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
San José Galindo, 4 de mayo de 2024