Homilía VI Domingo de Pascua (Hch 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1 Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21)
17 de Mayo 2020, en tiempos de pandemia
Estamos llegando al día 59 de pandemia del Covid-19 entre nosotros, ahora con más esperanza, pues se ha anunciado ya el regreso paulatino a la nueva normalidad.

Desde la noche de navidad de 1963 en que fue arrestado, el Padre Ernest Simoni, sacerdote de Albania, transcurrió 9, 745 días en prisión y trabajos forzados (casi 27 años, 18 de prisión y 9 de trabajos forzados); hasta el 5 de septiembre de 1990 en que fue liberado. Esto durante el régimen comunista de Enver Hoxha y hasta la caída del sistema.
Su delito: ser sacerdote católico; pero como él mismo afirma durante los tres meses de tortura, aislamiento e interrogatorios de que fue objeto después de su detención: “Querían que yo también dijera algo en contra del régimen y, sobre todo, querían un testigo que pudiera conformar la acusación. Tengo que precisar que todo lo que me imputaban no era de naturaleza religiosa. No podían hacerlo basándose en la ley. Pero debían encontrar un pretexto o motivo cualquiera para declararme enemigo del pueblo y un peligro para Albania”1. Esas leyes serán cambiadas con la Constitución de 1976 en que se proclama oficialmente el ateísmo de Estado. Durante su proceso, hay que recordar, “los prisioneros políticos no tenían ningún derecho. Mucho menos el derecho a defenderse. No tenían abogado; es más, estaba prohibido pedir uno”2.
Al recordar el inicio de la gran persecución comunista en Albania, el Padre Simoni explica: “Para los comunistas el enemigo que había que derrotar eran los cristianos, y en especial los católicos, porque nosotros teníamos cultura, sentido de la moral y relaciones internacionales. Muchos de nuestros sacerdotes habían estudiado en el extranjero, sobre todo en las facultades teológicas alemanas, por consiguiente podían enfrentarse intelectualmente a las mentiras de su ideología. Por eso decidieron eliminarnos”3.
Hay situaciones que parecieran bastante lejanas o ya superadas; sin embargo son tremendamente actuales. Por ejemplo, hace diez años un filósofo afirmaba: “Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas. Así, existe una época bacterial que, sin embargo, toca a su fin con el descubrimiento de los antibióticos. A pesar del manifiesto miedo a la pandemia gripal, actualmente no vivimos en la época viral. La hemos dejado atrás gracias a la técnica inmunológica. El comienzo del siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería ni bacterial ni viral, sino neuronal”4. Sin embargo, hoy afirma: “Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras […] Y en la época posfáctica de las fake news y de los deep fakes surge una apatía hacia la realidad […] La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad”5.
El lunes 11 de mayo, de esta semana que pasó, fue publicado un Acuerdo por el que “se ordena a la Fuerza Armada permanente a participar de manera extraordinaria, regulada, fiscalizada, subordinada y complementaria con la Guardia Nacional en las funciones de seguridad pública a cargo de esta última […]”. Más allá de las razones que hayan llevado al Presidente de la República a tomar esta decisión, lo cierto es que diversos sectores de la sociedad lo han visto como algo preocupante y cuestionable por diversas razones. Alguna vez un general en la antigüedad dijo: “Los pueblos se hicieron para dominarse, no para educarse”.
A propósito de todo lo dicho hasta aquí podríamos preguntarnos por ejemplo: ¿cómo provocar un cambio en las personas y las sociedades para evitar situaciones injustas como la que vivió el Padre Simoni o dar solución pronta y razonable al tema de la pandemia del Covid-19 a nivel mundial, o al tema de la inseguridad y violencia que continúa en nuestra patria? ¿cómo superar estos miedos?
En el pasaje evangélico que hoy se ha proclamado vemos a Jesús que deja una inmensa tarea a los discípulos: cambiar el mundo. Este pequeño grupo que enfrenta la reciente ausencia de Judas se siente débil y frágil; asustado, pues el Maestro está por dejarlo. En la época que Juan escribió su evangelio la comunidad cristiana atravesaba un periodo de fuerte crisis: eran expulsados de las sinagogas, eran marginados. Frente a la situación que están viviendo, Jesús les hace una invitación: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”. El verbo que se utiliza en griego (agapeo) significa un amor que no piensa en sí mismo, sólo piensa en hacer feliz al otro, no es una inversión para después cobrarla. Esta forma de amar debe ser una característica del discípulo; quien no ama de este modo no puede llegar a ser plenamente humano. Esta forma de amar no es sólo una emoción del corazón, es una invitación a unir la propia vida a la de él, es dar sentido pleno a lo que ya han iniciado, como dejar casa, familia y posesiones para seguirlo.
Jesús les acaba de decir a sus discípulos: les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros”. Ese “que se amen” es el mismo verbo en griego con el que ahora los invita a que lo amen a él y guarden sus mandamientos. Jesús no les ordena, les invita; ordena al mar o a los espíritus inmundos. Jesús tampoco pide obedecer a Dios, hay que amarlo. En otras palabras, quien contempla la relación entre el Padre y el Hijo, puede contemplar ese amor que Jesús da e invita a dar, es un amor que hace crecer. Es un único mandamiento nuevo, si Jesús habla aquí en plural de mandamientos, es porque es una forma de decir que en cada acción cotidiana ese mismo y único amor se manifiesta de diversas maneras; hay que discernir, en ese sentido el amor es siempre creativo para hacer el bien, incluso frente a las grandes adversidades.
En ese contexto de amor, Jesús habla de otro Paráclito, que literalmente significa “el que es llamado para estar cerca”, para defender. Jesús es el primer Paráclito. El Padre Simoni narra que oró miles de veces con el Salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta” cuando estuvo tantos años en prisión. Es el amor y no la orden o la violencia lo que hace libre el corazón del hombre de toda prisión o rigidez ; es el amor y no la regla el principio de una vida plenamente humana. Es la gracia de Dios y no el esfuerzo del hombre lo que hace posible iniciar esta exigente relación de amor al estilo de Jesús. En estos días de confinamiento cuánto nos hace falta un abrazo de nuestros seres queridos, sí, pero ¿y si primero nos dejamos abrazar por Dios? ¿y si nos preparamos para recibir en Pentecostés un abrazo, una caricia del Espíritu de la verdad? Es de la verdad, no porque no dice mentiras, sino porque es quien puede hacer de nosotros un ser humano verdadero, amar con profundidad, tener una verdadera identidad; pues si un hijo pierde a su padre, ya no es un hijo, es un huérfano; si falta el Maestro, ya no somos discípulos. Por eso nos dice Jesús: no los dejaré huérfanos.
Una de las grandes pruebas del cristiano de ayer y hoy es sentirse solo, abandonado, sin abogado defensor, indefenso frente a las grandes decisiones como aquella de ¿plata o plomo?, de tener qué hacer alguna renuncia, o un acto de sacrificio; por ejemplo al realizar el trabajo propio que implica riesgos y decir “no soy ni quiero ser un héroe”. Ahí, en ese momento, está junto a nosotros, el otro Paráclito, el Espíritu que es amor.
Sí, la vida es bella pero no fácil. El Padre Simoni tal vez tuvo que esperar años para recibir ese abrazo que conforta y sana, que consuela y fortalece. El 21 de septiembre de 2014 el Papa Francisco visitó Albania, la patria del Padre Simoni. En Tirana, la capital, escuchó el testimonio de sufrimiento de tantos años del Padre Simoni, al terminar éste su relato se abrazaron y Francisco lloró conmovido, el mundo lo vio. El 19 de noviembre de 2016 el Papa Francisco creó Cardenal al Padre Ernest Simoni. Cuando el Papa coloca el birrete rojo sobre la cabeza de los recién creados Cardenales les dice: “Para alabanza de Dios omnipotente y decoro de la Sede Apostólica, recibe este birrete rojo como signo de la dignidad del Cardenalato y significa que debes estar listo para actuar con fortaleza, hasta el punto de derramar tu sangre por el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y armonía del pueblo de Dios, por la libertad y la difusión de la Santa Romana Iglesia». El Papa en su tarea de confirmar a los hermanos en la fe(cfr. Lc 22, 32), le dio “oficialmente” por decirlo de algún modo, la certeza al Cardenal Simoni, que todo ese sufrimiento que padeció estaba en el camino del amor con que Jesús invita a amarlo y que su libertad es signo de la Iglesia, libertad para anunciar el Evangelio y para amar contra toda esperanza.
Sí, la Iglesia está convencida que es la aceptación de la invitación que nos hace Jesús a amar, lo que puede cambiar a una persona y a las sociedades, más que el uso de la fuerza y el miedo; y lo sabe por experiencia, pues ha experimentado en la carne de sus hijos, de muchas formas y en diversas épocas, el sufrimiento que provoca la mano fratricida. También por eso nos invita a estar atentos al resurgimiento de antiguas ideologías, para que la humanidad no vea el repetir los mismos errores.
¡Alabado sea Jesucristo!
¡Por siempre sea bendito y alabado!
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
Capilla San Felipe de Jesús,
Santiago de Querétaro, Qro. México.
- Muolo, Mimmo; Don Ernest Simoni. De los trabajos forzados al encuentro con Francisco. Madrid 2017, p. 73. ↩︎
- Ibid. p. 71. ↩︎
- Ibid. p. 37. ↩︎
- Han, Byung-Chul; La sociedad del cansancio. Barcelona 2016, p. 11. ↩︎
- Han, Byung-Chul; La emergencia viral y el mundo de mañana. En AA. VV. Sopa de Wuhan, 2020. Libro digital.pp. 108-109. ↩︎